“Pensar que mi padre me dijo que nunca iba a ganar plata con el arte” – GENTE Online
 

“Pensar que mi padre me dijo que nunca iba a ganar plata con el arte”

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Hoy Helmut Ditsch es el artista plástico argentino más cotizado del mundo. Tiene sólo 43 años, nació en Villa Ballester y a los 25 se mudó a Viena, pero no para bailar valses, aunque el vals le gustara… Se terminó convirtiendo en el emblema pictórico de Austria. Tanto, que uno de sus máximos clientes es el gobierno de ese país, y en el ‘98, uno de sus cuadros se vendió en 320.000 dólares. De paso por la Argentina, presentó su libro The triumph of nature (El triunfo de la naturaleza), aparte de cuatro pinturas monumentales en la Feria del Libro. GENTE habló con él. Así:

–¿Cuál es su método de trabajo?
–Cuando pinto, me encierro. Punto. Estoy enclaustrado. No hay otro secreto.

–Casi un rito religioso…
–Es peor. Porque los monjes están entre ellos, y en una comunidad, es más fácil. Yo, en cambio, estoy con mis musas, con mi obra, inmerso en una magia muy especial.

–¿Durante cuánto tiempo?
–El año pasado estuve cuatro meses sin salir. Un poquito excesivo, lo reconozco… Pero estaba en un viaje astral, y en un momento así puedo ser muy eficiente.

–¿Por qué?
–Porque necesito el exceso de soledad.

–¿Y ahora, hoy, aquí?
–Estoy listo, y con las pilas cargadas para emprender otra obra grande.

–¿La tiene pensada, o espera el día de la inspiración?
–Los motivos de mi obra son vivencias muy fuertes que pasé en plena naturaleza: no parten de fotografías.

–¿Cómo se acercó a la pintura?
–Empecé de chiquito, y soy prácticamente autodidacta. Hice la Academia de Arte de Viena, pero nada más.

–¿Y en la Argentina, en su patria?
–No fui a ninguna escuela de pintura. Hice todo solo. Desarrollé mi técnica en función de mis objetivos.

–¿Fue un niño estimulado por sus padres?
–Tuve una desventaja: no me crié en un ambiente artístico. En mi casa prevalecía el deporte. Mi amor a la pintura lo vieron como un hobby. Pero esa “cosa rara” que yo tenía, era vocación plena. Pintaba, dibujaba, diseñaba, soñaba con el ballet, por ejemplo.

–¿Con ser bailarín?
–Sí. Con bailar clásico. ¡Y tenía seis años!

–¿Sus padres qué decían?
–Me mandaron… ¡a natación! Cuando se vislumbraba que lo mío era la creación, mi padre (para mi beneficio, según él) me envió a un colegio técnico, al Politécnico de Ballester, un industrial alemán.

–¿No se resistió, no pataleó?
–Siempre tuve una relación cercana con mi padre, de modo que no entendía cómo podía hacerme eso… Tal vez, como me veía muy volado, pensó que me haría bien aprender a hacer empalmes y meter los dedos en el enchufe. Pero a los dieciocho ya estaba definido como pintor.

–¿Qué opinó él?
–Me dijo que nunca iba a ganar plata con el arte, pero que iba a ser feliz. Entonces empecé a buscar mi camino.

-¿Lo encontró pronto y fácil?
-No. Todas las puertas estaban cerradas.

–¿Qué puertas?
–Las galerías, la gente que no me daba chances… Los críticos sólo miran al pasado. Ninguno al futuro. Entonces, ¿qué pasa con alguien como yo, que se adelanta quince años a la corriente?

–¿Qué pasa?
–Ahora hay toda una corriente de arte realista, pero antes, eso no sucedía. Me cerraban las puertas porque no era el candidato de ellos. Tuve que atreverme a tomar un camino propio.

–Cuando todas esas puertas se le cerraron, ¿tuvo que irse?
–Sí. Fui un exiliado artístico. Cuando partí tenía veinticinco, y era consciente de que el tiempo se me escapaba, de que tenía un corto lapso para convertirme en un artista.

–De paso: ¿cómo alguien se convierte en un artista?
–No yendo a una academia de arte, precisamente. Que su obra tenga valor estético, no alcanza. Una obra… es una cuestión de fe. La primera vez que vi una obra de arte fue un paisaje de Fernando Fader. Quedé shockeado.

–¿Por qué?
–Ahí me di cuenta, con quince recién cumplidos, que lo mío todavía no era arte. Que me faltaba mucho.

–¿Tiene mujer, hijos, cómo es su vida?
–Estuve casado más de una década con Marion. Fue una relación hermosa. Pero hace dos o tres años que estamos bastante separados.

–¿Por qué?
–Por mi ritmo de vida. Igual, como no tuvimos hijos, fue más fácil. Ahora vivo en Dublín, en una casa estilo Georgian, divina. En Irlanda me siento como en Buenos Aires, porque la onda y el clima son muy blandos.

–¿Trabaja de noche o de día?
–Soy muy riguroso y muy disciplinado. No me doy el lujo de decir “hoy no tengo ganas, hoy estoy de mal humor”. Me levanto luego de ocho horas de sueño que son sagradas y hago otras dos de deporte, porque eso me permite estar parado durante, si se da el caso, dieciocho horas corridas.

–¿Es su récord?
–¡No! A veces trabajo tres días sin parar, sin comer, sin dormir.

–Imposible… ¿Cómo sobrevive?
–Tomo líquidos, nada más.

–Suena muy anormal, hasta para un artista…
–Es que mi vida es completamente distinta a lo que cree la gente.

–¿Qué cree usted que cree la gente?
–La gente tiene la imagen del pintor bohemio, tirado, tomando vino y delirando. ¡No! Es al revés: un rigor excesivo, una postura ascética, nadie tiene llegada a mí y yo no tengo llegada al mundo exterior.

–¿Cree en Dios?
–No, aunque sé que existe una dimensión espiritual. Pero mi relación con la vida es religiosa. Sé que existen muchos dioses, que están, que me acompañan, que me hacen ver hermosa la creación. Ditsch delante de su cuadro del glaciar Perito Moreno: Cosmigonon, 2002, óleo de 2,70 metros de alto por 7,30 de largo. Un gigante que le hace honor al modelo…

Ditsch delante de su cuadro del glaciar Perito Moreno: Cosmigonon, 2002, óleo de 2,70 metros de alto por 7,30 de largo. Un gigante que le hace honor al modelo…

Helmut elige paisajes argentinos como temas de su pintura hiperrealista.

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Es un amante del aire libre, y un eximio escalador. Pruebas al canto: en acción, en la cordillera de los Andes. Estética y riesgo, una de sus combinaciones predilectas.

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