“Nunca estoy sin Borges… El siempre está conmigo” – GENTE Online
 

“Nunca estoy sin Borges... El siempre está conmigo”

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Kodama en París. Kodama ante los veinte años sin Borges. Kodama en el centro de los homenajes: Buenos Aires, Santa Fe, Ginebra, Estocolmo, Madrid, Nueva York. Y –claro–, París y La Sorbona. Y ella en París y en los célebres cafés de Saint Germain des Près: Mabillon, De Flore, Les Deux Magots. Historia pura. Allí, café, jugo de naranja, largo cigarro (“Fumo desde que está prohibido, en señal de protesta”). Es una mañana de domingo. Lleva pantalón y saco marrones, impermeable, chalina y un espléndido collar de Bea Carabio, sonriente con sus sesenta y cinco años.

–María, ¿cómo fueron esos veinte años sin Borges?
–No sé si fueron sin. Para mí son siempre con. Porque organicé seminarios, inauguré exposiciones, di conferencias, hablé con estudiantes, y el tema fue siempre Borges, de un océano a otro, de una gran ciudad a un pequeño pueblo.

–Pero, ¿cómo soportás la soledad, los años sin tu compañero?
–Vivo como si estuviera siempre con él. La gente que lo quiso y lo respetó me ayuda a urdir una especie de milagro secreto: sentir que está vivo. Una sensación muy especial y muy fuerte…

–¿Creés en la reencarnación?
–No. Soy agnóstica, como Borges. Pero nosotros jugábamos a que si había realmente una forma después de la muerte, la más lógica –decía él– era la reencarnación, y me hacía prometerle que nos encontraríamos de nuevo. Acepté, pero le dije que en esa otra vida tendría que ser científico…

–¿Por qué?
–Eso mismo me preguntaba él, desesperado: “¿Por qué?”. Y yo le contestaba: “Porque en esa vida voy a ser científica”.
Se ríe.
–¿Científica, por qué?
–Porque la ciencia y sus adelantos son fascinantes. Lo que ha logrado la inteligencia del hombre supera toda imaginación. Leyendo las tragedias griegas advierto que el alma humana no creció, no avanzó, no ascendió, pero la inteligencia del hombre sí, y esa dualidad me inquieta…

–¿Hablaban mucho de ciencia con Borges?

–A él lo divertía muchísimo. Le interesaba la ciencia por los libros de Julio Verne que había leído cuando era chico: la conquista del espacio, el hombre en la Luna… Por primera y última vez se sentó frente a un televisor cuando el hombre caminó por la Luna. Me pidió que le describiera la escena, y después, también por primera y última vez en mi vida… ¡brindé con alcohol! Con eggnog, licor de huevo, que a él le encantaba… Fue muy emocionante, porque yo también, desde chica, soñaba con el hombre en la Luna.

–¿A Borges le hubiera gustado ir a la Luna?
–Sí, porque era muy vital. De haber nacido en otro tiempo y haber tenido buena vista, creo que hubiera sido un aventurero, por su gran curiosidad y por su enorme deseo de conocer lo nuevo, lo distinto.

–Hace años nos encontramos en este mismo café, también un domingo a la mañana. Ustedes volvían de Egipto, y Borges me contó lo que vio en Egipto, sin duda a través de tus ojos…

–Sí, lo recuerdo. En uno de los muchos viajes a Egipto fuimos a ver un espectáculo de luz y sonido frente a las pirámides y a la esfinge. Era de noche, y la gente ya estaba sentada. De pronto, un señor argentino me dijo: “¿Estoy soñando, o Borges pasó delante de la esfinge?”. Le pareció algo único, increíble, literario. Después pasamos una noche en el desierto: algo inolvidable…

–¿Volver a París es un ritual?
–Vuelvo a los lugares adonde iba con él, sí, pero también a otros en los que estuve sola, para hacer la cosa más equilibrada. Pero volver a los que fuimos juntos es una emoción muy especial. Siempre queda algún mozo que nos recuerda, y la escena que vivimos, retorna.

–También fuimos juntos al cementerio de Père Lachaise para buscar la tumba de Oscar Wilde, ¿te acordás?
–Sí. De vez en cuando volvíamos allí para dejarle unas flores a Wilde. Además, el primer cuento que tradujo Borges, apenas a los ocho o nueve años, fue El príncipe feliz, de Wilde. En su infancia disfrutó tanto esa historia, que llevarle flores al autor era un retorno a aquellos años…

–¿Cuándo empezó tu vida con Borges?
–Lo escuché hablar por primera vez a mis doce años, porque un amigo de mi padre era fanático de Borges, y como yo quería estudiar Literatura y escribir, pensó que debía verlo por lo menos una vez en mi vida. Después lo encontré cuatro años más tarde, y empezamos a estudiar inglés antiguo, islandés, y la vida fue tejiendo una historia maravillosa. Empecé a describirle los lugares, los colores, los ambientes de los cuadros que él había visto y que conocía, me preguntó por qué sabía tanto de arte. Le dije que mi padre me llevaba a exposiciones y me regalaba libros de arte, y respondió: “Entonces, de alguna manera, su padre la educó para mí”.

–Hace poco se publicó que tenías un conflicto con la editorial Gallimard por la edición de La Pleiade. ¿Es cierto?
–No, no hay ningún problema con la editorial Gallimard por la edición ni por los derechos de autor, como dicen los diarios.

–¿Te considerás la única heredera de Borges?
–No me considero: lo reconoce la ley. Soy su única heredera. Fue su voluntad, pasé casi toda mi vida a su lado, y sigo a su lado después de muerto. No sólo la ley: mi conducta me señala como su única heredera.

–¿Estás preparando el Museo Borges? ¿Vas a mostrar muchos documentos?
–Sí, estoy en eso. Espero que llegue a terminarlo, porque lo hago con mis propios medios, sola, organizando, armando vitrinas, etcétera. Tengo muchos documentos, pero no voy a exhibirlos, porque en la exposición por el centenario del nacimiento de Borges… ¡desapareció un manuscrito!

–¿Cuidás mucho tu cuerpo?
–No, nada.

–¿Pero te importa lo estético? ¿Hablabas de ese tema con Borges?
–Sí. El se preocupaba bastante por eso. Si le tomaban fotos, me decía: “Bueno, ahora saquemos el reloj (el que llevaba en el bolsillo superior, con la cadena prendida en la solapa), para no repetir…”. Además, quería saber de qué color era la ropa que yo tenía puesta, o la que iba a ponerme, tocaba la tela para comprobar si era seda o algodón –según la temporada–, y siempre citaba algún poema. Eran momentos maravillosos…

–Alguien publicó hace poco que Borges y su madre escribían con faltas de ortografía. ¿Es cierto?
–Eso lo publicó en un diario de Buenos Aires un señor, ¡un ignorante absoluto! Yo le respondí con una carta al diario diciendo que consultaran las obras de Sarmiento, que usaba la i latina en lugar de la y griega, y explicaba por qué, y en qué casos iba una u otra. Si uno ignora las licencias poéticas, no tiene nada que ver con el mundo de la literatura…

–¿Iban mucho al cine, a pesar de su ceguera?
–Sí. Le encantaba; fue crítico de cine antes de perder la vista, y me contaba escenas enteras del cine mudo y de las películas sonoras de los comienzos. Siempre recordaba una escena del primer film sonoro de Greta Garbo, de quien él y sus amigos estaban perdidamente enamorados. Tenían miedo de que tuviera voz de pato, pero cuando se acercó al bar y pidió un whisky con esa voz maravillosa, casi se caen desmayados…

 …, pero hoy, sólo con su memoria. Es otoño en París, y era otoño cuando GENTE les tomó aquella famosa foto, abrigados, felices y cumpliendo con una de sus más fuertes pasiones: los viajes.

…, pero hoy, sólo con su memoria. Es otoño en París, y era otoño cuando GENTE les tomó aquella famosa foto, abrigados, felices y cumpliendo con una de sus más fuertes pasiones: los viajes.

 Borges en su eterno hogar de Maipú y Marcelo T. de Alvear, con tres de sus amores: María, los libros y Beppo, su gato, al que rebautizó: antes se llamaba Pepo.

Borges en su eterno hogar de Maipú y Marcelo T. de Alvear, con tres de sus amores: María, los libros y Beppo, su gato, al que rebautizó: antes se llamaba Pepo.

 Verano, banco de plaza, una juvenil María, un Borges siempre muy atildado y una charla que seguramente versó sobre milenarias sagas escandinavas, poemas en inglés antiguo,  matizada con la irónica esgrima verbal que él dominaba como pocos.

Verano, banco de plaza, una juvenil María, un Borges siempre muy atildado y una charla que seguramente versó sobre milenarias sagas escandinavas, poemas en inglés antiguo, matizada con la irónica esgrima verbal que él dominaba como pocos.

 “<i>Soy la única heredera de Borges, así lo reconoce la ley. Fue su voluntad. Pasé casi toda mi vida a su lado, y sigo a su lado después de muerto</i>”

Soy la única heredera de Borges, así lo reconoce la ley. Fue su voluntad. Pasé casi toda mi vida a su lado, y sigo a su lado después de muerto

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