OMAR CHABAN: “Hubiera preferido morir en Cromañón” – GENTE Online
 

OMAR CHABAN: “Hubiera preferido morir en Cromañón”

Actualidad
Actualidad

Al otro lado del portero eléctrico, Omar Emir Chabán (62) suena como un tipo normal. Dice que ahí baja, que lo esperemos, y por unos minutos nos da la sensación –o al menos es lo que nos quedamos pensando– de que el máximo implicado en la tragedia de Cromañón –y sus 194 muertes– quizá pudo seguir con su vida... Pero la verdad es que su vida se fue por otro lado. Lo que queda, la fantasía extraña de la que estamos siendo parte, es como la prolongación infernal de cierta locura. Parados en la avenida Rivadavia, a pocas cuadras del Congreso, lo vemos aparecer envuelto en un buzo naranja y un jogging gris, dentro de zapatillas crocs color amarillo patito. Abre la puerta y mira para afuera. Hay un segundo de incomodidad: ahí donde en teoría no se juega nada, Chabán se enfrenta a la máxima expresión de su estado, la privación de la libertad, la condena a no pisar la calle. Pero no dice nada. Abre y saluda con la muñeca, como si algo en la mano le doliera. Nos dirige hacia el ascensor y nos invita a pasar. No bien se pone en movimiento, el ex gerenciador de Cromañón apoya sus brazos contra una de las paredes y amaga al desvanecimiento. Pero no sucede.

Llegamos al tercer piso, un departamento antiguo reciclado. La puerta de entrada abre hasta la mitad. Del otro lado la traba un colchón de dos plazas tirado en el piso, en medio de una sala/escritorio. “Es la escenografía de anoche. Movieron todo; hicieron una puesta”, explica Chabán, creyendo que así explica algo. Le seguimos la corriente, no por condescendencia, no por lástima; le seguimos la corriente porque al instante en que termina de decir, Omar se dirige al comedor y arranca a decir otra cosa, sin dar lugar a la exploración de sus –aparentes– disparates. Se acerca a una mesa grande, nos tira cordialmente un par de anteojos a cada uno –cronista y fotógrafo–, y nos dice que es un regalo. Alrededor del piso hay cerca de quince anteojos distribuidos, todos parecidos pero distintos. “Los colecciono”, explica cuando le preguntamos. Y después se sienta en la cabecera, al ladito de una pila de analgésicos y antibióticos, paliativos para el linfoma de Hodgkin grado IV que padece –una especie de cáncer que se origina en el tejido linfático–, por el cual estuvo un año internado en el hospital Santojanni, recibiendo quimioterapia. Debido a esa enfermedad, hoy goza de prisión domiciliaria hasta cumplir su condena, esto es, el año 2023.

–La última semana, la Corte Suprema otorgó la excarcelación a los músicos de Callejeros, pero dejó efectiva su condena de 10 años y 9 meses, así como la del ex subcomisario Carlos Díaz. ¿Cómo recibió la noticia?
–Es un desastre. ¿Cómo ellos están libres y yo no? Es una locura. Yo prefiero que me maten los padres.

–¿Por qué dice eso?
–Porque hubiera preferido morir en Cromañón.

–¿Cómo se siente hoy respecto de lo que pasó el 30 de diciembre de 2004?
–No es lo mismo que antes, no puedo pensar igual. Hoy estoy acá, me pusieron células madre y bueno...

–Usted dijo que Díaz es un héroe. ¿Por qué?
–Porque sacó a mucha gente. Los bomberos eran unos hijos de puta, porque no querían entrar. Sólo los chicos entraban a salvar gente, y por eso murieron muchos. Como 500 murieron.

–Fueron 194 los muertos, Omar...
–Adentro, adentro. No los que llevaron.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mientras dice “quinientos”, Chabán se queda mirando el piso. Pide que lo ayudemos a sacarse el buzo, y levanta las manos como los chicos. Intentamos ayudarlo. Le corremos el colchón de al lado de la puerta y abrimos una ventana –“no la de la calle, ésa me da miedo; no quiero que nadie me vea, por si me quieren atacar”–. En la sala del comedor hay pinturas de hace dos décadas, hechas por él. También cuadernos, fotos, y una especie de depósito en un dúplex sobre la cocina donde encontramos –subrayado minuciosamente– un libro de introducción al Derecho Penal. “Lo que más extraño es el teatro”, dice de pronto, apenas un ratito después de entender que los muertos fueron 194 y no 500, como le indican sus pesadillas fugaces. Su cabeza parece ir y venir, jugar y padecer, como si se riera pero íntimamente –en la prisión última– llorara sin remedio. “Yo soy buen actor –insiste–. Mirá, voy a hacer algo, pero no te asustes”. Y lanza un alarido atragantado, una diatriba furiosa con la lengua afuera y los ojos como explotando. “¿Y? ¿Viste teatro así alguna vez? ¿Viste a alguien actuar de esta manera?...”.

–¿Usted cree que es justo que esté preso?
–Que sólo Díaz y yo seamos los presos es injusto.

–¿Nunca se sintió responsable de lo que sucedió?
–Sí, mucha culpa tengo. Sueño siempre con este tema. A la noche siempre sueño, sueño, sueño... No puedo dormir. La culpa no me deja. No. Yo no duermo.

–¿Tiene pesadillas? ¿Qué sueña?
–Sí, pesadillas. Hace diez años sueño que me muero, ahí, en Cromañón.

–¿Se siente incomprendido? Es difícil entender lo que está pensando.
–Sí, por suerte soy incomprendido. Tengo una suerte grande. No me gusta que se entienda nada. Soy barroco, tan complicado que nunca se entiende. Por eso soy lacaniano (rama del psicoanálisis teorizada por el francés Jacques-Marie Emile Lacan).

–Yo me pregunto si su manera de mostrarse incomprendido no esconde más lucidez de la que aparenta. Si no es, como usted dijo, una actuación nunca vista.
–No, yo no soy lúcido. No hubiera pasado esto si lo fuera. Pasó porque soy un estúpido. Sí, soy un estúpido.

–¿Se siente preparado para volver a la sociedad?
–No, porque me van a linchar, y tengo miedo al dolor físico.

–¿Alguna vez intentó suicidarse?
–Sí, en la cárcel, cuando tuve tuberculosis. La pasé mal. Pero me quise suicidar porque pasó esto que cambió todo... Si yo empecé con el rock era por otra cosa, y pasó esto, es un delirio.

–Si tuviera que decir algo de lo que se arrepiente en la vida, ¿qué diría?
–Bueno, yo quiero decirles a los padres que me siento culpable. Les pido disculpas por todo, a ellos y a todo el que se sienta afectado con el tema Cromañón.

–Sé que no piensa en el futuro, pero ¿si pudiera decir un sueño personal?
–Ah, sí: bailar en lo de Tinelli. Espero que me llame... No sé si querrá.

–¡¿Mira a Tinelli?!
–Sí, siempre. Soy fanático. Es el único programa que no me duerme. Todos lo copian. Los serios hacen una porquería, y lo envidian porque tiene mucha plata.

–¿Quién otro le gusta?
–Sofovich también... Y el chico ese que le pregunta cosas. Ese programa me gusta mucho.

–Los 8 escalones, el programa de Guido Kaczka...
–Sí, ése. Lo veo siempre, pero nunca emboco una... Y me sorprende lo que sabe Sofovich.

–Si hoy pudiera disponer de su vida y hacer algo nuevo, ¿qué haría?
–Una discoteca.

–¡¿Volvería a abrir una discoteca?!
–Sí. Una carpa para que entren 100 mil personas. Muy alejada, en el campo, para fiestas de música electrónica.

–¿Le gustan las fiestas electrónicas?
–Sí, siempre me divirtieron. Yo fui a la primera Creamfields en el Hipódromo de San Isidro, porque soy amigo personal de Daniel Grinbank. Bueno, ahora ya no...

–¿Le gusta bailar? ¿Acá baila a veces?
–Me gusta. Yo era el mejor bailarín de discotecas en la época de New York City. Ahora ya no bailo, excepto los fines de semana. Escucho un programa que se llama Brunch (Nota de la redacción: en Metro 95.1, con Nicolás Artusi). Ahí sí bailo. Me gusta, soy fanático. Eso me gustaría un día: volver a ir a bailar. Pero no sé si podrá suceder. Nadie quiere que yo vuelva a bailar.

Afectado por un linfoma de Hodgkin grado IV, pasó un año internado en el hospital Santojanni recibiendo quimioterapia. Vive solo, pero tiene una cuidadora durante el día y una enfermera nocturna.

Afectado por un linfoma de Hodgkin grado IV, pasó un año internado en el hospital Santojanni recibiendo quimioterapia. Vive solo, pero tiene una cuidadora durante el día y una enfermera nocturna.

Completamente desordenado, el departamento de 75 metros cuadrados en el barrio de Montserrat se encuentra a merced de su estado mental. La ropa está distribuida en dos percheros a la vista: muchos sacos y algunos pantalones.

Completamente desordenado, el departamento de 75 metros cuadrados en el barrio de Montserrat se encuentra a merced de su estado mental. La ropa está distribuida en dos percheros a la vista: muchos sacos y algunos pantalones.

En el cuarto tiene un televisor LCD, varios DVDs tirados en el piso –el de Los bañeros 4, entre ellos– y una cama junto a un teléfono de línea.

En el cuarto tiene un televisor LCD, varios DVDs tirados en el piso –el de Los bañeros 4, entre ellos– y una cama junto a un teléfono de línea.

Sobras de comida y libros de filosofía y religión completan la escena en su habitación.

Sobras de comida y libros de filosofía y religión completan la escena en su habitación.

En la mesa del comedor surgen desplegadas sus medicinas, “para bajar la fiebre, que es habitual”, según explica.

En la mesa del comedor surgen desplegadas sus medicinas, “para bajar la fiebre, que es habitual”, según explica.

“Si hoy pudiera, me pondría una discoteca. Una carpa para que entren 100 mil personas. Muy alejada, en el campo, para fiestas de música electrónica”, decía en ese entonces.

“Si hoy pudiera, me pondría una discoteca. Una carpa para que entren 100 mil personas. Muy alejada, en el campo, para fiestas de música electrónica”, decía en ese entonces.

Comentarios

Vínculo copiado al portapapeles.

3/9

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Ant Sig