“Para el amor no hay leyes ni límites” – GENTE Online
 

“Para el amor no hay leyes ni límites”

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El hombre es fuego, y la mujer, estopa. Llega el Diablo... ¡y sopla!” (Del refranero español).

Primero, como corresponde a una dama educada, ella saludó a los novios, Alejandro Vannelli y Ernesto Larresse. Abrazos, deseos de felicidad, etcétera, en la pista de Espacio Darwin, sede de la boda. Después dio una, dos, tres vueltas alrededor del salón, con aire distraído pero mirada de águila: por algo es actriz; sabe desdoblarse... Y de pronto, en su línea de mira –y de tiro– apareció él. Gonzalo (Heredia). Su hombre a lo largo y ancho de seis meses. ¿Pasado, o presente, o futuro? Enigma para pitonisas...

Acto I: contacto visual a distancia: sin peligro.

Acto II: media sonrisa entre las penumbras, la bullanga del party y el umbral del brindis: semáforo en amarillo.

Acto III: sin dejar de mirarse, y sin acercarse, levantaron su copa, como diciendo “todo sea por vos”.

Acto IV: la heroína, algo más decidida y sin permitir que los saludadores de turno la demoraran más de treinta segundos, empezó –sutil– maniobras de aproximación. En el reloj, las dos de la mañana. En la mesa de él, más bellas damas de lo que era posible soportar.

Acto V: momento de decisión. Abandonó su copa en un rincón del escenario, disciplinó su pelo de un toque, controló que su escote mostrara lo que debe, y avanzó, “rara, como encendida” (tango Los mareados) hacia donde estaba él.

Acto VI: Gonzalo, sin pérdida de tiempo, sonrió feliz de verla tan cerca y respondió rápida y genéticamente: beso en la boca, sin dobles ni triples lecturas. Le comió la boca. Como en el último capítulo de una telenovela, una película de amor, como decían las señoras que, en su barrio, agotaban las localidades de los miércoles, Día de Damas. ¡Upa! ¡Epa! Pausa.

Ella pidió vino, afrodisíaco bíblico, o mejor, prebíblico. El, nada, por las dudas. Ya Shakespeare había escrito para la eternidad que “el vino enciende el deseo pero frustra su realización”. Siguieron (ya sin necesidad de que la redactora enumerara los actos) susurros, risas y sonrisas, recuerdos de noches fragorosas, intimidad cerrada para los espectadores: sólo las sombras de un amor que –se sabe– fue puro fuego, pura piel, puro “me volvés loco/ me volvés loca”. Es decir, el desiderátum del amor humano.

¿Disimularon? Muy poco, y... ¿para qué y por qué? La platea, que piense lo que quiera. Esa noche y ahí, de pronto, todo el entorno desapareció. De pronto y por las horas que faltaban para el alba, todo –salvo ellos– desapareció. ¿Cómo terminaron la noche? Se aceptan sugerencias. Llene la línea de puntos……………. o recurra al facebook, al twitter, al teléfono, al chamuyo... Por las dudas, van los datos clave.

Encendieron su hoguera personal en los pasillos de Pol-ka, cuando Gonzalo era el héroe de Valientes –revelación del morocho matador– y Cecilia coleccionaba elogios por Tratame bien junto a ese enorme actor que es Julio Chávez. Se guardaron hasta fines de junio, cuando un fotógrafo los pescó de la mano (gesto que define) entrando al departamento de ella. Obvio: noticia de primera plana. Con la sal, la pimienta y el tabasco que le daban –y le dan: los ecos son tenaces– las dos décadas y cuatro años de diferencia. Traducción: cuando ella ya era actriz consagrada, él berreaba en la cuna.

“Estoy muy bien”, juraba por entonces la ex de Paéz, y punto: nada de revelar detalles de alcoba. Todo un estilo. Qué Gonzalo, sin embargo, rompió cuando las presiones eran agobiantes: “En el amor no hay límites, y tampoco me impongo reglas. Lo contrario... ¡¡¡es muy aburrido!!!”, le dijo a GENTE.

Pero más tarde, como una PC algo vieja, el amor se tildó. El verano, ideal para la furia de los cuerpos, los tuvo separados: él en Mar del Plata (Valientes), y descubierto a puro arrumaco con Marcela Kloosterboer, y ella de vacaciones con Martín, el hijo que le dejó su historia con Fito Páez, en la misma costa, pero lejos: Mar de las Pampas.

Después, como abrazados a un rencor (ineludible frase tanguera), durante la ceremonia de los Martín Fierro (en mayo pasado) no se cruzaron ni el saludo, pero sí muchas miradas. Gonzalo la buscó toda la noche. La siguió con sus ojos negros, más allá de las cientos de mujeres bellas que pululaban por el salón. Para él, Cecilia fue la única. Ya lo dijo el poeta: “Amor se fue/ Mientras duró/ de todo hizo placer/ Cuando se fue/ nada dejó que no doliera”.

Ergo, esa noche se fueron juntos y a las escondidas. Y días después se mostraron juntos (y revueltos...) en el teatro El Cubo, debut de Concha del Río Cabaret. Se habló de una segunda vuelta, de la pasión y sus brasas sin apagar, de la sangre y las hormonas que se agitan, etcétera. Vanas metáforas que sólo disimulan lo real, puro y rotundo: un hombre y una mujer que se quieren, en una cama y también fuera de ella.

Más allá, todo es papel mojado y vano palabrerío. Lo único que vale y prevalece es el instante en que la luz se apaga, o –cuestión de gustos– sigue encendida. Nada significa nada más... Y ya, de vuelta a la fiesta, y pasadas las tres y media de la madrugada –la alta noche, como decía Borges–, sumados el champagne y los híper decibeles de la música, Cecilia se arrancó del último abrazo de Gonzalo y se esfumó del salón.

Si alguien cree que para siempre, se habrá ganado el premio al Inocente del Año. Porque Gonzalo, acto seguido, se escabulló y siguió, asfalto arriba, las huellas de la rubia...Lo demás es lo de menos. Pura literatura. La nada.

Cecilia, al empezar la fiesta, intentó mantener distancia. Pero cuando atisbó que su ex tenía la mesa copada por bellas damas, sintió que se le aceleraba el pulso. El la miró y levantó su copa, brindando a la distancia. Desde ese instante, el galán se entregó al juego “que mejor juega y que más le gusta”, como canta Serrat. La foto no miente.

Cecilia, al empezar la fiesta, intentó mantener distancia. Pero cuando atisbó que su ex tenía la mesa copada por bellas damas, sintió que se le aceleraba el pulso. El la miró y levantó su copa, brindando a la distancia. Desde ese instante, el galán se entregó al juego “que mejor juega y que más le gusta”, como canta Serrat. La foto no miente.

Palabras susurradas al oído, sonrisas, coqueteo, secretos, memoria de los días de vino y rosas, seducción pura. ¿Todavía se aman? Ellos dicen que no, pero... ¿alguien les cree?

Palabras susurradas al oído, sonrisas, coqueteo, secretos, memoria de los días de vino y rosas, seducción pura. ¿Todavía se aman? Ellos dicen que no, pero... ¿alguien les cree?

Cecilia cumplió 54 años sin perder ni un gramo de su sensualidad estilo Pedro Almodóvar. Gonzalo (menorcito: apenas 28) va por la vida con su ganador cargamento de morocho alto voltaje. ¿Es el pasado que vuelve?

Cecilia cumplió 54 años sin perder ni un gramo de su sensualidad estilo Pedro Almodóvar. Gonzalo (menorcito: apenas 28) va por la vida con su ganador cargamento de morocho alto voltaje. ¿Es el pasado que vuelve?

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