Pinky: “Estaba convencida de que me había vuelto invisible” – GENTE Online
 

Pinky: “Estaba convencida de que me había vuelto invisible”

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Labo, como le dicen sus tres nietos, es –y siempre fue– una gran coleccionista. Entrar al hogar de Lidia Elsa Satragno (81) es aventurarse a que todo puede pasar. En la pared del living se puede encontrar la partitura original de Adiós Nonino que le regaló Astor Piazzola. Dentro de una cajita negra, el documento de la Universidad de Salamanca que acredita –de puño y letra– que el prócer Manuel Belgrano era pelirrojo. En el fondo del placard, envuelto entre finos papeles, habita un delicado sombrero que pertenecía a Evita, y en el aparador, el juego de té de la abuela de María Elena Walsh. Por todas partes, la historia se hace presente. Y eso a la dueña de casa, fanática de San Lorenzo de Almagro, le encanta. Su vida fue una caja de sorpresas y, claro, sería impensable que su casa no lo fuera. “Hay cuadros muy valiosos en mis baños”, aclara ella con picardía... Sonríe con los ojos cargados de complicidad cuando descubrimos que su diploma de diputada cuelga en el toilette. Pinky tiene ganas de hablar, y no hay nada que le guste más (quien escribe sabe bien por qué lo dice: hace treinta años que soy su sobrina, hija de su hermana Raquel), así que vamos a escucharla...

–¡Tía, armaste mucho revuelo estos días con la venta de algunas pertenencias! ¿Pensabas que sería así?

–La verdad que no. Esperaba que viniera gente por la promoción que hizo la empresa que tenía los cuadros, pero no tanta gente, ni tanta radio, ni tanta televisión...

–¿Te divirtió?

–No me molestó (se queda pensativa). Estaba convencida de que me había vuelto invisible, y por una noticia ínfima llamaron de todas las provincias y en la calle paraban a mis parientes y amigos para mandarme besos y mensajes.

–¿Qué te hizo sentir eso?

–El que diga que algo así no le lustra el ego, miente.

–Se dijo que la venta fue porque tenías problemas económicos.

–Nada más alejado de la realidad. Pasó que tenía muchos cuadros en la casa de Punta del Este y, al venderla, los traje para acá... ¡Pero no entraban! Estaban todos los pasillos con cuadros apilados... Es horrible, porque así no se lucen, nadie los mira.

–Pusiste a la venta más de cien cuadros y, en este momento, por sólo citar los que vimos en tu cuarto, hay al menos otros quince colgados. ¿En qué momento te convertiste en coleccionista de arte?

–Cuando me compré una reproducción de Picasso, a los 15 años. Siempre fui muy apegada a los libros y a los cuadros. Libros, en casa, tengo tres mil.

–Volvamos al tema de la presencia y el ego... ¿Por qué en este revival no aceptás que te tomen fotos?

–Hace años que no me saco fotos. Me tendría que maquillar, y no tengo ganas. Me he pasado la vida maquillándome a primera hora de la mañana, y decidí tomarme un descanso.

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Tenía diecinueve años y vivía en San Justo, cuando la fama llegó a su vida por medio del vinagre Alcázar: “Filmé una película y como se les quemó, me preguntaron si quería hacer un minuto en vivo todos los días. Me negué, porque debía tomarme dos colectivos, un tren y el subte para llegar. Me dijeron: ‘Mire que le vamos a pagar muy bien’. Yo estudiaba en la universidad y tenía dos trabajos: uno en la Municipalidad de La Matanza, donde ganaba 740 pesos, y otro en una papelera, por 400. Cuando me dijeron que me iban a pagar 1.500 al mes por un minuto al día, acepté... Y eso que sólo había visto tres minutos de televisión en mi vida. ¡Era algo muy nuevo! Resultó fulminante... ¡Uff! Impresionante. A los cuatro meses ganaba seis mil y al año, 150 mil. Me tuve que mudar, porque participaba en toda la programación. Llegué a pasar las treinta mil horas de televisión y, siempre, sin un libreto”, memora.

–Hoy, la Señora Televisión, ¿volvería a la pantalla?

–Y... Más a la radio. Tengo una fascinación por la radio que no se compara con nada. De chica me mandaban a buscar algo a lo de mi abuela y no me enojaba, porque iba escuchando la radionovela de casa en casa. Todos la escuchábamos.

–¿En tu juventud cómo te imaginabas a los 80?

–No me imaginaba viva. Porque he tenido una salud muy frágil, y creo que eso es lo que hizo que dure tanto. ¡Siempre estoy rodeada de médicos! Me he agarrado las siete plagas de Egipto y nada, sigo viviendo...

–Lo decís como si quisieras irte.

–¡Es que quiero ver cómo es!

–Ojo, que acá tenés mucha gente que te extrañaría...

–Lo sé. 

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No volvería a hacer política”, lanza con total convicción, recordando su cargo como secretaria de Promoción y Acción Social de la CABA y diputada nacional electa por la provincia de Buenos Aires (2007-2011). “Me enojé mucho conmigo misma por haber aceptado ir al Congreso llena de ilusiones, que se estrellaron contra la pared –explica–. Yo tengo un amor profundo por mi Patria y no pude llevar a cabo ninguno de mis ambiciosos proyectos. Un día tomé un taxi y el tachero me dijo: ‘¿A dónde la llevo, señora? ¿A la escribanía?’. El hombre tenía razón, porque la Presidenta en ese momento mandaba las leyes que ella quería y salían tal cual, hasta la última coma. No podían tocarse y tampoco se admitía que uno presentara otras leyes. ¡Era, nomás, una escribanía! Eso fue lo que me deprimió e hizo que me refugiara en la cama”, lanza indudable.

–¿Eso solo?

–Absolutamente. Me hizo mucho daño mi paso por el Congreso. Una depresión es un pequeño badén, pero la mía era un boquete que salía en Japón.

–¿Cuánto tiempo llevás así?

–Unos años. No quiero pensar cuántos, porque me angustia... Veremos ahora, que estoy un poco mejor, recuperando la estabilidad y sintiéndome con más fuerza en las piernas. Si sigo mejorando, podré retomar la vida que siempre he llevado.

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A su lado Marco –el perro maltés de siete años al que la dueña también llama Chávez, “porque cuando quiere algo, actúa como Julio”– pega un salto que aterriza en la cama rosada sobre la que duerme Pinky hace casi sesenta años. “¡Cuántos, eh”, reconoce sorprendida tras el cálculo, al tiempo que recuerda lo difícil que fue conseguir este departamento frente al Jardín Botánico, con un jardín tan deslumbrante como el suyo. ¿El motivo? “Recuerdo que desde que planté un malvón en una lata de duraznos supe que sería jardinera para siempre”, relata.

–¿Andás con ganas de volver a conectarte con la naturaleza?

–¡Sí! Me gustaría mucho tener un vivero. En Punta del Este casi lo tuve. No era techado, pero cada temporada preparaba unas dos mil plantas. Plantaba las semillas, las cuidaba, las cambiaba de maceta, las regaba hasta que se formaban bien y luego las traspasaba a la tierra. Un verano hice un macizo grande de alelíes y las personas, aunque no podían verlo, se paraban en la calle por el perfume que despedía.

–¿Por qué te fuiste de Punta, si era tu paraíso?

–Porque dejó de ser la ciudad que yo conocí. Ahora es un lugar con rascacielos.

–Y ese primer día en el que logres salir de tu casa, ¿qué vas a hacer?

–¡Ir al vivero! (ríe). Quiero comprar unas plantitas. Después, eventualmente, me gustaría ir a una escuela, a leerles a los chicos cuentos de los grandes autores argentinos. No quiero volver a oír esas cosas que me duelen hasta los huesos, como que “los chicos argentinos no entienden textos”. Los convencería de que lean, porque toda persona que lee bien, aprende a escribir bien.

Mientras sonríe con su rostro de piel particularmente rosada –al que debe el apodo de Pinky–, la Señora Televisión posa frente a dos obras de Carlos Alonso y a varias fotografías familiares. Foto: Gente©

Mientras sonríe con su rostro de piel particularmente rosada –al que debe el apodo de Pinky–, la Señora Televisión posa frente a dos obras de Carlos Alonso y a varias fotografías familiares. Foto: Gente©

A lo largo de décadas, no hubo cámara que se le resistiera.

A lo largo de décadas, no hubo cámara que se le resistiera.

“En Punta del Este casi tuve un vivero. No era techado, pero cada temporada preparaba unas dos mil plantas. Lo primero que voy a hacer cuando salga de casa es ir a uno (ríe) para comprar unas plantitas”

“En Punta del Este casi tuve un vivero. No era techado, pero cada temporada preparaba unas dos mil plantas. Lo primero que voy a hacer cuando salga de casa es ir a uno (ríe) para comprar unas plantitas”

Gastón Satragno, su hijo menor, cuenta que “la venta integral fue todo un éxito” y tiró una primicia desde su sonrisa fácil: “Probablemente hagamos otra en un mes, con la gente del equipo de María Maranessi, especializado en ventas particulares, ya que nos quedan aún grandes obras de Picasso, Forte, Cañas, Grandi, Borla y Kosice”.

Gastón Satragno, su hijo menor, cuenta que “la venta integral fue todo un éxito” y tiró una primicia desde su sonrisa fácil: “Probablemente hagamos otra en un mes, con la gente del equipo de María Maranessi, especializado en ventas particulares, ya que nos quedan aún grandes obras de Picasso, Forte, Cañas, Grandi, Borla y Kosice”.

Lidia en el Congreso, durante su etapa como diputada.

Lidia en el Congreso, durante su etapa como diputada.

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