«No sé si cómica, dramática o de terror, pero mi vida fue una película atrapante» – GENTE Online
 

"No sé si cómica, dramática o de terror, pero mi vida fue una película atrapante"

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Soy Truman Capote y no estoy muerto. Al menos es lo que jura el periodista que firma al pie de página. “De estarlo, usted no hubiese ganado el Oscar la semana pasada”, alimentó mi soberbia (un pecado capital que nunca logré dominar), antes de pedirme que le escribiera una nota sobre mí y se la mandara vía mail. “Comprenda nuestro pedido, Capote. Que nosotros escribamos una nota sobre usted sería como pretender enseñarle una gambeta a Maradona”, me advirtió como si le estuviera hablando al Papa. Yo le contesté. Primero, que no sabía quién era Maradona. Segundo, que prefería que hablen sobre mí a hablar sobre mí. Tercero, que antes que ponerme a averiguar el significado de la palabra mail, en todo caso optaría por dictarle algunas líneas. Cuarto, que como condición, me juramentara evitar los puntos aparte, para desafiar la paciencia del lector. Y henos aquí. ¿Cómo llegó el redactor a mí? Ni lo sé ni le pregunté. Si alguna vez me autoproclamé el padre del relato de no ficción, no debía caer en la tentación de indagarlo demasiado.

Lo que vale es lo que está. Sería como pedirle a un mago que nos muestre el interior de sus mangas. Tampoco sé si me localizó en el Cielo o en el Infierno. En realidad, yo mismo aún no pude determinar bien en cuál de ambos estoy. Jamás los distinguí demasiado. Pero, ¿por dónde empezar, entonces? Mi naturaleza, aquella que invariablemente optó por el desplante antes que por la diplomacia, por lo peculiar antes que por la vulgaridad, por el sinuoso camino antes que por el sencillo atajo, indicaría que hablando del final, de aquella despedida física que protagonicé, la del 25 de agosto de 1984, a los 59 años en Los Angeles, California, con la ayuda de mis incondicionales barbitúricos y analgésicos y rogándole demacrado a mi amiga Joanne Carson, desde su propia cama, que no llame a los médicos. Sin embargo, el buen gusto –otro de mis credos–, me obliga a un inicio más terrenal, a informar que nací el 30 de septiembre de 1924 en Nueva Orleans, Louisiana, Estados Unidos.

Claro, no podría haber nacido en otro país. Tampoco de otros padres: el comerciante Arch Parsons y la reina de belleza Lillie Mae Faulk, quienes osaron llamarme Truman Streckfus Parsons. No conformes con los apellidos que me legaron, a mis cinco años se divorciaron y pelearon por mi custodia. Ella la obtuvo, y volvió a casarse, ahora con Joseph García Capote, un adinerado textilero cubano que trabajaba en Wall Street y que además de aceptar cambiarme de apellido aceptó, para poder viajar con mi madre alrededor del globo terráqueo, enviarme a lo de mis primos mayores de Monroeville, Alabama. Consecuencias: a los 8 empecé a escribir para mitigar mi aislamiento y abandono y a los 11 debuté en el mundo de las borracheras, bajándome el contenido de un perfume Evening in París que encontré sobre una cómoda. En 1933 mi madre y mi padrastro me “readoptaron”, me trasladaron a Manhattan y me mandaron a la Saint John’s Military Academy para aplacar mis aires afeminados. No resultó, y entré a la Escuela Trinity.

Hacia 1939 partimos rumbo a Connecticut, alquilamos una casa en la zona residencial, me anotaron en la Greenwich High School y, aunque sin lograrlo, porque no la dejé, ella intentó inyectarme hormonas masculinas. Retornamos a Nueva York en 1942, pasé por el Colegio Franklin y, cumplidos los 17, entré como cadete en mi soñado semanario The New Yorker. Disfruté de mi tiempo allí, aunque en 1944 me despidieron de manera injustificada por criticar al poeta e hijo de mala madre Robert Frost. Comprenderán que no alentaré demasiado aquí a mi lengua en forma de látigo porque después volvieron a tomarme. Aparte, me hicieron un enorme favor. Pronto publiqué artículos en las revistas femeninas Mademoiselle (uno obtuvo el Premio O’Henry) y Harper’s Bazaar. Amén de que mi actividad apenas me permitía subsistir, recuerdo que la crítica solía aplaudirme y hasta compararme con Edgar Alan Poe. No se equivocaban. Cuando enviaba el manuscrito al editor, me encontraba seguro de cada palabra. Las palabras me han salvado siempre de la tristeza.

Entretanto, allá por 1946 me becaron en una residencia de verano para escritores de Yaddo, Saratoga Springs, donde descubrí y viví una breve y cálida experiencia sentimental con el crítico Newton Arvin, que desde su condición de profesor universitario de Literatura me enseñó bastante. A los 23 llegué a la novela. Publiqué Otras voces, otros ámbitos (1948), sobre la búsqueda de identidad de un joven sureño. ¿A quién les parece que se refería? Continué con Un árbol de noche y otros cuentos (1949) y Color local (1950). Para esa época conocí a amigos como Albert Camus y Denham Fouts e inicié una importante relación con el escritor y bailarín Jack Dunphy. Viajamos juntos por Europa pasando largas temporadas en pueblos costeros italianos y griegos, escribiendo, nadando y recibiendo a conocidos. Saqué mi segunda novela, El arpa de hierba, y colaboré en Playboy (1951). A los tres años colaboré en el guión del musical Casa de las flores y se suicidó mi madre con pastillas para dormir. Hacia 1956, una serie de artículos y reportajes que me publicaron en The New Yorker (¿vieron que no debía hablar mal de ellos?) conformaron el libro Se oyen las musas, sobre la primera gira de una compañía norteamericana –la ópera-folk Porgy and Bess– por la Unión Soviética.

Mi salto de la ficción a la no ficción lo concreté en Desayuno en Tiffany’s (1958), recreando escenas del hampa y la bohemia neoyorquinas. En 1959 se publicó el libro Observations, con fotografías de Richard Avedon y mis comentarios. Hasta que el 16 de noviembre de 1959 abrí un ejemplar de The New York Times y leí, en el centro de la página 39, una columna sin excesivo lujo tipográfico, fechada en Holcomb, Kansas, encabezada con el titular: “Rico agricultor y tres miembros de su familia asesinados”. La corté sin imaginar que cambiaría mi existencia. Acababa de concebir A sangre fría. Lógico, faltaba el embarazo, el parto y demás, pero era el inicio. No escogí la idea de escribir acerca de un crimen horrendo, de una familia masacrada sin motivo aparente y de sus asesinos porque el tema me interesara mucho. No. Yo quería escribir lo que denominaba una novela real, un libro que se leyera igual que una novela, sólo que cada palabra de él fuese rigurosa, periodísticamente cierta. Y, en nombre de The New Yorker, viajé a investigar el homicidio de los Clutter.

Al principio la gente me veía como un extraterrestre, después me quería invitar a cenar. Conocí y entrevisté a cada habitante del pueblo, y también a los asesinos. Con posterioridad partí hacia la Costa Brava y Suiza para escribir A sangre fría. En 1965, luego de seis años, cuando finalmente ejecutaron a los asesinos, situación que me marcó por siempre, The New Yorker adelantó extractos de A sangre fría, la novela que saldría completa al mercado antes de mi Un recuerdo navideño (1966). Desde ya, tras A sangre fría los medios empezaron a dedicarme el espacio que merecía. Hablaban del hombre que instauró el nuevo periodismo literario y bla bla bla. No me sorprendió. Tenía que alcanzar el éxito lo antes posible. La mayoría de la gente gasta la mitad de su vida sin llegar a saber lo que quiere. Yo nunca pensé en trabajar en una oficina ni nada parecido.

Hubiera sobresalido en cualquier cosa, pero siempre supe que quería ser escritor y hacerme rico y famoso escribiendo. Sabía que lo que la diva Mae West era a las tetas y King Kong a los penes, era yo para la narrativa estadounidense. Pero también sabía que la disciplina era fundamental para obtener el éxito. Podía pasarme horas analizando un párrafo. Y no me gustaba anotar, tomar notas. Sólo anotaba cuando redactaba, cosa que no hacía en máquina de escribir, sino con lápiz. Cuando yo entrevistaba, no daba la impresión de que entrevistaba. Retenía el 93, 94 por ciento de lo que escuchaba. Además, era un escritor esencialmente horizontal. No podía pensar más que acostado, con un cigarrillo en la mano y una taza de té o un vaso de vodka. Tampoco sentía que había temas pequeños. Todos los sucesos eran importantes.

Un artista verdaderamente bueno puede tomar algo bastante ordinario, y sólo con su habilidad y fuerza de voluntad convertirlo en una obra de arte. Lo real es que a partir de ahí me convertí, según los admiradores, en “un Dios literario”, en “el escultor de las palabras”; según los detractores, en “un charlatán decorativo”, en “el Huck Finn pervertido de las letras americanas”; y según mi concepto, sencillamente en “el mejor (Después de mí no había nadie, y después de nadie venían Norman Mailer y Katherine Anne Porter”) y en “un caballero millonario”.

Dejé la casa que compartía con Jack (Dunphy), en Brooklyn, y adquirí un cinco ambientes sobre la Quinta Avenida, en un fastuoso piso 22 del aún más fastuoso edificio United Nations Plaza; me compré otras tres casas y un Jaguar descapotable y le regalé un Ford Falcon al propio Jack. Lujos que merecía. ¿El que nadie olvida? Aquel del 28 de noviembre de 1966, cuando ofrecí mi famosa fiesta Blanco y Negro, en el Hotel Plaza, con quinientos invitados de la mayor alcurnia y fama luciendo máscaras, diamantes y ropa clara, ellas, y ropa oscura, ellos.

Me codeaba con celebrities, políticos e intelectuales de toda calaña. Era a la vista general un gigante regordete divertido y pálido de 1,55 y voz chillona. Igual, admito que en esos tiempos A sangre fría comenzaba a intoxicarme, entre otras cosas que comenzaban a intoxicarme. Cerca, en 1968, salió a la venta Casa de flores; en 1973, El invitado del Día de Acción de Gracias y Los perros ladran, se publica Personajes públicos y lugares privados; y en 1975, ¡uy qué jaqueca!, la revista Esquire lanzó cuatro relatos (Mojave, La Côte Basque –mi editor me sugirió no publicarlo–, Monstruos perfectos y Kate McCloud) que había pergeñado para Plegarias atendidas (un libro que no finalicé y que terminó saliendo tres años luego de mi partida física), y desataron un terrrrrrible escándalo.

Me gané la eterna antipatía de la alta sociedad. “¿Qué se esperaban?”, consultaba yo. “Mire, soy un escritor y me sirvo de todo”. ¿Es que la gente famosa se pensaba que me tenía para entretenerlos? Al cabo, una cucharada de sal y una de azúcar: de la misma manera que me ha demandado (Marlon) Brando y he criticado duro a la princesa Margarita de Inglaterra, a Elizabeth Taylor, a Andy Warhol, a Nelson Rockefeller, a Jackie Onassis de Kennedy, a Bob Dylan y al que se interpusiera en mi ánimo, Marilyn (Monroe) se conmovió por un reportaje que le hice. Por eso con ella comparto el cementerio West Memorial de L.A.

Ocurre que cuando Dios te da un don, también te da un látigo, y el látigo es para autoflagelarse. Reconozco que no fui un santo. Fui un alcohólico, un drogadicto, un homosexual y fui un genio, un insatisfecho y un señor contradictorio. Y no fui una persona feliz. Sólo los imbéciles o los idiotas son felices. También reconozco que mi vida fue una película. No sé si cómica, dramática o de terror, pero sí una película atrapante. Incluso en la época de cierto control, allá por 1979, cuando conseguí alejarme del abismo bajando a diario quince pisos hasta un pequeño estudio que había alquilado en mi edificio, y volví a los cuadernos y los blocks amarillos, dándole existencia así quizá al año más fecundo de mi carrera, y dejando de visitar tan seguido los hospitales aunque no, imposible, las vernissages, las fiestas very few y los sitios de glamour.

Entonces lancé una serie de relatos cortos que publicaron The New Yorker, Interview y Esquire y reuní textos periodísticos y literarios testimoniales que se lanzaron en la colección de ensayos Música para camaleones (1980). Aquí utilicé todos mis conocimientos sobre la prosa, la confección de guiones, la reproducción de diálogos, las acotaciones precisas y descriptivas y las distintas formas en que he trabajado, aplicándolas de manera simultánea. A mí siempre me preocupó más dónde colocar una coma que ganar el Nobel. Funcionó y me encontraba contento. No obstante, trastabillé por última vez, y mis desgastadas rodillas ya no pudieron volver a enderezarse. En 1983 caí arrestado por conducir ebrio. Me defendí de las autoridades informándoles que si uno no bebe un poco, la vida puede resultar inaguantable. Y lo resultó.

Al año siguiente partí sin pedir permiso, habiendo participado como autor, guionista, escenógrafo y actor en una decena de películas, datos en los que, para llegar a un cierre digno, no abundé antes. Porque ahora, en marzo de 2006, cuando debería cumplir 82 años, me entero de que un tal Philip Seymour Hoffman ganó el Oscar vestido de mí, imitándome; y me entero de que se estrenará en octubre Infamous, una nueva película sobre mí; y me entero de que A sangre fría regresó a las listas de best-sellers, y me entero de que el grupo editorial Random House Mondadori exhumó de entre unos papeles de mi vieja casa de Brooklyn subastados en Sotheby’s, una novela llamada Summer Crossing, que escribí en mi adolescencia, que nunca quise publicar y que ahora piensa editar. ¿Por qué no me dejarán descansar en paz? Digo yo… Bueno, olvídense. Mejor no me dejen descansar en paz. Y por favor, anótenlo, si me permiten. Ya les comenté que la soberbia es el pecado capital que nunca logré dominar.

“<I>Hubiera sobresalido en cualquier cosa, pero siempre supe y quise ser escritor y hacerme rico y famoso siendo escritor</i>”, aseguraba Truman desde el departamento de cinco ambientes en un piso 22 de la Quinta Avenida.

Hubiera sobresalido en cualquier cosa, pero siempre supe y quise ser escritor y hacerme rico y famoso siendo escritor”, aseguraba Truman desde el departamento de cinco ambientes en un piso 22 de la Quinta Avenida.

De corbata, bailando con Marilyn Monroe en una disco de Manhattan (derecha). “<i>Me codeaba con</i> celebrities, <i>políticos e intelectuales de toda calaña. Era un gigante de 1,55 y voz chillona</i>”, se definió en su momento. Su verborragia, sarcasmo, extravagancia e ingenio cautivaban por igual. El personaje superó al autor.

De corbata, bailando con Marilyn Monroe en una disco de Manhattan (derecha). “Me codeaba con celebrities, políticos e intelectuales de toda calaña. Era un gigante de 1,55 y voz chillona”, se definió en su momento. Su verborragia, sarcasmo, extravagancia e ingenio cautivaban por igual. El personaje superó al autor.

“Mire, soy un escritor y me sirvo de todo”, señaló alguna vez. También mencionó que Marlon Brando le entabló una demanda por revelar sus intimidades. “¿Es que la gente se pensaba que me tenía para entretenerlos?”, se defendía.

“Mire, soy un escritor y me sirvo de todo”, señaló alguna vez. También mencionó que Marlon Brando le entabló una demanda por revelar sus intimidades. “¿Es que la gente se pensaba que me tenía para entretenerlos?”, se defendía.

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