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¿Pueden acomodar la fotocopiadora?

¿Pueden acomodar la fotocopiadora?

Redacción Gente

¡Qué equipo que tenemos eh! Acá lo vimos en pantalla gigante con toda la planta (300 empleados) y quedé afónico de putear a Verón y al árbitro ¿Cómo lo viste?“, eso dice el correo electrónico que me envió un amigo, encabezado con un asunto que re
za: “Muertos”. Hace cinco minutos que el seleccionado argentino perdió con su par inglés. Como tantos compatriotas, vi la transmisión del partido en mi lugar de trabajo. Mientras escribo estas líneas aún puedo ver el proyector apuntando hacia la pared y la fotocopiadora fuera de su lugar, porque nadie está de ánimo para acomodarla.

Cani volvé“, me lanza por chat un compañero de redacción, y no llego a responder porque aparece otra ventana en la pantalla que me descubre mi estado de ánimo: “Estoy re caliente…“. “Sí…” le contesto al Negro, otro amigo. “Es bronca“, pienso. Eso es lo que sentimos los argentinos tras el partido que nuestra selección perdió contra su par inglesa por la segunda fecha del denominado “Grupo de la muerte“. No se trata de algo desmedido, profundo, -o tal vez sí, pero debemos intelectualizar la pasión para no caer en el ridículo de dramatizar las consecuencias de un acontecimiento deportivo-, pero lo sentimos.

Es una bronca que nace de las propias cualidades, de los propios méritos. De saber que perdimos a pesar de contar con jugadores excepcionales, con un equipo y un cuerpo técnico que ya pasaron muchas pruebas y no tienen que demostrar nada más. Es la impotencia al ver un desempeño diferente al acostumbrado. De pensar cuánto duele una mala noche durante la Copa del Mundo, competencia en la que el campeón debe demostrar sus argumentos en sólo siete partidos.

Los ingleses, por supuesto, también tienen su mérito. Hicieron un partido prolijo, inteligente. Pusieron mucha garra y supieron manejar el ritmo: cambiaron las ganas y la potencia del primer tiempo, por un equipo corto y cauteloso que en la segunda etapa esperaba el contraataque para sellar el triunfo antes de los noventa.

Pero los argentinos sabemos algo. Aunque éste sea el momento de agachar la cabeza y aceptar la derrota -como caballeros ingleses y sin llorar por el dudoso penal que nos cobraron en contra-, no se nos escapa que si nuestra selección despliega todo su potencial, al equipo inglés es muy probable que con garra y buen manejo de ritmo no le alcance para derrotarla. No se trata de vanidad. Tampoco de orgullo. Vimos un Cavallero seguro, un Aimar con ímpetu, algunas actuaciones discretas, y al resto del equipo muy por debajo de lo que se espera de ellos. Fue una mala noche, ni más ni menos.

La chapa de campeón se aflojó sobre el costado de nuestra camiseta. Es posible que, tras la derrota, algunos equipos hayan pasado de temernos a respetarnos. Es posible que aunque le ganemos a Suecia y salgamos campeones la espina de la derrota contra Inglaterra quede atravesada. Muchas cosas son posibles, pero una es segura: el remedio para esta bronca existe y se llama revancha. Por ella esperamos. Sin violencia, sin dramatizar, por el deporte mismo, y sobre todo, como caballeros ingleses.

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