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Pretoria, la ciudad argentina

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Ayoba, Argentina!”. Así, con ese “¡Vamos, Argentina!” que acuñó el lunfardo de un país con once lenguas oficiales (ya nadie recuerda el origen del término, al que la FIFA instauró como eslogan de este Mundial 2010), Pretoria recibió a nuestra Selección. A 50 kilómetros de la dura Johannesburgo, con 2.300.000 habitantes, y a 1.271 metros sobre el nivel del mar, la capital administrativa de Sudáfrica muestra el costado más amable del país más austral de este continente. Calles arboladas, limpieza y por ahora, contra todos los pronósticos, clima perfecto. Los nombres de Messi, Milito, Tevez, Higuaín y, por supuesto, Maradona, son moneda corriente.

Lo que hiere el ego patrio es el desconocimiento absoluto que se tiene –en general– de nuestro país. A pesar de la bandera celeste y blanca que portaban estos enviados especiales, una mujer preguntó si éramos de Portugal y se sorprendió al saber que nos separan apenas siete horas de vuelo cruzando el Atlántico (hasta Ciudad del Cabo, la urbe más cercana). Otro grupo inquirió por la “extraña” lengua en la que hablábamos, y al responder “español”, dijeron: “Ah, su selección (por España) se aloja en Port Elizabeth”. Y no, los sueños de la Argentina entrenaban a cinco cuadras de esa conversación en la esquina de Hilda Street y Burnett.

Sin embargo, hay una bandera que siempre flamea en la ciudad. Está en el edificio Standard Plaza, en el 440 de Hilda –una de las zonas top de Pretoria–: la embajada argentina. El fin de semana, pese a estar en plena euforia mundialista, sólo había un par de guardias. Uno de ellos, Owen, de 27 años, desafía: “Si el técnico argentino dijo que se desnudará si ganan el Mundial, yo pongo las manos por Inglaterra”. Con todo, este hincha del Sundowns local admite que es “un gran fan de Leo Messi, y me gusta mucho Melito”, por Diego Milito, claro.

Junto a la embajada, la peluquería Princess está abarrotada de mujeres y hombres. La onda, aquí, son las grandes extensiones de pelo lacio. O, de lo contrario, raparse la cabeza. En la puerta, Tebatso y Nyakallo esperan ser atendidas. “No sé nada de fútbol –dice la primera, cuyo nombre, explica, significa “olvido”–, pero es una buena oportunidad de conocer gente de muchos países”. ADONDE IR. Muchos argentinos ya recorren las calles y se mezclan con los pretorianos –tal es el gentilicio local–. El point favorito es el restaurante Mimmo’s, sobre Burnett, la calle que desemboca en el High Performance Center, donde concentran los Maradona’s boys. Sus dueños, un matrimonio compuesto por David (griego) y Carla (portuguesa) –cuyo hijo de un año y medio se llama Lisandro por el ex delantero de Racing de Avellaneda y el Porto lusitano, Licha López–, decoraron la fachada con banderas de nuestro país. El sábado por la noche (hay que sumar cinco horas a la nuestra) por la pantalla gigante se pudo ver la derrota de Los Pumitas –pese al esfuerzo de chicos como el centro argentino Brian Ormson, al que ponderaron, ¡y acá saben de rugby!– frente a Inglaterra desde el Coloso de Newell’s Old Boys, en Rosario. David, siempre sonriente, dice: “Estamos contentos. Esperamos muchos turistas, que vengan a comer... No queremos que la gente piense en Sudáfrica como un lugar inseguro, sino que descubran que existen muchas zonas que no tienen nada que envidiarle al Primer Mundo”.

Aquí, como no sucede en Johannesburgo, es común ver caminar por la calle a gente blanca. En esta ciudad, en 1963, fue juzgado y condenado Nelson Mandela. El apartheid busca ser un recuerdo lejano pero está presente al notar que existen pocos grupos donde negros y blancos (en Sudáfrica la proporción es de 79 a 21 por ciento) compartan una mesa de bar. “Al principio, la gente estaba asustada por el cambio que se produjo en los años noventa. Pero, para mí, las cosas han cambiado paso a paso, y para bien”, resume David, el dueño de Mimmo’s.

En la zona céntrica, alrededor de Church Street, se ubica el centro comercial y financiero. Allí se ve, por ejemplo, una curiosa costumbre: el teléfono público es una señora con varios aparatos delante. El cliente lo pide, lo usa, y calculan el precio. Nada de cospeles ni tarjetas. Allí también se ubican los puestos de venta callejera, que por supuesto tienen el merchandising mundialista a pleno. La moneda local es el rand, y calcular el valor en pesos argentinos es sencillísimo: hay que dividir por dos. Las gorras se cotizan a 60 rands, las bufandas a 150 y las camisetas de la selección sudafricana (llamada aquí Bafana Bafana –que significa “Chicos, chicos” –y no es un homenaje a Ricardo Fort, desde luego–) cuesta 480 rands. Lo mismo que la casaca que luce Messi en la Argentina, a precio de Buenos Aires. Otros valores a tener en cuenta (si el lector viaja para la primera ronda): el litro de nafta súper, 8 rands. El alquiler diario de un departamento en una zona segura (alrededor del estadio mundialista Tshwane, donde Uruguay enfrentará a los locales) unos 250 dólares.

La noche de Pretoria, a diferencia de otras ciudades sudafricanas, es razonablemente segura. El mejor lugar está a cinco kilómetros del centro, y reúne a tres restó bares: Cubaña (donde es habitual ver fumar tabaco de banana en narguiles y beber tequila con sabor a cacao), News Café y Rapsody. Hay mucha vigilancia y un detalle: no permiten entrar a menores de 23 años.

COMO EN CASA. Hay cosas que nos emparientan. Y no sólo porque el presidente sudafricano, Jacob Zuma, haya echado a una de sus tres mujeres (de la etnia zulú:el hombre es polígamo) de la residencia oficial por serle infiel con un guardaespaldas. Por ejemplo: el sábado 5, en Atteridgeville, a 50 kilómetros al sur de Pretoria, jugaron los locales frente a Dinamarca. Se produjo un embotellamiento terrible. Entonces, en medio de una nube de tierra, los sudafricanos se lanzaron a circular por la banquina.
Más allá de eso, las reglas de tránsito se respetan bastante. El cartel de stop significa eso: ¡Stop! Y si varios automóviles llegan al mismo tiempo a un cruce de calles y deben girar, se dejarán paso por turnos: uno y uno, y así... Consejo para émulos de Fangio: aquí se maneja por la izquierda, y el volante está, entonces, a la derecha, así que ¡sumo cuidado!

El domingo por la tarde la Selección abrió sus puertas para una práctica pública. La tribuna de la cancha principal del campus de la Universidad de Pretoria, que tiene capacidad para 5 mil personas, se vio desbordada. El inconfundible sonido del coro de vuvuzelas (las trompetas de plástico que pueden llegar a ser bastante molestas cuando suenan los 90 minutos de un partido) y el aliento a Messi se confundían con el “¡Vamos, vamos, Argentina...!” de nuestra gente. Hasta que salió Maradona, y todos se unieron en un canto casi devocional.

El grupo de criollos más bullicioso se mezcló con alumnos del St. Alban’s College de Pretoria, todos uniformados. Craig y Lawrence, ambos de 18 años, cuentan que mientras los argentinos tenemos los ojos puestos en su ciudad, “un equipo de rugby del colegio viajará este mes para jugar con el St. Alban’s College de la Argentina”, una escuela de Lomas de Zamora con la que, cuentan, tienen estrechos lazos. Para los dos, el mejor de nuestra Selección es Higuaín, pero el equipo favorito de Craig es Brasil, y los de Lawrence son el Manchester United (“Tevez nunca debió irse”, opina con conocimiento) y la selección de Holanda.
Como no podía ser de otra manera, entre los hinchas argentinos estaba su decano: Hugo Lisovei, de Esperanza, Santa Fe, con su traje de gaucho y hasta una ristra de salamines a cuestas. Es su octavo Mundial, y cuenta: “Vine con mi señora y pensamos volver con la Copa, como en México. La estamos pasando bien. La comida es rica, el hotel bueno... Lo único que no hice fue alquilar auto: en Japón choqué...”.

El camino de la Selección nacional en Sudáfrica comenzó a recorrerse. Ojalá dure hasta el 11 de julio, el día de la final. Es probable, entonces, que una bandera celeste y blanca sea identificada, sin lugar a dudas, como de la Argentina. Y eso, seguro, vale tanto como un gol. Un golazo. El domingo 6, chicos pretorianos coparon la concentración argentina, para observar el primer entrenamiento abierto al público. Y, fieles a la tradición futbolera local, soplaron sus ruidosas vuvuzelas.

El domingo 6, chicos pretorianos coparon la concentración argentina, para observar el primer entrenamiento abierto al público. Y, fieles a la tradición futbolera local, soplaron sus ruidosas vuvuzelas.

La pasión mundialista, a full en las calles de Pretoria. El merchandising está a la orden del día: en cada puesto se destacan los colores de la Selección.

La pasión mundialista, a full en las calles de Pretoria. El merchandising está a la orden del día: en cada puesto se destacan los colores de la Selección.

La convocatoria de la Selección superó las expectativas más optimistas: sin invitaciones ni promoción, cinco mil personas colmaron la tribuna, para ver el primer entrenamiento a puertas abiertas.

La convocatoria de la Selección superó las expectativas más optimistas: sin invitaciones ni promoción, cinco mil personas colmaron la tribuna, para ver el primer entrenamiento a puertas abiertas.

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