«Nos cuesta creer que nosotros generemos tanta locura» – GENTE Online
 

"Nos cuesta creer que nosotros generemos tanta locura"

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Fiebre, esa es la palabra. Son las once de la noche del frío sábado. Dos patovicas con saco de cuero y gel en el pelo arrastran unas vallas de hierro y con ellas forman un pasillo que va desde la entrada del teatro
Opera hasta una combi blanca, estacionada y con las puertas abiertas sobre la avenida Corrientes. Con los minutos el operativo de seguridad queda sumergido bajo un ejército de brazos, aspaviento y agite de las cincuenta, sesenta, setenta, cien fanáticas que esperan ver, tocar, rozar siquiera a Mariano Martínez y Nicolás Cabré, protagonistas de
Son amores (el programa de televisión) y Son amores (la obra de teatro). Hasta unos minutos atrás, la sala estaba a
full y en cada una de sus casi dos mil butacas, una adolescente sin poder contener la euforia.

Una puerta se abre y como una grita, todas lo hacen. Pero el alboroto es en vano. El que aparece es otro patovica (saco de cuero, gel en el pelo) que sale y dice: "Ya vienen, chicas, ya vienen". Atrás, las fotos se venden entre los cincuenta centavos y el peso y medio. Los pósters, un peso. Los pañuelos, dos. Un buen lugar junto a la valla para ver pasar a Mariano y Nicolás… no tiene precio.

"No nos molesta que nos digan galancitos, aunque preferiríamos que nos vieran como buenos actores". La palabra de Cabré en la intimidad de los camarines resume el pensamiento de ambos.


-Ahí afuera hay un montón de chicas esperando poder tocarles un pelo y ustedes no pueden salir sin sus custodios. ¿Cómo se llevan con todo esto?
Cabré:
-Nosotros no vivimos con custodios todo el día. Esto pasa acá en el teatro y porque estamos haciendo en la tele un éxito como Son amores, porque si no, podríamos salir del teatro sin tanto problemas y hasta iríamos a tomar un café al bar de la esquina como cualquier mortal.

Martínez:
-Este fenómeno me parece espectacular. Cuando salís a pasear o del teatro y ves a tanta gente esperándote, te das cuenta de que tu personaje funciona, que gusta y que estos "sobrinos Marchesi" son creíbles. Eso me pone feliz.

Como en la primera mitad de los 80, cuando Carlos Calvo, Ricardo Darín y Raúl Taibo hacían delirar a todas y cada una, hoy la dupla Martínez-Cabré seduce y enloquece. Una historia de distintas generaciones, pero una misma pasión.

La sala del Opera está llena (y seguirá llena por varios fines de semana más, conforme vienen las ventas en la boletería). Ya pasaron las primeras escenas y el grito aturdido de la platea enamorada se hizo escuchar cuando los Marquesi entraron juntos y entrelazados en una pelea de ficción que los hizo rodar por el piso. Después de algunos minutos y con el desarrollo de la historia, el guión le hace un conveniente lugar a Mariano Martínez para que salga de una puerta con el torso desnudo, comiendo una banana, cruce el escenario y se siente, displicente y canchero. "Una roca, ¿eh?", le dice, entre bocado y bocado, a su tío Sánchez, Miguel Angel Rodríguez, mientras traba un bíceps. Ante tanta demostración desnuda, la platea grita grita grita hasta ensordecer y ensordecerse. Es el momento más caliente en todo el curso de la obra apuntalada por un rating televisivo que está haciendo historia.


-¿A ustedes les molesta que los consideren los nuevos galancitos?
Martínez:
-No, aunque me gustaría más que se fijaran en mí por mi trabajo actoral, pero aceptamos las reglas del juego. De todos modos, me cuesta creer que nosotros generemos tanta locura.

Cabré:
-No me molesta que me digan galancito, porque eso es lo que me permite trabajar de lo que me gusta. Yo soy actor y agradezco poder estar laburando en este momento. Tengo muchos amigos que están desocupados, pensando en irse del país, y eso sí que es bravo, estar lejos de tus afectos es muy bravo.

Martínez:
-Sí, hoy muchos se van, porque para ellos este país no da para más. Aunque yo apuesto y me quedo en la Argentina hasta las últimas consecuencias. Creo en mi país y espero seguir trabajando como actor.

-Y como galán…
Martínez:
-Como galán y como actor.

Cabré y Martínez, como se dijo, comparten el camarín: el mismo espejo, las mismas luces, el mismo guardarropa, el mismo diván donde se recuestan, escuchan música, se relajan, charlan, se hacen propuestas para tal o cual escena. Martínez lleva sus CD´s: Luis Miguel, Alejandro Sanz, Frank Sinatra. Cabré no lleva nada. "No me gusta traer nada al teatro. Además, acá llegamos después de grabar todos los días más de doce horas, y yo sólo quiero venir, hacer mi trabajo e irme", dice. Una foto de Martínez y su hermano pequeño descansa en una repisa dentro del camarín.


-¿Antes de salir hacen algún ejercicio de la voz o de relajación?
Martínez:
-No. Cuando me llaman para salir a escena me agarra un revoltijo en el estómago que no se me pasa hasta que piso el escenario. Una vez arriba, todo vuelve a la normalidad.

Cabré:
-Yo sólo me relajo un poco, trato de aflojar los músculos de los pies, me fumo un cigarrillo y me preparo para salir.

-¿Tienen algún referente como actor?
Cabré:
-Sí, Alfredo Alcón. Nosotros trabajamos juntos en Vulnerables, y yo no sabía cómo nos íbamos a llevar, porque siempre lo consideré un grande. Pero él llegó al estudio, se me acercó y me preguntó si tenía pensado cómo hacer la escena. No podía creer tanta humildad.

Martínez:
-A mí me gustan mucho Héctor Alterio, Ricardo Darín y Leo Sbaraglia. Y, claro, Carlín…

Escaleras abajo, los galanes se relajan en el camarín que comparten en el subsuelo del
Opera. Una nueva función -de las cinco que ahora tienen en la semana, antes de las agotadoras vacaciones de invierno- terminó. Cambio de vestuario, quita de maquillaje y a enfrentar la salida, que ruge. Son casi las once y media y ahí afuera es una leonera. Se abre la puerta, Martínez y Cabré asoman la nariz y es casi lo único que asoman, porque enseguida quedan cobijados cada uno bajo su patovica de la suerte. Del otro lado de las vallas, los bracitos adolescentes se estiran intentando llegar hasta los Marquesi, que a esta altura ya no son los famosos sobrinos, son apenas Nicolás y Mariano intentando desandar los cinco metros que faltan para la combi. Cuando lo consiguen, la puerta se cierra, y desde adentro, saludan al pelotón eufórico, exaltado, excitado, encendido, escandaloso, voraz que pega la ñata contra el vidrio y mira cómo se alejan por Corrientes, doblan por Maipú y se pierden en el laberinto de las calles. Queda haberlos visto de cerca. Queda la noche. Queda la fiebre.

por Pablo Procopio y Alejandro Seselovsky
fotos: Leandro Montini, Christian Beliera, Julio Ruiz y Diego García

Martínez y Cabré comparten el camarín del teatro Opera. A ellos les gusta la onda despojada, un diván, un equipo de música y algunos CD´s para pasar el rato antes de subir a escena. Afuera está la pasión de las adolescentes que mueren por ellos.

Martínez y Cabré comparten el camarín del teatro Opera. A ellos les gusta la onda despojada, un diván, un equipo de música y algunos CD´s para pasar el rato antes de subir a escena. Afuera está la pasión de las adolescentes que mueren por ellos.

En mis momentos libres suelo ir al gimnasio. Aunque disfruto mucho de la soledad de mi departamento de Colegiales, donde tengo todo el merchandising de Los Simpsons y me gusta tirarme en la cama y escuchar música romántica. Soy hincha de Boca y me encanta cocinarles a mis amigos: mi especialidad es el pollo al horno", dice Martínez, un galán de 23 años.">

"En mis momentos libres suelo ir al gimnasio. Aunque disfruto mucho de la soledad de mi departamento de Colegiales, donde tengo todo el merchandising de Los Simpsons y me gusta tirarme en la cama y escuchar música romántica. Soy hincha de Boca y me encanta cocinarles a mis amigos: mi especialidad es el pollo al horno", dice Martínez, un galán de 23 años.

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