“Ser popular sin estar cerca de la gente no tiene sentido” – GENTE Online
 

“Ser popular sin estar cerca de la gente no tiene sentido”

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María Rosa Pierangelli, o Nani, tiene nueve y es de Hurlingham. Hace un año que está en tratamiento en el Garrahan: leucemia. Alejandro (49) se le acerca, ella le sonríe, le muestra una de sus muñecas. El le regala su último disco, Canciones para gente niña –lanzado por Petrobras–, que es, básicamente, para gente como María Rosa, o Nani. En el disco, cosas perdidas, canciones de hace muchos años, un rock and roll con Juanse, otra sobre la hipocondría, sobre cantar en la ducha, o sobre el bendito contestador automático.

Antes, Alejandro –lejos de su departamento en Los Angeles que tiene hace un año–, había pasado por la sala de Oncología. Autógrafos y afecto para chicos en tratamiento de quimioterapia. Después, a la de Diálisis. Lo mismo. O por la Casa Garrahan, donde hay pibes del Interior con sus mamás, muchos sin obra social alguna, que se hospedan allí mientras duren sus tratamientos. A las catorce habitaciones que ya hay en la Casa se agregarán dieciséis más. Todo esto gracias a lo que recaude Canciones para gente niña. Básicamente, Fito tenía razón: dar es dar.

–¿Qué sentís acá?
–Siento agradecimiento, y que sirvo para algo. Esto va más allá de la carrera, o de cualquier canción. Acá venís a mostrar quién sos como ser humano. Hay otros mundos, otras situaciones.

–Y las situaciones, acá, son tremendas.
–Trato de no sentir la leucemia, sino a la persona, a esa almita ilusionada, que quiere entusiasmo, luz, una chispa para salir de la angustia, de la enfermedad.

–Ahora, con el disco, te diste un doble lujo: el de ayudar y el de grabar lo que se te antojó.
–Claro. En ninguna compañía me lo hubieran permitido. Justo venía de terminar mi contrato con Universal y se acercó Petrobras con la idea. Tener una vocación de servicio no depende de que seas artista. Es circular lo que tenés para dar. Si muchos lo hicieran, habría menos soledad en el mundo. Y el disco viene de casettes que, fácil, tenían veinte años, de cuando era chico y recién empezaba a componer. Qué sé yo, por ejemplo, El vals del hipocondríaco. De chico yo… ¡era muy hipocondríaco!

–También hay una canción sobre el contestador. ¿Sentís a veces la necesidad de cantar sobre cualquier cosa?
–Obvio, muchas veces. Hacer música tiene que ser divertido. Play en inglés es tocar y jugar.

–¿Y cómo fue tu infancia?
–Muy linda, la verdad… En la calle Aráoz, con mi mamá, Lía, y mi papá, Marcelo. Hasta que él murió de un ataque al corazón. Fue duro. Un día papá estaba, y al otro no. De ser hijo pasé a ser hombre. Y el superhéroe era Superman, o los cowboys tipo Clint Eastwood, o Sean Connery haciendo de Bond. O Los Beatles. El piano empezó cuando yo tenía 8. Trajeron un piano a casa para que mi hermana Silvia y yo estudiáramos. Hoy ella es psicóloga… ¡ja, ja, ja! De todo eso, las cosas no cambiaron. La raíz está igual.

–Ahora tenés un departamento en Los Angeles.
–Allá estoy mucho más tranquilo. Siento que formo parte de un mundo con el cual siempre soñé. Voy a ver bandas, como Crosby, Stills, Nash & Young, o Madonna, o Sting en Las Vegas.

–O a Stevie Wonder. Te lo encontraste…
–¡Fue increíble! Me fui para el Guitar Center en Sunset Boulevard, un lugar con unos instrumentos para morirse. Y ahí estaba él con sus asistentes. Mientras hablaba por celular, tocaba un bajo en un teclado. Lo encaré y le dije que esto era un sueño hecho realidad, que mil gracias por toda la inspiración y belleza, que él me ayudó desde lejos a ser músico. Y me respondió: “¿Tenés algo para que escuche?”. Así que le tengo que mandar un disco a Stevie Wonder… Increíble…

Todo bien con Stevie, o con su departamento en Los Angeles, pero Alejandro para un ratito, se sienta, y pasan las enfermeras, las chicas de limpieza. Le dicen que lo vieron tocar en la fiesta del Nosequé, en tal o cual localidad, que muy lindo lo que hace, que es un genio y un dulce, que mil gracias por venir. Alejandro, básicamente, dice que la popularidad lejos de la gente no sirve. En un tiempo, en lo posible, va a volver al Garrahan con un teclado y un par de amplificadores. Por lo pronto se pone a pensar en la administración Kirchner, y en los superávits necesarios.

–¿Qué hay con eso, Alejandro?

–A este gobierno le tengo más simpatía que a otros. Pero se promocionan los superávits, y yo eso quiero verlo. Quiero ver un superávit de elementos vitales, de profesionales trabajando, que se mejoren las condiciones, que se atiendan las cosas urgentes.

–Y de tocar acá en el Garrahan, ¿qué me decís?
–Es venir como ciudadano, ver qué le pasa a mi país. Y yo me divierto haciéndolo, y ellos también. No vale más un chico porque esté enfermo. Es un individuo al que le podés dejar un buen recuerdo. Yo apunto a esto, al corazón. Creo en la energía positiva y humilde. Y desplegar esa energía es mi vocación. Los conciertos son para eso, no para que te admiren. La otra vez pensaba que ser popular sin estar cerca de la gente no tiene sentido.

–¿Qué te queda por hacer, entonces?
–Muchísimo. Quiero hacer cosas como pianista, y la viva, vivirla, en donde sos hermano, tío, hijo. Tus responsabilidades.

–¿Ser marido?
–Me cabe, seguro que sí. Ya lo tengo decidido.

–O ser padre. A los 49, nunca tuviste un hijo.
–Sí, quiero ser papá. Lo tengo definido con Marcela (García Ibáñez, cantante también), mi pareja. Siento que finalmente me llegó. Tengo una madurez fresca, porque no estoy más duro, sino realmente maduro.

–¿Llega tarde?
–No, para nada. Yo en mi vida la pasé bárbaro.

María Rosa Pierangelli, nueve años. Tiene leucemia. Alejandro se le acerca, ella le muestra su muñeca. Y sonríen los dos.

María Rosa Pierangelli, nueve años. Tiene leucemia. Alejandro se le acerca, ella le muestra su muñeca. Y sonríen los dos.

Alejandro, con algunos de los chicos de la Casa Garrahan –muchos de ellos sin obra social– que vienen desde el Interior con sus mamás.

Alejandro, con algunos de los chicos de la Casa Garrahan –muchos de ellos sin obra social– que vienen desde el Interior con sus mamás.

“<i>Quiero ser papá; lo tengo definido con Marcela, mi pareja. Siento que finalmente me llegó. Tengo una madurez fresca, porque no estoy más duro, sino realmente maduro</i>”

Quiero ser papá; lo tengo definido con Marcela, mi pareja. Siento que finalmente me llegó. Tengo una madurez fresca, porque no estoy más duro, sino realmente maduro

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