“Si cambié, fue por mis dos hijos” – GENTE Online
 

“Si cambié, fue por mis dos hijos”

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Dale, papá, dale... Dejame ir... Dame la mano y vayámonos juntos de acá”, le rogaba. “Vos me encerraste, papá. ¿Por qué? Vayámonos ya”, lloraba, temblaba, deformando su máscara pop hasta convertirla en un grotesco. Al menos por una vez no había fotógrafos que documentaran su debacle, ni cámaras para mostrar en vivo las ojeras grises, el pelo enmarañado, la corroída porcelana de una muñeca rota. Britney Spears vomitaba su ruego, al pie de la cama, una de las 136 plazas de un hospital neuropsiquiátrico de Los Angeles, y su padre, Jamie, trataba de consolarla.

“No puedo, hija. Tenés que quedarte. Los doctores no quieren dejarte ir”, decía Jamie, un ex alcohólico que pasó muchísimas noches fuera de casa, despreocupado de su pequeña Britney, la misma que ahora le parecía más infantil que nunca. El 2008 apenas comenzaba y la vida de Britney Spears se había esfumado tal y como la conocía el mundo. Sola. Divorciada. Sin la custodia de sus hijos. Intoxicada. Gorda. Agresiva. Ridiculizada tras un 2007 de puro fracaso. Absolutamente sola. Así se sintió esa tarde de 2008, cuando ya llevaba dos internaciones seguidas. El rumor hablaba de intento de suicidio. Su entorno lo negaba. “Vos me encerraste, no me mientas”, se enojaba Britney, sin saber que saldría de allí a la semana siguiente, lista para resurgir de su propio infierno, reinventada como nadie esperaba. Le costó casi dos años, pero lo logró. Britney, más esbelta, más sana, de gira, abrazada a sus hijos... está de vuelta.

La parábola de Britney Spears suena deliciosa para cualquier biógrafo: en sus 27 años –nació el 2 de diciembre de 1981– hubo vida, pasión, muerte y resurrección. De Kentwood, un pueblito conservador del profundo Sur estadounidense, hacia Nueva York. Mamá Lynne llevó a su nena de nueve años a Manhattan, para que aprendiera música, canto y baile para convertirla en estrella. De Nueva York a Beverly Hills, por supuesto, cuando la nena (ya mujer) se había transformado en el ícono-pop-del-nuevo-siglo. Y de la mansión al hospital, con escala en el juzgado, furioso cóctel para una chica tan joven. Será por eso que Britney es el nombre más buscado en Internet. Su vida se convirtió en el pasatiempo favorito de los norteamericanos, tal como sucede con esas celebridades que se hunden en lo bizarro. Pero la historia de Spears se esboza diferente. Porque nadie apostaba a una rápida resurrección. Y sin embargo ahí está, en plena gira para presentar su disco Circus.

La “nueva Britney” empezó a asomar a fines del 2008 y solidificó su presente en el 2009, con buenas ventas (Circus se ubica 18° entre los más solicitados en los Estados Unidos) y éxitos en los charts. Así aprovechó para arrancar un tour que la llevará por treinta ciudades de su país y que incluye fechas en Europa. Cuando cantó en Nueva York, hasta la mismísima Madonna –a quien ella adora– estuvo entre el público. Un gesto de la Reina del Pop, una especie de caricia y reconocimiento para una Britney que lo venía pidiendo a gritos. Literalmente. Su mentado regreso tocó la fibra de muchos. Hace poco, la cantante-actriz Jennifer Lopez dijo que entendía “perfectamente” la difícil vida de Britney y, de algún modo, la compadecía. ¿A qué se refiere? Guardia permanente de paparazzi (es la celebrity más buscada del planeta), presiones por seguir en la cima (sus primeros cuatro discos debutaron como N° 1, un récord) y la lucha por mantener el equilibrio en medio de tanta locura.

Britney apenas tenía 17 años cuando su primer disco –Baby, one more time, en 1999–, la transformó en una star. Una Lolita que mascaba chicle, hablaba abiertamente de su virginidad y les comunicaba a los padres que la nueva generación los desafiaba, un potencial espejo para millones de teens de todo el mundo. La nena no tardó en escandalizar a la sociedad desde la portada de la revista Rolling Stone, que la fotografió en ropa interior. “Cuando la vi, sentí un vacío en mi corazón”, confesaría mamá Lynn tiempo después, advertida de que las cosas se salían de cauce.

Maestra de escuela primaria de un pacato pueblo en el estado de Mississippi, Lynn era infeliz en su matrimonio y creía que la pequeña Britney Jean estaba destinada a un gran futuro. Perseverante, no descansó hasta que su hija finalmente ingresó en el star system. La llave la tenía el manager Larry Rudolph, quien supo decodificar el gusto juvenil con los Backstreet Boys e intuía que con Spears iría mucho más allá. Y así fue. Récord de ventas. Carisma desbordante. Todo muy bien pensado. ¡Clinc, caja! Hasta que las cosas, tal y como había presagiado mamá Lynn, empezaron a salirse de cauce. Fue en enero de 2004 cuando Britney, encandilada por el neón, se casó en Las Vegas. El matrimonio le duró 55 horas. En pleno éxito de In the zone, su cuarto álbum, sobrevino el primer escándalo. Lo arreglaron rápido, con una anulación que dejó nuevamente soltero a Jason Alexander, un amigo –¿gay?– de la infancia. La versión de Alexander, tiempo después, resultó chocante: “Estuvimos tres días a pura fiesta: cocaína a la noche, éxtasis a la madrugada y Xanax para dormir...”. Pero hubo otra boda en septiembre, con el bailarín, modelo, cantante y actor (en ninguno de los rubros brilló, por cierto) Kevin Federline, celebrada a lo grande y con inmensa cobertura. Y vinieron los hijos: en el 2005 nació Sean Preston y un año después, Jayden James. ¿Familia feliz? Para nada... En noviembre de 2006, Britney le pidió el divorcio a Kevin. Por ese entonces, los problemas de Spears con la droga se hicieron notorios, y sus paradas en los centros de rehabilitación comenzaron a trascender. Y sus largas noches de excesos, a veces en dupla con la mediática Paris Hilton. Su imagen adorable tornó en patética cuando la vieron afeitarse la cabeza, dar vueltas en su auto sin rumbo conocido, pelearse con los fotógrafos y, sobre el escenario, ofrecer su peor versión en los Premios MTV 2007.

Al mismo tiempo, su comportamiento errático la había privado de sus hijos, quienes quedaron bajo custodia de Kevin. Britney, acorralada, era capaz de pasar tres días sin dormir. El 3 de enero de 2008, después de negarse a entregar a sus hijos, fue internada por orden de la policía. Le hicieron exámenes. Salió. Pero el 31 de ese mes volvió a una clínica de rehabilitación y sus derechos como persona fueron recortados: el control de su accionar, legalmente, quedó en manos de su padre. Para siempre. Según un fallo judicial, Britney es “incapaz de manejar debidamente sus recursos financieros... así como proveerse a sí misma de las necesidades básicas de alimentación, salud, vestimenta y hogar”. Su vida, en definitiva, no le pertenece. Nada nuevo.

El operativo retorno se inició en silencio, con pasos estudiados. Se reunió con sus padres. Adelgazó. Se alejó de las drogas. Algunos miembros de su entorno fueron legalmente apartados. Y los resultados parecieron milagrosos: un año después de su aparición en los Premios MTV 2007 –cuando se la vio desaliñada, muy pasada de peso, con la mirada perdida–, arrasó con los galardones del 2008, al punto que fue elegida Artista del Año.

Se rumorea que por estos días mantiene un romance con su agente Jason Trawick. Y hasta acordó con su ex marido que sus hijos pudieran acompañarla durante la gira de Circus, álbum que en su primera semana vendió 505 mil copias sólo en los Estados Unidos. Con Sean y Jayden, Britney parece feliz. “Si cambié, fue por mis hijos”, repite permanentemente a sus íntimos. Entusiasmada, acaba de contar que adora hablar con los chicos, que cada palabra suya la sorprende, y que son tan inocentes que temen a los monstruos, que están obsesionados con eso, dice Britney, y que cada noche se asoma con ellos para que se queden tranquilos, para que vean que está oscuro, desolado y oscuro, pero que no hay monstruos ahí afuera. Tras sus shows en Miami, Britney  se siente más cómoda en su rol de mamá (inseparable de Sean y Jayden), que saliendo de “recorrida” como en otros tiempos. A su lado, su hermana Jamie Lynn (17, mamá de Maddie, de nueve meses), quien también se lanzó a la música.

Tras sus shows en Miami, Britney se siente más cómoda en su rol de mamá (inseparable de Sean y Jayden), que saliendo de “recorrida” como en otros tiempos. A su lado, su hermana Jamie Lynn (17, mamá de Maddie, de nueve meses), quien también se lanzó a la música.

Todos los Spears navegando por un canal de Miami, bien en familia.

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Las épocas en que salía de juerga con Paris Hilton.

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