“Ni quiero pensar en lo que haré en mi primer día libre” – GENTE Online
 

“Ni quiero pensar en lo que haré en mi primer día libre”

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Hay instantes finales que son como joyas maravillosas. Y éste es uno de ellos: histórico, feliz, sellado por el talento, la inteligencia y la pasión. El aire se puso dulce y agrio a la vez, con el sonido de las palmas de más de tres mil quinientas personas golpeándose hasta doler. Los sonidos del cuerpo humano, que a veces suenan a sagrado, pusieron al Metropolitan Opera House de Nueva York –o Met a secas, para los entendidos–, en el mismo cielo.

Acababa de terminar, a sus 39 años, la última función de Julio Bocca como primer bailarín o principal dancer del American Ballet Theatre, al cual entró hace dos décadas, cuando el gran Mikhail Baryshnikov, fascinado, lo convocó. El adiós fue con Manon, de Kenneth Mc Millan –intensa desde la actuación y la danza, llena de amor, odio, celos y muerte–, secundado por la ballerina italiana Alessandra Ferri, con la que bailó Manon por primera vez hace trece años en el ABT. Y al caer el último telón estaba la verdad: el final de la carrera de Bocca en Estados Unidos.

Con día, obra y partenaire elegidos por él. Y fue un temblor. El telón se abrió otra vez para el saludo, y empezó un espectáculo aparte, que ninguna obra puede dar: el del amor de la gente por un artista. Más de media hora de aplausos, llantos, gritos y un fervor que parecía interminable. En algunos momentos, Bocca parecía que iba a estrellarse contra el suelo, después de una interpretación impecable. Deliraban los balletómanos de Nueva York, los de todo el mundo, los argentinos que viajamos.

Su madre, Nancy, su primera maestra; su abuela Teresa que, con 82 años, dio lecciones de amor con sólo verla abrazar a su nieto; su hermana Nancita, que quedó con los ojos hinchados de llorar por la emoción de ver a su hermano idolatrado. Ahí seguía Bocca: tiraba besos, abrazaba a su cuerpo y mandaba amor. Y en el punto supremo de las cosas, Julio se dio su propio gusto. Ante una seña suya subió al escenario una bailarina para entregarle un porrón de cerveza Quilmes , y él lo empinó en señal de brindis y, seguramente, de bienvenida a su nueva vida. Para que esto ocurriera debió pedir permisos especiales, ya que el alcohol está prohibido en los escenarios de los Estados Unidos.

Así y todo, era sólo el comienzo. Entró corriendo el director del American Ballet Theatre, Kevin McKenzie, y se abrazaron un largo rato. A partir de ese momento empezaron a rodearlo, uno a uno, todos los primeros bailarines y bailarinas que compartieron con Bocca estos veinte años en el escenario del ABT. Cada aparición era para Julio un golpe al corazón que podía leerse en su cara, en la fuerza con que apretaba su pecho con sus manos. Cada uno de los casi cien artistas que llegaron a darle su tributo traía un ramo de flores para cumplir con la ceremonia del adiós.

Fue fabuloso ver cómo cada uno le dio su impronta al momento. Unos le tiraron el ramo a sus pies y corrieron a abrazarlo. Otros le hicieron una lluvia de pétalos por todo el cuerpo. Y otros depositaron sus flores ante esas piernas casi sagradas, y luego lo estrecharon con sus brazos hasta llorar. ¿Es esto un funeral? No. Tal vez es esa resurrección que te da la gloria misma. Porque Bocca se quiere ir así: sin críticas que digan que anda bailando mal, en la edad justa de cualquier bailarín para el retiro, el filo de los cuarenta.

El público seguía delirando y fue ahí, ya pasados los treinta minutos de saludos y aplausos, cuando desde la platea los compatriotas que estaban en la sala –muchos de ellos habían viajado especialmente– empezaron a revolear banderas argentinas. Alguien le tiró una al escenario, Julio la recogió y se la puso a manera de babero. Más delirio. A partir de ese momento comenzó a salir envuelto en la bandera argentina y el público a gritar: “¡Te queremos Julio, te queremos!”.

Entre quienes aplaudieron a rabiar, además de su familia, amigos y fanáticos, estaban Lino Patalano, su socio, manager y amigo infinito; su partenaire histórica, Eleonora Cassano, que viajó sólo por 24 horas para compartir este adiós; la primera bailarina del Ballet Argentino que dirige el mismo Julio, Cecilia Figueredo; amigas argentinas como Sandra Mihanovich, y muy célebres, como Isabella Rossellini, que más tarde, en la fiesta final que dio el ABT, le dijo: “Julio, vine a tu despedida, pero sólo deseo que te arrepientas”.

También estaba Liza Minelli, divina y lamentándose porque no podrá verlo bailar otra vez, quien no se quedó al cóctel porque un dolor de caderas la aqueja desde hace unos días y quiere cuidarse. La fiesta final para doscientas personas, que se realizó en el primer piso del teatro, fue un sinfín de saludos, abrazos y lágrimas. Salvo la impactante sonrisa de Bocca, que al entrar se trabó en un abrazo con tres mujeres a la vez: madre, abuela y hermana. Después, el director del ABT dio un speech muy afectuoso sobre la capacidad y voluntad de Julio como bailarín, pero, sobre todo, su pasión y fuerza animal.

Después le tocó habla a Julio. Se arrimó al micrófono y dijo: “Thank you”. Nunca mejor dicho.

–¿A quién le darías gracias en particular?
–A mis maestros, mis compañeros, a los técnicos, a todas las personas que trabajan en el ABT, a todos los que estuvieron junto a mí cuando llegué a los Estados Unidos hasta ahora que me voy. Incluyo a mi maestra de inglés, a Dolores, que fue mi perfecta asistente. Y a todos los que desde la Argentina me hacían el aguante.

–¿Cómo sigue tu vida ahora?
–Cumpliré con mis compromisos hasta el 22 de diciembre del año que viene, que será el día que me despida de la Argentina en una función popular y para mucha gente. Después de las Fiestas del 2007 empieza para mí un año sabático, y no quiero ni pensar en lo que haré en mi primer día libre.

–¿Y el futuro?
–Tengo un ballet, la Fundación Julio Bocca, y estoy pensando si voy a aceptar ser maestro. Pero no quiero arruinar este momento tan lleno de amor pensando en el futuro. Solo sé lo que haré este domingo.

–¿Qué vas a hacer?
–Me voy a Kentucky a ver el show de Madonna. Estoy feliz, conseguí entradas.

Así, tan simple: consiguió entradas. Pero hay algo que no pude dejar de sospechar: Julio Bocca está trabajando en el entramado de su futuro. Y la interpretación impecable que hizo de Manon el 22 de junio es, lógico, para despedirse. Pero también para que se sepa que el futuro tiene un artista que le dijo adiós a uno de los caminos más bellos que encontró: el ballet. Y en su vida está latiendo algo nuevo. Por ende: te queremos, Julio. Te queremos y esperamos más, tanto más.

Más de cien de sus compañeros de ruta a lo largo de toda su historia en Nueva York lo homenajearon con flores. Enfrente, el público estalla. Y Bocca hace su reverencia.

Más de cien de sus compañeros de ruta a lo largo de toda su historia en Nueva York lo homenajearon con flores. Enfrente, el público estalla. Y Bocca hace su reverencia.

Julio y su partenaire, Alessandra Ferri, entregados al ritmo de Manon, que bailaron juntos por primera vez en 1993. Pasión, elegancia y fuego en las zapatillas. Más tarde vendría la tormenta de aplausos.

Julio y su partenaire, Alessandra Ferri, entregados al ritmo de Manon, que bailaron juntos por primera vez en 1993. Pasión, elegancia y fuego en las zapatillas. Más tarde vendría la tormenta de aplausos.

Y aplausos durante media hora.  Bocca en el escenario del <i>Met</i>, con su humilde gratitud.

Y aplausos durante media hora. Bocca en el escenario del Met, con su humilde gratitud.

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