“No voy a jubilar mi sex appeal por ser abuela” – GENTE Online
 

“No voy a jubilar mi sex appeal por ser abuela”

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Señas particulares visibles, a saber. Sonrisa: enooorme. Ojos: híper brillantes. Reacción: se emociona cada treinta segundos. Respuesta terminante ante semejantes adjetivos: Soledad Silveyra tiene una nieta. Es abuela, abu, como quizá la llame Inés dentro de un tiempo. Confesión antes de la primera pregunta:

–Mi vida cambió. El rol de abuela me hizo más fuerte. Más intensa. Más feliz. Más… lo que quieras, lo que se te ocurra.

–De pronto, la noticia: llega un nieto (o nieta). ¿Primera reacción?
–Simple, elemental, emocionante. Un día Baltazar llegó a casa y me dijo que Romina, su mujer, estaba embarazada. Me alegré mucho, porque ella es la verdadera protagonista de cambiar la vida de mi familia. La protagonista del gran amor que siento. Por eso todos mis homenajes y mis “gracias” son para mi nuera. Además, estoy feliz porque mi hijo eligió a una gran mujer.

–¿Roces entre nuera y suegra, nada? Porque el modelo es viejo como el mundo…
–Nada. Pase lo que pase, reconozco la calidad humana de Romina. Es contadora, tiene perfil bajo, no le gustan las fotos, es dulce y comprensiva… Hace poco cumplió años y le escribí mil y una dedicatorias. Una, ¡muy cursi!: “Sos una de las siete maravillas del mundo”. Pero sincera, te juro.

–¿Abuela metereta en cuestiones de crianza? ¿Imbancable?
–¡No! Sólo me dedico a mimarla. Pero a veces me quedo a dormir dos noches seguidas en la casa de Baltazar, para poder disfrutar a Inés.

–¿Te retan?
–Y… Balta me dice: “¿Hoy también te vas a quedar?”.

–Hum… A buen entendedor…
–Nada, nada. Romina es un sol, me contiene y me deja malcriar a la beba.

–¿Te consultaron para ponerle nombre?
–No. Ellos tienen mucha personalidad y son independientes. Además, me di cuenta de que en ese tema no podía meterme.

–¿Te gusta el nombre Inés?
–¡Me en-can-ta!

–¿Cómo andan las relaciones con tu consuegra?
–Muy bien. Teresa es fantástica. Pero ahora estoy un poco celosa, porque ella se va a mudar cerca de la casa de los chicos. ¡Me muero de envidia! A veces quiero vender mi casa, la que compré hace poco en Del Viso, y mudarme cerca de mi nieta. Pero no: Teresa es un sol, los chicos son maravillosos y tengo una nueva gran familia. Es suficiente.

–¿Qué te sugería la palabra abuela?
–Nada especial. Creía que Baltazar iba a llegar soltero a los cuarenta años. Siempre fue muy escurridizo para demostrar sus afectos. Pero cuando presentó a Romina supe que había encontrado a la mujer de su vida.

–¿Algún celo de madre que ve partir a su hijo?
–No. Celos, nada. Romina nos trajo mucha luz y felicidad.

–Todo parece un final feliz de tira de las tres de la tarde.
–Pero es la vida real, y lo que digo es cierto.

–Inés en tus brazos... ¿Qué sentís?
–¡Estoy hecha una llorona! No sé si el papel de Rosario que hago en Vidas robadas me potencia, pero cualquier cosa me llega al corazón. Lloro y me río todo el tiempo. Además, cuando nació Inés, Jose (nota: sin acento en la e) Jaramillo, su abuelo, no estaba bien de salud. Por suerte ahora estamos todos bien y felices.

–Rosario, tu personaje, pelea todo el tiempo en busca de su hija. ¿Tuviste que pelear así por tus afectos?
–No. En cuestiones de hijos, no, porque soy una leona. Ni tampoco peleé por un hombre, porque creo que el amor es un encuentro, no una batalla. No hay que pelear por amor. Jamás…

–¿Ser abuela te despertó las ganas de enamorarte?
–Me pegó fuerte, sí. Pero no me casaría de nuevo, como hizo Valeria Lynch (se ríe).

–¿Y convivir?
–Tampoco. No tengo demasiada energía puesta en la pareja. Después de doce horas de laburo no quiero volver a casa y ser una geisha. Hoy por hoy, lo que me hace feliz es trabajar y estar con mi nieta.

–Pero te oí decir que cuando filmabas en la localidad de Carlos Keen algunas escenas de Vidas robadas, te enamoraste de un lugareño. ¿Es cierto?
–No, no estoy enamorada ni en pareja. Conocí a un señorito que me hace reír mucho, y eso es bueno. Pero por ahora, nada más.

–¿Colgaste las botas?
–No, no, no… No voy a jubilar mi sex appeal por ser abuela, ni mis ganas de estar con un hombre.

–¿Prioridades, entonces?
–Encontrarme conmigo misma. Tener paz. Tengo un nombre público muy fuerte, terrible, y me llevó años aceptarlo y amarlo. Eso no quiere decir que abrace la soledad, pero más o menos… Llevo mi nombre con mucha dignidad. No soy la misma persona de diez años atrás. Modifiqué mis zonas oscuras. Evolucioné. Trabajo mucho sobre mí misma para ser mejor persona...

–¿Cómo es ese trabajo?
–Actúo sobre mi cuerpo, escribo en un cuaderno las cosas que debo cambiar, y hago introspección total, espiritual, más allá de la terapia. No me gustan los elogios. A los 56 años aprendí a aceptar las críticas, a mirarme en el espejo y a no tenerle miedo a una arruga más. Además, en mi nueva casa estoy trabajando para reencontrarme con el pasado.

–¿Qué hay en ese pasado?
–Por ejemplo, una carpeta de segundo año de mi madre, con una caligrafía prolija, una dedicación total que ya no existe. María Teresa, mi mamá, significa mucho para mí, porque después de que se suicidó tuve una infancia muy dura y azarosa. También conservo los boletines de Facundo y de Baltazar, los primeros trajecitos de los actos escolares, todo guardado gracias a mi abuela, que fue como mi madre.

–Si Inés te pidiera que le contaras algo de tu infancia, ¿qué sería?
–Es difícil, porque mi infancia fue triste. Siempre estaba sola, y todos los días escuchaba un disco de pasta, amarillo, en mi cuarto, que decía: “Déjenla sola, solita y sola,/ que la quiero ver bailar, saltar y brincar…”. Escuchaba ese disco para no oír gritos o dolor, y creo que por esa imagen me hice actriz. Pero es algo demasiado triste para contárselo a una nena. Prefiero contarle que su abuela era pícara y traviesa, y que todavía lo es. Y que está bueno sentarse en el cordón de la vereda, como una linyera, o salir a la calle con dos zapatos diferentes…

–No te creo…
–Sí. La imagen no me importa. Pero la celulitis sí. Hago yoga, pilates, mesoterapia, gimnasio.

–¿El público de la tele extraña tus escenas de sexo o tu ropa provocativa?
–Puede ser que sí. Las mujeres me paran en la calle y me piden que me arregle más. Se sienten identificadas conmigo, porque siempre dije que a mi edad se puede hacer el amor y tener proyectos.

–Tuviste una pareja de la misma edad que tus hijos. ¿Reincidirías?
–No sé… Esas cosas no se programan. Pero el abuelazgo me cohíbe más. Cada vez me cuesta más doblar la cadera para las fotos. Inés me volvió más recatada.

–¿Le tejiste algo? Obligación de abuela…
–¡No sé tejer! Apenas hago el punto Santa Clara, y mal… Pero cuando nació le regalé una sillita inglesa que encontré en una casa de antigüedades de Martínez.

–¿Consejos de abuela a nieta?
–Que aprenda a respetar al prójimo. Porque, y esto lo entendí después de muchos años, la salvación es tener conciencia del otro. Además, que no compita, que no exagere su ego, y que luche por lo que cree.

–¿Y si quiere ser actriz?
–Me encantaría. Cuando empecé, a los 12 años, estaba muy triste. Esta profesión me enseñó a ser feliz. No terminé de estudiar. Tuve que trabajar, porque no teníamos ni para comer. Ahora me gustaría terminar el secundario... ¿Y por qué no junto con Inés?

Solita ya no está sola: su nieta, Inés, ocupa la mitad (o más…) de su vida. “Cuando la tengo en brazos me emociono, la malcrío, me vuelvo boba”, confiesa.

Solita ya no está sola: su nieta, Inés, ocupa la mitad (o más…) de su vida. “Cuando la tengo en brazos me emociono, la malcrío, me vuelvo boba”, confiesa.

“Estoy hecha una llorona, muy sensible y feliz a la vez. No sé si el papel de Rosario que hago en Vidas robadas me potencia, pero cualquier cosa me llega al corazón. Lloro y me río todo el tiempo”

“Estoy hecha una llorona, muy sensible y feliz a la vez. No sé si el papel de Rosario que hago en Vidas robadas me potencia, pero cualquier cosa me llega al corazón. Lloro y me río todo el tiempo”

La actriz con sus hijos, Baltazar y Facundo: éste, recién nacido. “Estas fotos me emocionan. Me recuerdan la casa en la que pasé toda mi infancia, mi primer matrimonio, el nacimiento de mis hijos”.

La actriz con sus hijos, Baltazar y Facundo: éste, recién nacido. “Estas fotos me emocionan. Me recuerdan la casa en la que pasé toda mi infancia, mi primer matrimonio, el nacimiento de mis hijos”.

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