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“Somos muy unidas y nos debíamos un viaje juntas”

“Somos muy unidas y nos debíamos un viaje juntas”

Redacción Gente

Antes de comenzar la nota, es necesario aclarar que a Susana Giménez no le gusta que la llamen “abuela”. Está feliz de serlo, muy orgullosa de sus dos nietos, Lucía (15) y Manuel (13). Pero la palabra le sienta pesada. Ni hablar de “abu” o “nona”… Por eso, con sus nietos acordó un nombre en clave: Kika.

El 15 de noviembre, Lucía Celasco cumplió 15 años. No quiso ni gran fiesta, ni vestido largo, ni vals… Prefirió hacer un viaje. Y ahí apareció la querida Kika. Susana Giménez la invitó a conocer París. “Nos debíamos un viaje juntas”, explicaría luego la diva máxima de la televisión argentina. El viernes 12 de diciembre –apenas horas después de su último programa del año–, Kika y Lucía embarcaron en Ezeiza con rumbo a la Ciudad Luz. En primera clase de Air France, claro.

La relación entre ellas (abuela y nieta, digámoslo bien bajito) es excelente, casi perfecta. Dice Susana: “Tenemos algo muy fuerte. ¡Lucía es tan canchera..! En la familia es la que más se parece a mí”. Lucía no hace declaraciones. Todavía se está acostumbrando a convivir con esta fama que le llega de rebote, inevitable, por descendencia familiar. ¿Tendrá futuro de star? Vive en Barrio Parque, a la vuelta de lo de Kika, junto a sus padres: Mercedes Sarrabayrouse y Eduardo Celasco. Y todos los viernes almuerza con Susana. Lucía cursa el secundario en el colegio San Martín de Tours. Además, goza de un privilegio único: tiene acceso irrestricto a los vestidores de Kika. Puede probarse, llevarse y usar lo que sea.

NUEVE DIAS EN PARIS. En rigor de verdad, el regalo lo eligió Lucía. “Quiero que me regales un viaje, Kika. Me gustaría que viajemos juntas a París”, le habría dicho. Los que conocen la intimidad de la familia, cuentan que a Susana se le cayeron las medias… ¿Cómo resistirse a semejante pedido?

Aterrizaron en la capital gala en la madrugada del sábado 13 de diciembre. Se alojaron en la habitación 126 del lujoso hotel Ritz, con vista a Place Vendôme, donde las suites regulares oscilan entre los 1.500 y los 4.000 euros. Susana siempre tuvo claro el plan de estas mini-vacaciones: mostrarle la ciudad a Lucía (era su primera vez en la hermosa metrópoli) y hacer shopping. Mucho shopping, por supuesto.

Su primera escala la hicieron en la tienda Causse, una prestigiosa casa de guantes vecina al Ritz, donde Susana compró unos mitones de cuero tipo motoquero. Y llevó también unos guantes larguísimos, hasta el codo, de leopardo, por los que pagó 350 euros. Después fueron a Galéries Lafayette, en Place de la Concorde, donde compraron un par de botas. Las tiendas que visitaron se repiten en todos los catálogos de lujo. Eligieron otro par de botas en Christian Dior, salieron de Lanvin con otra bolsa, pasaron por Louis Vuitton, entraron a Benetton… Y, por supuesto, no se perdieron los preferidos de la diva criolla: Dolce & Gabbana, Hermès y Roberto Cavalli. Ya durante la estadía parisina Lucía fue estrenando algunos de los regalos que le hizo la generosa Kika.

Mientras tanto Susana, que conoce París como nadie, le mostró todo a su nieta. Visitaron el Louvre, el Palais Royal, Montmartre y el Sagrado Corazón, la celda de María Antonieta en La Conciergerie, Nôtre Dame, fueron al mercado de pulgas de Saint Ouen, pasearon por las calles de Saint Germain des Près, hicieron un stop en el mítico Café de la Paix. Y frente a L’Opéra, Kika volvió a ser Susana Giménez por algunos segundos, para firmarles autógrafos a un grupo de argentinos. Si bien tuvieron siempre un chofer a disposición, hicieron gran parte de su recorrido a pie.

Variaron entre restaurantes de lujo y pequeños bistrós. Pero la segunda noche, Susana sorprendió a Lucía con una comida en el restó Jules Verne, en lo más alto de la Torre Eiffel. A través de un amigo influyente, la diva consiguió una de sus exclusivas mesas, por la que normalmente exigen reserva con 60 días de anticipación. Desde allí observaron la ciudad iluminada y vestida para Navidad.

NOVIEMBRE DE 1993. El lunes 15 nace Lucía Celasco. Poco después, Susana Giménez (por entonces, casada con Huberto Roviralta) concede su primera entrevista como abuela. ¿El medio elegido? GENTE, por supuesto. Mario Mactas va hasta la clínica Mater Dei para entrevistarla. En su texto le da tratamiento de “reina”. Susana se reconoce feliz, pero no puede disimular que el título de “abuela” le da pánico. Una diva no reconoce el paso del tiempo. A continuación, un pequeño fragmento de aquella charla:

–Tengo la impresión, Susana, reina, de que tenés un discurso preparado, pero que ser abuela te revienta considerablemente.
–No, no lo digas de ese modo, por favor… Es un hecho maravilloso tener nietos. Lo que me mata es la palabra abuela.

–La abuela Susana. ¿Creés que Lucía (porque así se llama la nieta de la Susana, o la hija de la Mercedes, que es lo mismo pero es distinto) te va a decir “abu”, por ejemplo?
–No, qué feo. Me puede decir Susana, me puede decir de otra forma.

–¿Qué te pasa? ¿Estás negando la realidad, reina?
–No, pero quiero ponerla en su dimensión. Yo soy abuela, pero no me gusta la palabra, me mata. El hecho me gusta, la palabra me mata.

–Muy complicado, reina.
–¿Qué tiene de complicado? No te hagas el tonto. Soy abuela, pero no para que me digan “pase, abuela”, “por acá, abuela”, “siéntese, abuela”…

–Ya veo.
–Es que no te lo quiero contar así en el fondo.

–¿Por?
–Porque estoy feliz y puede parecer otra cosa si no tengo cuidado.

–Habláme de tu nieta.
–Es linda.

–Ya está, se acabó.
–Es linda. Y rosada. Y santa. Duerme toda la noche.

–No competís con tu hija, que tiene 30 años y te ha convertido en la abuela Susana.
–Sos una basura. ¡No soy la abuela Susana! Soy Susana y soy abuela, que es diferente. Miráme, ¿tengo pinta de abuela?

–¿Cómo sos como abuela?
–No soy como la abuela del té Mazawattee, con los anteojitos. Soy una de las abuelas pioneras. Otras minas de mi edad están teniendo hijos, si vamos al caso. Y yo… Lucía. ¿Cómo somos las abuelas pioneras? Somos abuelas de teta plástica y de jeans, somos independientes y en carrera siempre. Estamos bien, estamos en acción. Abuelas pioneras.

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–¿La vas a llevar a la plaza?
–No, a la plaza no. No tengo tiempo.

–Bueno, dijiste que no la vas a llevar a la plaza, que no vas a tener su foto en la cartera… ¿Qué otra cosa no vas a hacer?
–¿Te parecen muchas negaciones? No creas. El cariño es otra cosa. Estoy segura que nació la persona que me va a querer más en el mundo. Y yo la voy a querer cada día un poquito más, ya me está pasando. Además, esto termina aquí.

–No, no termina.
–Sí, termina. Como episodio, como asunto público, el tema de que soy abuela llegó a su fin, chau. Ha pasado, estoy feliz.

DICIEMBRE DE 2008. Susana Giménez (tres lustros de experiencia como abuela o Kika, ahora de novia con el uruguayo Jorge Rama) termina un año feliz. Con su último programa –duró dos horas y 45 minutos, record absoluto– le ganó el “mano a mano” a Marcelo Tinelli, justo en su final de Bailando por un sueño. Esa noche, Lucía estaba en la tribuna. Y desde allí escuchó cuando Kika confesó ante cámaras: “Mercedes y Lucía son los grandes amores de mi vida”. El lunes 22 embarcan en vuelo de regreso a Buenos Aires. Siempre First Class. Pasarán Navidad juntas, con el resto de la familia, en casa de Susana. Después, la diva y toda la familia partirán rumbo a La Mary, su chacra en Punta del Este, para recibir el 2009 con Jorge Rama. Lucía y Susana, inseparables: salían del Ritz pasado el mediodía. Pese al frío caminaron mucho. “Nuestra relación es excelente; hay algo muy fuerte entre nosotras”, dijo la diva.

Lucía y Susana, inseparables: salían del Ritz pasado el mediodía. Pese al frío caminaron mucho. “Nuestra relación es excelente; hay algo muy fuerte entre nosotras”, dijo la diva.

Durante su estadía en París –ciudad que la diva conoce como la palma de su mano– no se separaron ni un minuto.

Durante su estadía en París –ciudad que la diva conoce como la palma de su mano– no se separaron ni un minuto.

Recorrieron las lujosas vidrieras de Avenue Montaigne y comieron en restaurantes de lujo (como el Jules Verne, en la cima de la Torre Eiffel) y en típicos bistrós parisinos.

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