“No me avergüenza confiar que lloré por amor” – GENTE Online
 

“No me avergüenza confiar que lloré por amor”

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Habla despacio, como al oído, y mira el grabador desconfiado. Porque una cosa son sus 20 años de trayectoria, sus 50 obras de teatro, las 30 films en que actuó y los incontables papeles en televisión. Otra muy distinta, dirá después, es esto de andar dando notas para exponer su propio personaje: el de Fabián Alejandro Awada (45), ese hombre que anda por la vida solo, con una hija de 13 que piensa seguir sus pasos (fruto de su relación con Melanie Alfie, de quien se separó hace ocho años), que se junta en la semana con sus amigos del golf (lo juega y muy bien: tiene 7 de hándicap), que es fanático “bostero”, que se reconoce familiero (aunque haya roto el mandato de cuna: trabajar en la exitosa empresa textil de su padre Abraham) y que se muestra fuerte a la hora de hablar de sus puntos más débiles. Porque, reconocerá luego, sí que los tiene.

Toma el primer sorbo de su café corto y arranca la charla por el tema que más le gusta: su trabajo. “Sería un ingrato si renegara de la popularidad, porque gracias a la tele logré reconocimiento y prestigio. Me gusta actuar y no me importa el medio ni el lugar. Me abrió muchas puertas y todas me condujeron a la libertad, a descubrirme más”, admite, como para empezar…

–Al final conseguiste lo que querías.
–(Risas) Sí. Tuve que patear muchos tableros para llegar hasta acá, y no me arrepiento. Como decís vos, lo conseguí, me armé mi propio destino.

–No debe haber sido fácil dar el primer puntapié en tu propia casa…
–Para nada. Porque mis viejos nos educaron para seguir con la tradición familiar: había que estudiar para trabajar en la empresa textil de papá y ganar plata. Yo lo intenté. Probé dos veces con la carrera de Economía cuando salí del secundario. Es más, laburé tres o cuatro años con mi viejo, llevando y trayendo mercadería a los locales, pero no me divertía y era pésimo: me mandaba una macana tras otra. Nunca me rajaron porque era el hijo del jefe, pero hoy reconocen que al irme les hice un favor. Por suerte quedó mi hermano al frente de la firma, dispuesto a seguir el legado de papá y mamá.

–¿Y la actuación cómo llegó?
–Con el análisis. Empecé terapia hace unos 20 años, cuando me dejó una novia –con la que me estaba por casar– para irse con otro más joven y más fachero que yo. El psicólogo me recomendó estudiar teatro: terminé enamorado de la actuación. Pese a que no resulté un buen empresario, en ese caso mi familia y yo hicimos un buen negocio. De lo único que me arrepiento en la vida es de no haber conocido antes a mi analista. Gracias a él y a las tablas encontré la felicidad.

–Se te nota vulnerable.
–Muy... Y sensible también. No me avergüenza confiar que lloré por amor.

–Lo contrario a tu actual papel en la tele, donde hacés de violento, un marido celoso y golpeador.
–Bueno, de eso se trata este trabajo. Pese a eso, Juan es un hombre que está muy enamorado de su mujer. Pero sí, el personaje no tiene nada que ver con mi vida. Nunca tuve celos enfermizos. La violencia la ejercían conmigo.

–¿Perdón…?
–En el colegio, de chico. No me gusta estudiar. Era pésimo. Me llevaba todo, hasta el recreo. Fui al Hölster, una escuela alemana muy rígida en Villa Ballester, y más de una vez se pasaron de rosca con las piñas y eso del orden. Mi viejo ni estaba enterado, porque los varones no debíamos llorar ni andar quejándonos de esas cosas. Se lo conté de grande, un poco tarde... Digamos que no tengo los mejores recuerdos de mi adolescencia. Por eso, antes me preocupaba por hacer las cosas que los demás esperaban de mí, hasta que un día me patearon y salí a patear yo. Entonces me volqué a esto y sentí libertad. Actuar me hace sentir el hombre más libre y feliz del planeta.

–¿Ese fue el momento más duro que pasaste?
–No. El más duro sin dudas fue cuando secuestraron a mi viejo (que entonces tenía 78 años) en el 2001. Fue la peor semana de mi vida, un espanto. De golpe no tenés vida, estás pendiente de un llamado, de una noticia y no existe otra cosa. Dormía poco, por no decirte nada... Lo único que deseaba era saber cómo encontraba mi viejo, dónde estaba, qué le iba a pasar. Por suerte todo terminó bien, pero quedé shockeado. Me la pasé dos años perseguido hasta por mi propia sombra.

–¿Ahora?
–No, estoy más relajado. Pasó el tiempo. Uno no entiende cómo, pero hasta las cosas más jodidas se superan. Cuando fue lo de aquella novia, creí que todo se había terminado. No veía que todo estaba por comenzar. En ese tiempo me escapé de la realidad, me desconecté, caí en la depresión y tuve que empezar mi vida de cero, porque fue un dolor muy grande.

–¿Estás en pareja?
–No. La última relación seria la tuve con Marina (Borensztein, la hija de Tato Bores), pero se cortó. En estos momentos estoy solo, pero me la banco… Es que no soy fácil para la convivencia. Soy caballero, atento, pero tengo mis mañas… La única mujer que no me molesta que se quede a dormir en casa es Naira, mi hija de 13 años. Esa chica me cambió la vida de una forma muy fuerte: me hizo crecer como hombre. Hoy estoy más baboso que nunca con ella, porque quiere seguir mis pasos y está estudiando teatro con Nora Moseinco. Ojalá algún día podamos hacer algo juntos; es un sueño que tengo.

–¿Cómo es Alejandro Awada cuando se saca la máscara de actor?
–Una persona muy trabajadora y quisquillosa. Eso lo heredé de mis padres. También me reconozco corajudo, porque cuando tuve que tomar decisiones drásticas nunca me tembló el pulso. De chico era un ser solitario, fantasioso y adoraba boicotearme.

–¿Hasta con las chicas?
–Sí, porque de joven era lindo y tenía mucho levante. ¡En serio! Pero mi timidez me impidió muchas veces arrimarme a las chicas que me gustaban. Todavía me acuerdo de una: es más, guardo la esperanza de cruzármela por la calle para confesarle lo mucho que me gustaba.

–¿Mientras…?
–La tele, el cine, el teatro y el sueño de seguir treinta años más en esta profesión que amo.

Tenía todo para ser un exitoso empresario. Sin embargo, se la jugó por la actuación y consiguió ganarse el respeto de sus pares y de la crítica. “<i>Tuve que patear muchos tableros para llegar hasta acá, y no me arrepiento</i>”, asegura.

Tenía todo para ser un exitoso empresario. Sin embargo, se la jugó por la actuación y consiguió ganarse el respeto de sus pares y de la crítica. “Tuve que patear muchos tableros para llegar hasta acá, y no me arrepiento”, asegura.

Junto a Susú Pecoraro protagoniza Mujeres de nadie, la telenovela de la tarde que produce Pol-ka para Canal 13, donde hace de marido celoso y golpeador. En la vida, Awada se reconoce un tipo vulnerable, inseguro y también, a veces, corajudo.

Junto a Susú Pecoraro protagoniza Mujeres de nadie, la telenovela de la tarde que produce Pol-ka para Canal 13, donde hace de marido celoso y golpeador. En la vida, Awada se reconoce un tipo vulnerable, inseguro y también, a veces, corajudo.

“Empecé terapia hace unos 20 años, cuando me dejó una novia con la que me estaba por casar. El psicólogo me recomendó estudiar teatro: terminé enamorado de la actuación”

“Empecé terapia hace unos 20 años, cuando me dejó una novia con la que me estaba por casar. El psicólogo me recomendó estudiar teatro: terminé enamorado de la actuación”

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