“¡Qué emoción! ¡Cómo extrañaba levantar esta copa!” – GENTE Online
 

“¡Qué emoción! ¡Cómo extrañaba levantar esta copa!”

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De pibe, Manu Ginóbili sólo quería crecer. Se crió en Bahía Blanca, la ciudad más basquetbolera de la Argentina, en una casa de clase media que quedaba a metros del club. Ahí, en Bahiense del Norte, el refugio de sus sueños imposibles, picaba la pelota, tiraba al aro, jugaba a ser Michael Jordan y volvía corriendo a su casa, para medirse contra la pared. Hacía marquitas con birome, para comprobar cuántos centímetros había sumado. Se frustraba cuando las cuentas no le daban como quería. Eso sí: por más bronca que le diera, nunca, pero nunca, se daba por vencido. El más chiquito de tres hermanos (los otros, Leandro y Sebastián, también salieron basquetbolistas) creció con determinación de hierro. Y un talento que iría aflorando, poco a poco, hasta convertirlo en un virtuoso. En aquellos años se animaba a soñar con pisar un estadio de la NBA, la estratosférica liga que parecía reservada sólo para estadounidenses. Y pedía por favor que esas marcas en la pared –aseguran los íntimos que todavía están ahí, imborrables– se elevaran cada vez más, para que su ilusión se mantuviera viva.

Hoy, a los 36 años, Emanuel David Ginóbili no sólo superó esas marcas (de hecho, mide 1.98 m, igual que el gran Jordan). También sus sueños, por más optimistas que hubiesen sido imaginados. El domingo 15 de junio obtuvo su cuarto título de campeón en la NBA, como ídolo de San Antonio Spurs. Impresionante. La serie final se definió 4-1 frente a Miami Heat –sus verdugos de la final de 2013– y Manu, coleccionista de éxitos, agiganta su sitial en el Olimpo de los dioses deportivos. Junto con Diego Maradona, Juan Manuel Fangio y Guillermo Vilas, ya forma un póker de ases invencible, que lo transforma en leyenda. Y, como siempre, va por más.

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Trabajador, humilde, de bajo perfil, comprometido, ejemplar, líder positivo (de esos que también saben amoldarse a determinado rol en pos del bien general), Ginóbili reúne el combo ideal del deportista. Y este nuevo logro, que se suma al oro olímpico con la Selección en Atenas 2004 (plus: bronce en Pekín 2008) y al subcampeonato del mundo en Indianápolis 2002, no deja margen para la discusión: él y Leo Messi son los dos atletas argentinos más importantes del siglo XXI. Con una carta a favor del bahiense: ya logró lo máximo con los colores nacionales (La Pulga, ojalá, pueda empardarlo en este Mundial). “¡Qué emoción volver a sentir todo esto! ¡Cómo extrañaba levantar esta copa!”, escribió Manu en su cuenta de Twitter, un día después de la hazaña. ¿Robarle el protagonismo a un debut mundialista de la Selección? Sólo Ginóbili es capaz de eso.

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“Teníamos la espina clavada del año pasado. Jugamos a un nivel increíble y estamos muy felices de haber alcanzado el objetivo. Y esto no se trata de (Tim) Duncan, (Tony) Parker o Ginóbili, sino de un equipo. Nunca dejé de creer en nosotros”, dijo Manu en un vestuario exultante, regado con champagne. Clarito mensaje de su filosofía: primero el grupo, después el individuo. Esa premisa siempre guió su comportamiento, en una carrera que se inició hace casi dos décadas, en Andino de La Rioja. Después de triunfar en nuestro país, la rompió en Italia (con Reggio Calabria y Kinder Bolonia), donde consiguió cuatro títulos. Y en 2002 se embarcó en su máximo anhelo: la NBA. No hay destino más seductor, ni más competitivo, que la liga estadounidense. Lo mejor de lo mejor. Y ahí se quiso probar Manu. El resultado: un lugar asegurado en el Salón de la Fama. Ponerlo en perspectiva es una obligación: hasta el año 2000, ningún argentino había llegado siquiera a jugar en la NBA. Arribar a esa elite ya era un mérito. Y Ginóbili, en notable performance, sumó más títulos que Larry Bird (leyenda de Boston Celtics), los mismos que Shaquille O’Neal (gigante que revolucionó la liga) y uno menos que Magic Johnson (mito viviente del básquet). ¿Ya es el mejor extranjero en la historia de la Liga? Afirmarlo no sería descabellado.

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El domingo, de yapa, el festejo tuvo un sabor especial: fue su primer campeonato desde que es papá. Dentro de la cancha pudo abrazarse a Marianela Oroño (su esposa, hija de un basquetbolista) y los pequeños Dante y Nicola (mellizos de cuatro años). Claro: Luca, el último del clan, no pudo sumarse porque tiene apenas dos meses de vida. En pleno Día del Padre, Manu se emocionó cuando vio a sus hijos lucir pequeñas camisetas Nº 20, igualitas a las de papá. De hecho, los familiares de los jugadores invadieron la pista no bien finalizó el partido (terminó 104-87 y el argentino convirtió 19 puntos).

“¡Tan orgullosa de vos! Por siempre mi MVP (Most Valuable Partner). ¡¡Te amo!!”, tuiteó Marianela, compañera de siempre, pilar en el hogar que Ginóbili construyó en Texas. Hombre de su casa, súper familiero y poco afecto a los flashes, Ginóbili se fue del país en 1997 y nunca volvió a vivir aquí. En los Estados Unidos es súper respetado, la gente de San Antonio lo ama (allí viven un millón y medio de personas) y no sería extraño que siguiera ligado a los Spurs en otro rol, cuando finalmente abandone el juego. Por lo pronto, le queda un año más de contrato. Y a propósito: ¿volveremos a verlo con la Nº 5 de la Selección? El Mundial se juega en septiembre, en España, y el entrenador Julio Lamas espera la decisión de su estrella. Ya había adelantado que, si el físico le respondía, tenía ganas de sumarse. Dale, Manu, una más, una más...

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“La vida me dio mucho más de lo imaginado”, supo decir alguna vez, consciente de su inusitado éxito. Maduro, con una incipiente calva en la nuca, padre entusiasmado y dueño de todos los récords de nuestro básquetbol, Ginóbili encara la recta final de su campaña. Y lo hace en la cima, sin estridencias, satisfecho de haberlo conseguido gracias a su inquebrantable ética de trabajo. Quedan, como símbolo, aquellas marquitas de birome en la pared de su casa de Bahía Blanca. Son líneas escritas con una zurda mágica, que pintan una vida. Y de alguna forma, explican su grandeza. Has crecido, muchacho, vaya si has crecido.

Manu y el trofeo de los campeones, el mismo que se le escapó el año pasado. Lo obtuvo en 2003, 2005, 2007 y ahora, en notable nivel.

Manu y el trofeo de los campeones, el mismo que se le escapó el año pasado. Lo obtuvo en 2003, 2005, 2007 y ahora, en notable nivel.

A los 36 años, con notable vigencia y un corazón gigante, el argentino sumó su cuarto título en la NBA, la liga de básquet más importante del mundo.

A los 36 años, con notable vigencia y un corazón gigante, el argentino sumó su cuarto título en la NBA, la liga de básquet más importante del mundo.

El festejo, la locura del estadio (Manu es ídolo sin vueltas) y la felicidad de su familia, que compartió la gloria desde la cancha. Marianela, su compañera de siempre, llega con Dante y Nicola, los mellizos de cuatro años.

El festejo, la locura del estadio (Manu es ídolo sin vueltas) y la felicidad de su familia, que compartió la gloria desde la cancha. Marianela, su compañera de siempre, llega con Dante y Nicola, los mellizos de cuatro años.

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