“Sigo siendo un perro hambriento” – GENTE Online
 

“Sigo siendo un perro hambriento”

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Entrevistar a Andrés Pigu Romero en Tucumán es más difícil que hacer hoyo en uno… un día de niebla. No porque este príncipe del golf –que se yergue en su 1,78 de altura y sus 66 kilos, soltero para más datos–, esquive el bulto o tenga aires de vedette. No. Es por la colosal sucesión de asados, homenajes y bullangueras reuniones desplegadas después de sus éxitos en el Open Británico, Hamburgo (su primer título internacional) e Illinois, que lo instalaron en el puesto 25 del ranking mundial y en el sexto del orden de mérito del tour europeo, donde acaparó premios por 1.543.748 euros. Pero una vez atrapado, el hijo de Rosa y José, el campeón de 26 años, se disculpa: “Perdoná la demora, pero estos días fueron muy moviditos, complicados y cansadores. ¡Todo el mundo quiere agasajarme! Y, ¿la verdad? No puedo, ni quiero, fallarles”.

–¿Por qué tanta asistencia perfecta?
–Porque cuando estoy lejos extraño mucho a mi familia y a mis amigos. Muchísimo. Vivir todo el día en una cancha de golf, pendiente de las pelotitas, los palos y la plata, a veces cansa. Necesito un respiro, un cambio de aire, y por eso vuelvo a Tucumán. Acá les gano horas a los viajes que me esperan.

–¿También estás en tiempo de revancha?
–Y, sí. Se acabaron los días de la pobreza, cuando tener un palo de golf era un lujo inalcanzable. La única manera de conseguirlo era como caddie, cargando bolsas ajenas.

–Le dijiste adiós a tu modesta casa de ayer, veo.
–¿Qué te parece la nueva? En Yerba Buena, zona residencial, dos plantas, recién estrenada, y una camioneta Dodge Ram 4x4.

–¿El dinero es todo?
–No. Nunca. Pero ayuda.

–¿Ya te diste todos los gustos o te falta?
–Los gustos materiales, sí. Pero las copas no se pueden comprar: hay que seguir sudando y metiéndole. Además, la plata también complica.

–¿Por qué?
–A más plata, más responsabilidades. Ya no puedo jugar al fútbol ni andar en moto. Soy loco por las motos todo terreno, pero si me caigo y me quiebro una mano, chau torneos. Mejor me quedo con las ganas.

–¿En el golf cumpliste todo lo que esperabas?
–Cumplí mucho. Gané en Europa, jugué contra Tiger Woods, estoy entre los treinta mejores del mundo, pero…

–¿Pero qué?
–Tengo que renovar las metas y las expectativas. No puedo quedarme.

–¿Qué planeás ahora?
–Seguir trabajando muy duramente –como hasta ahora– y esperar que las cosas vayan llegando rápido y bien. Trabajo y suerte, una combinación perfecta.

–Pero, ¿qué te proponés en el corto plazo?
–Cuando entré en el circuito internacional, deseaba estar entre los mejores cien. Y ahora que lo logré e incluso superé tal meta, quiero entrar en el círculo dorado: los mejores diez. Y, ¿por qué no?, ganar la Orden al Mérito europea.

–Algunos comentaristas de golf dicen que tu éxito se debe, en parte, a que sos un perro hambriento. ¿Es cierto?
–Totalmente. Porque si uno no tiene hambre, no triunfa. Por ahí como, por ahí no. Pero por suerte, en el último tiempo ¡comí bastante!

–¿Cuál es la clave? ¿Talento, perseverancia, baraja ganadora?
–Una combinación de las tres cosas. Pero con agregados: fe, confianza en uno mismo y ganas de seguir creciendo.

–¿Qué sentiste en Illinois al enfrentarte con Tiger Woods, el monstruo sagrado?
–Fue como darle la mano a Maradona en su mejor momento. Antes, a Tiger lo veía por la tele… ¡y de repente lo tuve al lado! No sabía si pegarle a la pelotita, mirarlo o pedirle que me firmara la remera o la gorra.

–¿Qué hiciste?
–Las tres cosas. Y además, jugué muy bien.

–¿Se le puede ganar o es invencible?
–Se puede, pero hay que trabajar mucho. Hay que matarse trabajando.

–¿Te pesa la fama?
–¿La verdad? ¡Pesa! Pero será cuestión de acostumbrarme. Hasta no hace mucho pasaba inadvertido en las canchas. Hoy, en cambio, me siguen diez mil pares de ojos. Entro a un restaurante y toda la gente se da vuelta para mirarme. A veces me siento incómodo, como perseguido. Pero me la tengo que bancar.

–¿Cómo vive este éxito tu familia?
–Es una sensación rara. Algunas de mis hermanas todavía laburan y muchos les dicen: “¿Qué hacés acá, con la guita que tiene el Pigu?”. Pero ellas (tiene cinco: Erica, Miriam, Paula, Mónica y Lucía, y tres hermanos, José, Ariel y Luis) se lo aguantan bien.

–Sos casi millonario. ¿Eso no te apaga el motor?
–Nooo. ¡Al contrario! Antes, el motor funcionaba para salir de la pobreza, y ahora, para darle felicidad a mi familia, dejar bien parado al golf de mi patria y hacer historia.

–¿La nostalgia por Tucumán te juega en contra?
–A veces, pero los discos de Los Nocheros, el Chaqueño Palavecino y Los Manseros Santiagueños me acompañan mucho. Después, cuando vuelvo, me desquito con la cumbia. Me encanta, pero sólo para bailar.

–Pero no sólo de cumbia vive el Pigu…
–No, claro. Acá también me devoro los canelones de verdura, las milanesas y los guisos que prepara mamá Rosa, comidas que no cambio por ningún manjar del mundo. Ni siquiera por las pastas de los restaurantes italianos, que me enloquecen.

(Nombró a mamá Rosa, su madre. La misma que, no hace mucho, recordó ante GENTE que “el Pigu, de chico, se trepaba hasta la punta de un árbol, un moral, cortaba una rama, la pelaba hasta que quedaba bien lisa y blanquita y la usaba como palo de golf. Agarraba una pelotita cualquiera, me llenaba de agujeritos el patio del fondo, que era de tierra, y se pasaba toda la tarde tratando de embocarla. Apenas había cumplido nueve años y ya decía que iba a ser jugador de golf… Yo volvía muerta después de trabajar, y mientras ponía la pava al fuego para tomar unos mates y preparaba la cena para mi marido, que se pasaba el día arriba de un camión, lo miraba por la ventana y decía para mis adentros: ‘Que Dios te ilumine, hijo’. Pero, ¿la verdad?, nunca pensé que iba a llegar tan alto…”. )

–¿Cómo sigue esta novela, Pigu?
–Me esperan Suiza, el PGA de los Estados Unidos, China, Hong Kong y la Copa del Mundo. Manos bravas, bravísimas. Pero no imposibles.

¿Sabés por qué?
–No…
–Porque soy Andrés Romero. Porque estás hablando con Andrés Romero.

Romero, ahora entre los mejores del golf del mundo, está orgulloso “por todo lo que le pude dar a mi familia y al deporte de mi país”. Lo dice desde su nueva casa de Yerba Buena, en Tucumán. provincia donde nació.

Romero, ahora entre los mejores del golf del mundo, está orgulloso “por todo lo que le pude dar a mi familia y al deporte de mi país”. Lo dice desde su nueva casa de Yerba Buena, en Tucumán. provincia donde nació.

“La fama me pesa, y cuando estoy lejos de Tucumán siento nostalgia. Pero nada de eso me apaga el motor, porque lo que quiero es entrar a la historia del golf por la puerta grande”.

“La fama me pesa, y cuando estoy lejos de Tucumán siento nostalgia. Pero nada de eso me apaga el motor, porque lo que quiero es entrar a la historia del golf por la puerta grande”.

“<i>Las cosas materiales ya las tengo. El dinero es importante, ayuda, pero no es todo, y además crea nuevas responsabilidades. Sigo jugando y quiero seguir ganando por otras razones. Por orgullo, por amor a mi familia, y para dejar bien parado al golf argentino</i>”.

Las cosas materiales ya las tengo. El dinero es importante, ayuda, pero no es todo, y además crea nuevas responsabilidades. Sigo jugando y quiero seguir ganando por otras razones. Por orgullo, por amor a mi familia, y para dejar bien parado al golf argentino”.

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