Se casaron, pero la luna de miel… la pasó solito – GENTE Online
 

Se casaron, pero la luna de miel... la pasó solito

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No era un mal plan. Jugamos a que nos casamos porque el guión nos pide que
juguemos. Y después jugamos a que nos vamos de luna de miel porque a nosotros se
nos ocurre seguir jugando a lo que jugamos en la pantalla. Una traslación
directa, una continuación de la verdad de la ficción en la verdad de la verdad,
lo que otros llaman, sencillamente, la realidad.

Se habían pedido el día, los dos, y todo indicaba que sí, que se iban, juntos,
lejos, solos. Al sábado y al domingo le sumaron el lunes: con el permiso de la
producción, estiraban veinticuatro horas el fin de semana. Un día menos de
grabación, un día más de descanso. El viernes a la noche, Tomás Fonzi y Juanita
Viale salieron con los bolsos hechos y el rumbo decidido: Retiro, estación
terminal. Aún no estaba claro adónde, ni tampoco para qué, pero a esa altura no
parecía haber dudas: después de grabar un casamiento para la ficción, se
alistaban para una pequeña luna de miel a toda realidad.

Sin embargo, no, nada, agua. Porque allí mismo, en Retiro, se despidieron, y el
bolso XL y la mochila que cada uno llevaba quedaron todos en posesión de él, de
Tomás, que se subió al coche de la empresa Tata con el que recorrería 600
kilómetros hasta La Paz, en el extremo noroeste de la provincia de Entre Ríos,
casi al límite con Corrientes, y no para jugar a la mamá y al papá con la chica
que lo conquista sino para hacer lo que todos hacen en esa ciudad a orillas del
Paraná: pescar, todo el día pescar.

La Paz tiene unos 25.000 habitantes y cada año, desde hace cinco, Fonzi viene a
pasar unos días. Llegó el sábado a la madrugada y se instaló en una de las
cabañas del complejo Altos del Paraná, un predio bien arbolado junto a las aguas
termales de La Paz. El sábado y el domingo repitió, casi sin diferencias, una
única rutina: embarcar temprano y pasarse el día sobre la lancha buscando el
pique de dorados, surubíes, bogas y bagres. No tuvo mucha suerte esta vez Tomás,
aunque todos coinciden en que es un excelente pescador. El pique es escaso y
solo consiguió unos pocos dorados pequeños. No hubo mucho más que arrancarle al
Paraná.

El sábado, el día fue bueno. El domingo, inmejorable. Fonzi salió temprano y dio
la vuelta completa a la isla Curuzú-Chalí, una reserva ictícola que forma parte
del complejo sistema del Delta, que se halla en el exacto centro del río,
separando las provincias de Entre Ríos y Santa Fe.
Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, con el brillo dorado
del río inmenso bailoteándole bajo los pies, sacando y volviendo a meter los
metros de tanza que cortaban el agua y se hundían en la profundidad marrón. Y
solo, apenas acompañado por su guía de pesca, anfitrión de los Altos del Paraná,
y no muchas más personas.

La realidad de Juanita, en cambio, estuvo en Buenos Aires. Entre algún quejido
de Ambar y películas alquiladas en DVD, se mantuvo más hermética que Tomás (y
que cualquier otra persona) en la casona de Barrio Parque que comparte con su
madre, el esposo de ella, sus hermanos y empleados.

No era un mal plan ese de jugar a la miniluna de miel. Pero en el guión no
figuraba y, esta vez, el juego terminó en la ficción. Para ser real, la verdad,
no está nada mal tampoco que cada cual atienda su juego.

Así, blancos y radiantes, lucen en la última escena de Costumbres argentinas, el programa que los unió para siempre en la ficción y (por ahora) en la vida.

Así, blancos y radiantes, lucen en la última escena de Costumbres argentinas, el programa que los unió para siempre en la ficción y (por ahora) en la vida.

Se suponía lo que no pasó: que se iría de minivacaciones con su nueva chica, la nieta de Mirtha Legrand. Lejos -pero muy lejos- de eso, Fonzi se hospedó solito en una cabaña y contrató un guía para ir de pesca. A bordo de una lancha, recorrió el Paraná en busca de dorados y surubíes.

Se suponía lo que no pasó: que se iría de minivacaciones con su nueva chica, la nieta de Mirtha Legrand. Lejos -pero muy lejos- de eso, Fonzi se hospedó solito en una cabaña y contrató un guía para ir de pesca. A bordo de una lancha, recorrió el Paraná en busca de dorados y surubíes.

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