“Nunca me importó el qué dirán. Hasta que fui madre, claro” – GENTE Online
 

“Nunca me importó el qué dirán. Hasta que fui madre, claro”

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Abre la puerta con el termo bajo el brazo. Es de plástico, marrón, decorado con calcomanías de la gatita Kitty y una estampita de la Virgen Desatanudos.

–¿Querés un mate? Es amargo... ¿Qué ponés esa cara? Ah, sí, ya sé, mi casa es así: hay santos por todos lados. Soy como una mezcla rara de Biblia con calefón, ¿no?

Leticia Brédice ceba y convida. Dice que para acompañar hay unos bizcochitos salados en la tercera puerta de la alacena contando de derecha a izquierda, ahí, en la cocina. Que los busque mientras ella termina de apilar la ropa limpia sobre la mesa del living. Cuenta que tiene una chica que la ayuda, pero que ahora fue a llevar a Indio (su hijo de casi 3) al jardín.

Se sabe que alquila esta casa de Beccar desde principios de año, cuando Juan Pablo Sanguinetti, el papá del nene, compró la suya en el barrio de San Telmo. Desde entonces ya no viven juntos.

–¿Te acostumbraste a dormir sola?
–¿No hay secretos en este ambiente, no? ¿Cómo hacen para saber siempre todo? Igual lo entiendo. A mí también me encanta saber y leer sobre la vida de los otros. Pero no te contesté: primero que no duermo sola, casi siempre duermo con Indio. Y con Juan estamos muy bien así, tenemos una relación mucho más relajada: ahora él se queda a dormir en casa cuando quiere y algunas noches yo las paso en la suya. No puedo hablar mucho de eso, porque el papá de Indio prefiere no tener una vida social en los medios. Y como yo lo adoro, respeto su decisión.

–¿Pero estás con él o no?
–Estoy y lo quiero mucho. Es un padre excelente, un buen compañero. Siempre voy a tener las mejores palabras para él.

–¿Entonces?
–¿Qué? Vos sabés que uno pasa por distintas etapas y ésta es otra, una nueva. En esta vida no podés sentarte a descansar. Con nada. Ni con el trabajo, ni con una pareja, ni con uno mismo. Nunca llega el “ya está”. Ahora, en esta etapa, estoy contenta. Me estoy formando desde un lugar más adulto. Me siento más segura sobre quién soy y quién quiero ser.

–Contáme...
–Soy una mujer más inteligente, más madura. Cuando era más chica me gustaba más provocar, jugaba mucho con eso de los límites... Pero hace rato que dejé de ser una chica rebelde.

–¿Cuándo pasó eso?
–Cuando nació Indio. Nunca me importó el qué dirán... hasta que fui madre, claro. Con Indio todo cambió: ahora cuando leo algo sobre mí, enseguida pienso en cómo le va a afectar a él. Igual, como todos, llevo mi historia, mi pasado y me re hago cargo. No me arrepiento de nada. Todo lo que pasé fue para crecer, todo: lo que me salió bien y lo que me salió mal. Nunca metí un pie en un pozo sin saber lo que estaba haciendo.

–¿Y con el cambio del que hablás llegaron las estampitas, los santos y las vírgenes...?
–No, ellos estuvieron siempre. Soy católica, muy católica, de las que van a misa todos los domingos.

–¿…?
–Bueno, antes no lo contaba, justamente porque iba en contra de mi imagen de chica rebelde.

–Ah, ¿entonces era una postura?
–No, postura no. Los límites fueron todo un tema para mí, desde chica hasta hoy. Es un tema recurrente en mis terapias. Siempre me costó ponerle el límite a la vida, en todo. Me pasa con mi hijo: es más fácil darle el alfajor que soportarlo llorar.

–¿Cómo sos como mamá?
–...Muy culposa, sobreprotectora y miedosa, pero consciente de todos mis defectos. Tengo unos problemas enormes como madre: me cuesta sacarlo de la cama y ya va a cumplir tres. Adoro que duerma conmigo. Y cuando duerme solo, me levanto a ver qué pasa. Me da mucha bronca que viva perfecto sin mí (risas). A veces siento que el amor que le tengo a mi hijo es tan grande que me duele. Me duele amarlo, quererlo tanto, irme a trabajar y dejarlo. Dicen que lo cuido de sobremanera, pero a la vez no soy obsesiva. Eso es bueno. Incluso siento que desde que fui mamá estoy aprendiendo a ser mejor hija. Hoy entiendo a mi mamá, sus miedos… Nosotros éramos cuatro: yo soy la menor y tuve un hermano, Dante, el único varón, que murió en un accidente a los ocho años. No lo conocí, pero como te podés imaginar, fue una historia que marcó a toda la familia. Cuando tenés un hijo ya lo criás diferente, con otro dolor, con otro miedo, con otro cuidado... Mi papá a veces me dice que soy demasiado cuidadosa como madre y yo creo que tengo todo el derecho de criar a mi hijo como me venga en gana.

–¿Ves? Te sigue apareciendo la nena rebelde.
–Eso es saber lo que uno quiere y hacerse respetar, nada más. Ser quien querés ser y no quien te dicen que seas es un buen ejemplo para un hijo. A mí nadie me regaló nada, pero me doy el lujo de vivir de lo que amo. Y eso no tiene precio. Soy como mi propia empresaria, porque yo misma voy dibujando y decidiendo sobre mi carrera...

–Estás más flaca, con el pelo más corto. ¿El cambio de look tiene que ver con una crisis personal o...?
–(Interrumpe) No. ¿No te digo que estoy muy bien? Me corté el pelo para hacer El frasco, la película de Alberto Lecchi que estrenamos dentro de muy poco, el 11 de septiembre. Cuando me enteré les dije: “¿Justo el día del atentado a las Torres Gemelas tenía que ser?”. Pero me salieron con que es por el Día del Maestro… Porque mi personaje es el de una maestra rural que termina relacionándose con un colectivero, que hace Darío Grandinetti... Va a estar buena. No pude verla editada todavía, pero es un relato muy bonito, me encantó hacerla. Además, con Lecchi hice Mujeres asesinas y es un placer trabajar con él, porque te da una libertad absoluta, algo que yo necesito.

–¿Y tus siete kilos de menos...?
–Cerré la boca para que dejen de decir que estoy embarazada (risas)... No, mentira. Me cuidé para la película de Francis.

–¿Francis lo llamás?
–Así se llama... ¿cómo le iba a decir? Buena onda con Francis Ford. Igual, en el contrato hay una cláusula que prohíbe hablar de la película antes del estreno. Es muy gracioso: en cualquier film, estás obligado por contrato a hacer la promoción. Es lo lógico, ¿no? Pero bueno, acá es al revés. No podés hablar de la trama, de cómo se filma, de cómo es la película, del ambiente... A mí me causó gracia la cláusula, pero como soy una persona que conoce sus derechos, sé hasta dónde puedo contar.

–Dicen que lo deslumbraste tanto que hizo crecer tu personaje.
–(Risas) Yo lo habría hecho así fuera un extra. Para mí fue una experiencia felicísima además de conocerlo a él, que me dirija, porque trabaja de una manera brillante... Pero sí, me dio alas. Si él confía en que vos confiás, te da mucha libertad... No sé si se agrandó o no el personaje, porque yo seguí trabajando a partir de lo que él me proponía, y como a mí el actuar no me da miedo, me animo a todo. Terminé haciendo varias cosas que ni figuraban en el libro original. Pero nunca se sabe lo que queda en una película.

–Se sabe que hiciste un desnudo y se rumoreó que repetiste más de cuarenta veces la escena...
–Por eso bajé de peso, para estar divina, para sentirme más segura. Nunca es fácil filmar un desnudo, y menos frente a Coppola. Igual, esas cosas trascienden y se comentan con doble sentido porque es él. Con Marcelo Piñeiro o con Olivera repetí varios desnudos y nunca se dijo nada.

–Pero nunca te relacionaron íntimamente con ellos.
–Es cierto. De todas formas, el mito del romance entre director y actriz siempre existió y seguirá existiendo, pero es una historia muy trillada.

–¿Te enamorarías de un hombre como él?
–...Reconozco que yo siempre me enamoro de los directores. Lo que más me seduce de un hombre es la inteligencia, aunque venga con pelada y pancita. Me va mucho más un Woody Allen o un Coppola que un Brad Pitt o un DiCaprio. Además, suelo crear una relación muy íntima y fantástica con mis directores. Si me aburro, voy a hablar con el director. Si me divierto, voy a hablar con el director. Si me siento desprotegida o necesito hacer amigos, voy con el director.

–¿Eso significa que pasó algo entre ustedes?
–Logré una buena relación con él porque sólo le hablaba de arte, de temas creativos, cuando varios le venían con problemas que nada tenían que ver con la película en sí... Le pongo sangre y corazón al trabajo. Eso se valora mucho, acá y en Hollywood.

–¿Fantaseás con el Oscar?
–¿Traer el Oscar? Esas cosas las desea y sueña más mi familia que yo. Jamás hice algo pensando en los premios o recompensas. No. Fantaseo con cosas concretas, como una película que empiezo a filmar dentro de poco con un director mexicano y otra que supongo que haré antes de que termine el año.

–¿Entonces qué es el éxito para vos?
–¿Sabés qué pasa? Que es tan efímero... Desde el momento de la alfombra roja. Con la primera película que hice viajé al Festival de Venecia, estuve en Cannes y... El éxito pasa por uno. Y el mío se llama Indio. En lo profesional festejo sobrevivir a las sombras de mi profesión. Todos los trabajos las tienen: la nuestra, la del actor, tiene que ver con la exposición.

–¿Sobrevivir al rumor, decís?
–Sobrevivir a nuestra propia miseria. La gente quiere ver cuán humanos somos los actores detrás del maquillaje, cuánto sufrimos, si a una también le meten los cuernos o si debajo del vestido escondemos celulitis... Necesitan sentirse reflejados. Y nosotros, mientras, se supone que debemos luchar por mantener la perfección, la belleza, el misterio... De eso se trata este juego.

–Tenés las reglas claras.
–Tanto que ya no me interesa ser la rebelde de la película...

Producción: Sofía Delger
Asistente de fotografía: Nicolás Mellino.
Maquillaron: Bettina Frumboli y Fabiana Pereyra para Frumboli-Novillo con productos Lancôme.
Peinó: Gonzalo para Javier Luna.
Agradecemos a Evangelina Bomparola, Valentino, Beleidades, Josefina Ferroni y Hotel Villa Julia (villajulia@newage-hotels.com)

Brédice consiguió seducir a Coppola y ganarse un buen lugar en su película. “¿Traer el Oscar? Esas cosas las desea y sueña más mi familia que yo. Jamás hice algo pensando en premios o recompensas”, asegura.

Brédice consiguió seducir a Coppola y ganarse un buen lugar en su película. “¿Traer el Oscar? Esas cosas las desea y sueña más mi familia que yo. Jamás hice algo pensando en premios o recompensas”, asegura.

“Lo que más me seduce de un hombre es la inteligencia, aunque venga con pelada y  pancita. Me va mucho más un Woody Allen o un Coppola que un Brad Pitt o un DiCaprio”

“Lo que más me seduce de un hombre es la inteligencia, aunque venga con pelada y pancita. Me va mucho más un Woody Allen o un Coppola que un Brad Pitt o un DiCaprio”

“Bajé de peso para estar divina, para sentirme más segura. Nunca es fácil filmar un desnudo, y menos frente a Coppola”

“Bajé de peso para estar divina, para sentirme más segura. Nunca es fácil filmar un desnudo, y menos frente a Coppola”

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