“Si tuviera un arca, me llevaría conmigo a mi mujer” – GENTE Online
 

“Si tuviera un arca, me llevaría conmigo a mi mujer”

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En el último tiempo estuve más cerca de Dios que nunca”, le dice Diego Isidro Mesa –más conocido como Juan Carlos Mesa– a un producido Noé, no bien se lo cruza en una plaza de la Costanera Sur, donde hay un barco de madera. Acto seguido se miran a los ojos, se dicen algo al oído y comienzan una larga conversación. Claro, ellos se reconocen: Juan Carlos estuvo hasta hace poco encerrado durante dos meses en un estudio de grabación haciendo la voz de Noé, y Noé lleva la voz de Juan Carlos durante 371 días en El arca, la nueva producción de Patagonik. De modo que la conversación surge casi espontánea…

Juan Carlos: Quiero felicitarlo porque, incluso en extremos tan lejanos, me siento identificado con usted. Y se lo digo con un profundo respeto. Dios me dio también a mí un don: poder escribir humor. Y a través de él pude llegar hasta usted.

Noé: ¿Cómo se le ocurrió ponerle la voz a mi personaje?
–En realidad se le ocurrió a Juan Pablo Buscarini, el director de El arca, y me ofreció hacerlo. Al principio yo creía que era por mi edad, pero no, él quería que los personajes estuvieran doblados por gente con un ‘physique du rôle’ parecido. Por otro lado, de entrada imaginé que la historia iba a estar cargada de solemnidad.

–¿Le parece que mi vida es solemne?
–No. Yo soy muy creyente, y haber hecho de usted, aunque sea por un rato, me permitió correr con una ventaja respecto a muchos mortales: pude hablar con Dios antes de partir, y eso que no soy Víctor Sueiro. En serio, acepté sumarme a la película cuando me mostraron la escena donde Dios aparece en una nube y le habla a Noé. Aparte, lo consideré un nuevo desafío, algo que nunca antes había hecho.

–Usted, más que Noé, ¿no será un animal de costumbres?
–Quizá. Hace 53 años que estoy casado con Edith, y siempre termino trabajando con la misma gente: mi hermano es mi animal fetiche. Debutó trabajando conmigo, lo incluí en casi todos mis proyectos y hoy seguimos juntos en el programa Dady 790, por radio Mitre. Además él me salvó la vida, porque los dos estamos casados con hermanas, lo que nos permitió ahorrarnos una suegra.

–¿Cómo sería usted si le hubiese tocado ser la reencarnación mía en 2007?
–No lo pensé… Lo vivo. Cuando llego a casa por las noches siento que entro a un arca gigante. Está mi familia por todos lados. Es lo más grande que me dio mi amigo Dios. Por algo cuando escribíamos Los Campanelli usábamos de muletilla “No hay nada más lindo que la familia unida”.

–Si Dios volviera a inundar la Tierra y le diera la posibilidad de armar un arca, ¿a quién subiría?
–A mi mujer. Nos elegimos desde hace más de medio siglo. También a mi familia, a un buen perro, a un caballo y a un loro, para que nos cuente cuentos. Y también llevaría a una dama de compañía (guiña el ojo izquierdo). Pero sólo para jugar a las cartas… lo único que me permite mi edad.

–Después de tanto tiempo juntos, ¿qué comparte con su mujer?
–Ella es mi motor, mi risa. ¡No sabés lo que me divierte Edith cuando se enoja! Yo me río y ella se enoja más. No la dejaría nunca: me dio tres hijos –Juan Carlos (arquitecto), Gabriel Alejandro (guionista de Son de Fierro) y Juan Martín (libretista en RSM)–, y ellos me dieron, a su vez, cinco nietos y una sexta que viene en camino.

–Escribió programas por doquier, películas para Olmedo, Porcel, Balá, Altavista y Calabró. ¿Qué le resta ahora, Mesa?
–En principio, llegar a los 80. Sólo me faltan tres. Soy un humorista optimista, que trata de cumplir su destino con buena letra. Yo siento que los humoristas ayudamos a que los argentinos sobrevivan a los diluvios que suelen atacarlos. En general sí, aunque a veces desafinamos, hacemos cosas burdas y no respetamos al prójimo. Y si tuviera que detenerme, destacaría la calidad humana y profesional de la gente que dibuja, porque nunca crea personajes malhablados. Por ejemplo, Roberto Fontanarrosa con su Inodoro Pereyra, Caloi con su Clemente y Quino con su Mafalda. Todas creaciones bien puras. Ellos, para mi gusto, sí son inmortales. Y, al respecto de inmortales y mortales, cuando me toque el número, te juro, espero poder hacer reír a Dios allá arriba.

–¿Y qué pondría en su propio epitafio?
–Alguna humorada, seguro. Creo que con el humor se puede salvar a la humanidad. En los últimos tiempos he pensado en dejar de escribir. Lo hacía a los 17 años, en Córdoba, con una Smith Corona de 80 espacios que me rompía los dedos, y lo hice luego en Buenos Aires, con una máquina eléctrica y después con una computadora. He pensado en dejar, en bajarme del Arca, pisar tierra y decir: “Hasta aquí llegué”. Pero creo que nunca se termina de llegar, porque quiero morir escribiendo historias de humor, como los actores que siempre quieren morir arriba del escenario. Sería una muerte muy dulce, y yo la elijo. Pero igual falta, eh.

–¿Entonces por ahora prefiere no subirse a la barca?
–Ya llegará mi Diluvio. Por ahora no. Chau y gracias, Noé… Edith me está esperando en casa.

“<i>Siento que los humoristas ayudamos a que los argentinos sobrevivan a los diluvios que suelen atacarlos</i>”, atestigua el marido de Edith, padre de tres hijos y abuelo de cinco nietos “<i>más una por venir</i>”.

Siento que los humoristas ayudamos a que los argentinos sobrevivan a los diluvios que suelen atacarlos”, atestigua el marido de Edith, padre de tres hijos y abuelo de cinco nietos “más una por venir”.

“<i>Quiero morir escribiendo historias de humor, como los actores que siempre quieren morir arriba del escenario. Sería una muerte muy dulce, y yo la elijo. Pero igual falta, eh</i>”.

Quiero morir escribiendo historias de humor, como los actores que siempre quieren morir arriba del escenario. Sería una muerte muy dulce, y yo la elijo. Pero igual falta, eh”.

Ha guionado películas de Balá, Calabró, Porcel, Altavista, Olmedo. Ha hecho de su estilo familiar un sello propio. “<i>Si tuviera que detenerme, destacaría la calidad humana y profesional de la gente que dibuja, porque nunca crea personajes malhablados</i>”, alecciona.

Ha guionado películas de Balá, Calabró, Porcel, Altavista, Olmedo. Ha hecho de su estilo familiar un sello propio. “Si tuviera que detenerme, destacaría la calidad humana y profesional de la gente que dibuja, porque nunca crea personajes malhablados”, alecciona.

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