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Otra vez a nuevo, y que sea para siempre

Otra vez a nuevo, y que sea para siempre

Redacción Gente

Noviembre 24, año 1914. Hace cuatro meses que “los hombres se matan/ cubriendo de sangre/ los campos de Francia”, como mucho después, en 1932, cantaría Carlos Gardel en Silencio, de Le Pera y Pettorossi. Hace cuatro meses que las trincheras de media Europa huelen a pólvora, gas venenoso, sangre y muerte. Pero en Palermo, Buenos Aires, ese mismo día flota, bucólico, el perfume de miles de rosas. El ingeniero Benito Carrasco (con la anuencia del arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, que diseñó todo el Parque Tres de Febrero) levanta un imaginario telón sobre La Roseraie, la Rosaleda, que los porteños llamarían y aun llaman El Rosedal. Luego, en los felices y despreocupados años 20’, la Belle Epoque, los 34 mil metros cuadrados del paseo están completos. Lago, pérgola, árboles, senderos, Patio Andaluz, fuentes, y los domingos, los hombres y las mujeres de la bautizada “buena sociedad porteña” se cruzan en sus carruajes y se saludan con tenues inclinaciones de cabeza…

Pero la garra del tiempo, que no perdona, hizo de esos vastos jardines un mundo de contradicciones. Fueron tierras de Juan Manuel de Rosas, pero las convirtió en paseo público su archirrival, Domingo Faustino Sarmiento. Fueron jardín de poetas y de amores nocturnos y furtivos, pero también de criminales: “¡El caso del descuartizador del lago de Palermo!”, gritaba la Crítica de Natalio Botana. Y después, por olvido, desidia, abandono, el lujo y el delicado equilibrio se fueron perdiendo. La blanca pérgola y las mayólicas del Patio Andaluz opacaron su brillo, las fuentes, la pureza de sus aguas, el vandalismo se ensañó con bancos y farolas, y cruzar de noche ese paraje fue una riesgosa aventura.

LA MANO SALVADORA. De pronto, en silencio y durante cinco arduos meses, la empresa YPF, el Gobierno de la Ciudad y una brigada de restauradores y obreros liderados por Sonia Berjman (historiadora en Artes), Marcelo Magadán (recuperador del edificio Kavanagh, la Casa Rosada, las Galerías Pacífico y las Ruinas Jesuíticas de San Ignacio, en Misiones), y Valentina Casucci (rosicultora de alto nivel internacional), dieron vuelta como un guante todo aquello que parecía perdido.

El 1 de diciembre, a noventa y cuatro años del nacimiento del Rosedal y a setenta y cuatro de la muerte de Carlos Thays, el hombre que también legó a Buenos Aires el Jardín Botánico, los pétalos de cinco mil rosas se abrirán, y todo será como era entonces. En las mayólicas del Patio Andaluz, donado en 1920 por el Ayuntamiento de Sevilla, Don Quijote y Sancho volverán a cabalgar, el puente de puro estilo griego recobrará sus ecos de Sócrates y Esquilo, y en el Jardín de los Poetas, los veintiún bustos –durante largo tiempo hollados sin piedad– serán lo que fueron: el William Shakespeare de Hamlet y Macbeth; el Jorge Luis Borges de El Aleph; aquella Alfonsina Storni que escribió “el rosal no es adulto, y su vida, impaciente” (como si hubiera prefigurado las luces y las sombras, los avatares del parque), y acaso Federico García Lorca les recite a sus compañeros de piedra y bronce el Romancero gitano. Porque todo allí fue mágico en un tiempo, y habrá de serlo para siempre. Con pájaros en su jaula junto al agua, con el embarcadero y sus botes de colores que alquilaban los novios de antaño o los padres para asombrar a sus hijos con sus destrezas de remero, y con el infinito silencio a prueba de motores rugientes.

Sólo algo faltará, inevitablemente: cuando Rosas era amo y señor del parque, y en el ángulo donde hoy se cruzan las avenidas Sarmiento y Del Libertador, había un árbol. Un aromo al que llamaban “de Manuelita” y también “del perdón”, porque según la leyenda, la hija de Rosas le pedía allí a su padre “indulgencia para algunos de sus enemigos”, como arriesgan ciertos historiadores. Hasta 1974, el aromo y la fuente que lo rodeaba sobrevivieron, pero hoy sólo queda la fuente. El árbol murió de pie, sus restos desaparecieron y sólo perdura su historia en las páginas de algún libro.

Dice Borges en un poema: “De las generaciones de las rosas/ Que en el fondo del tiempo se han perdido/ Quiero que una se salve del olvido/ Una sin marca o signo entre las cosas”. Pidamos más. Que todas, que las cinco mil se salven, y se salve cuanto las rodea. Es, desde ahora, tarea nuestra, como nuestro es todo el parque. Seamos jardineros. Cuidemos cada piedra y cada gota de agua. Seamos dignos de merecer esa joya. El busto de Borges, recuperado minuciosamente.

El busto de Borges, recuperado minuciosamente.

Hace unos meses, uno de los puentes sobre el lago, muy deteriorado, en plena remodelación; hoy, luce espléndido.

Hace unos meses, uno de los puentes sobre el lago, muy deteriorado, en plena remodelación; hoy, luce espléndido.

 Dos elegantes porteñas vestidas a la última moda de París, en El Rosedal, años 20’, plena Belle Epoque.

Dos elegantes porteñas vestidas a la última moda de París, en El Rosedal, años 20’, plena Belle Epoque.

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