“Mi vida es un potro que me revolcó varias veces, hasta que la domé” – GENTE Online
 

“Mi vida es un potro que me revolcó varias veces, hasta que la domé”

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En Mi Negrita todo es verde, amable, cuidado. Es domingo, y Ramón Palito Ortega (69), dueño de la chacra, se levantó temprano, compró la carne, la leña, y empezó, a las diez de la mañana, la paciente costumbre del asado, algo que lo apasiona. A la hora señalada (la carne a punto), estamos en la mesa. En familia. Palito desgrana anécdotas, historias que sólo él conoce. Algunas quedarán allí, entre las copas de vino y los platos vacíos. Otras están atrapadas en el grabador, las que aquí serán contadas. Hay una excusa, más que válida, para este encuentro: el 3 de diciembre, después de 35 años, Palito Ortega volverá a cantar en Buenos Aires. Más precisamente en el Luna Park. Y para darle contenido, además de sus éxitos inoxidables (La felicidad, Yo tengo fe, Sabor a nada... Bueno, todo eso que la memoria atesora), habrá un homenaje.

Mi Negrita, se sabe, queda cerca de Luján, bien lejos de la pensión de la calle Necochea 350, en Mendoza. Allí nació un cantante: Nery Nelson. El germen de Palito Ortega, su primer seudónimo. Para él hizo un disco de auténtico rocanrol: Palito, tributo a Nery Nelson. Y le escribió una carta “a ese pibe de 18 años al que la Luna le marcaba un camino. Ese Nery que imitaba a Elvis con una guitarra en el escenario de un cabaret, lleno de lentejuelas de la chica que había bailado antes. Como esa que un día me dijo: ‘Nene, estoy con un cliente de una grabadora; vení que te lo presento’. Cliente que me pidió le enviara una prueba, y por eso me mandaron a llamar de Buenos Aires. Recuerdo a aquella chica diciéndome: ‘Cuando seas famoso no te olvides de nosotras’. Ellas me aplaudían, me hacían sentir El Rey de verdad”.

–¿Por qué “Nery Nelson”?
–Había un cantante llamado Ricky Nelson, americano.

–Claro, era difícil en esa época llamarse Ramón Ortega y cantar rocanrol.
–Imposible. En Latinoamérica eran todos Johnny, Tony, Billy, jaja...

–¿Cuánto tiempo te llamaste así?
–Bastante... Grabé así en Mendoza un disco de pasta, 78 RPM, que sólo se vendió en Cuyo. Después, a los 19, me fui a Chile. Ya en esa época sabía que iba a llegar, aunque el camino fuese duro. Lo sabía desde los 12 años, cuando tuve un sueño premonitorio.

–¿Qué soñaste?
–Que estaba sentado en el patio de tierra de mi casa y aparecía un tipo con una escopeta y me disparaba. Mi desesperación era porque me mataba, y yo pensaba: “No puede ser que se acabe todo así”. A partir de ese momento empecé a ser otra persona. Creo en la trasmigración de las almas, y cuando lo contaba en mi pueblo, allá en Lules, se reían.

EL VIAJE. Antes de ser Nery Nelson, el niño Ramón Ortega, con 15 años, tomó la primera decisión que le cambió la vida: tomó un tren y desembarcó en Buenos Aires. No bien bajó en Retiro, le robaron. Esa noche durmió en una plaza. Luego consiguió trabajo “por comida y cama en un sótano”. Al final, una traición que le cambió la vida: “Trabajaba como cadete en una casa que vendía fantasías. Había un vendedor, Boris, que le hizo una broma a una empleada: agarró un profiláctico, lo infló y se lo puso en la cartera. En esa época, algo terrible... Hoy sería de mal gusto y punto. A la chica le agarró un ataque de nervios. El patrón me acusó sin pruebas. Nadie dijo nada. Me suspendieron una semana sin sueldo: no tenía para la pensión. Ahí me hice cafetero. Empecé a ir a Radio Belgrano, comencé a ver a las estrellas y quise ser como ellas. Si Boris decía ‘fui yo’ quizás yo sería el dueño de un negocio, pero no lo que fui después”.

La historia se completa con un profesor de batería, Alberto Alcalá, una prueba con La Banda de Carlinhos y recorrer el país como percusionista. Hasta llegar a Mendoza, quedarse, y parir a Nery Nelson. El resto es tan conocido que repetirlo sería borrar las reflexiones que dejó la tarde en Mi Negrita. De la mesa se llevaron el postre, llegan el café y el mate.

–Tu escuela, entonces, fue la calle.
–Las de mi pueblo y las de Buenos Aires. No era una época fácil, porque nosotros acá éramos “cabecitas negras”. Ahora se superó, pero porque los provincianos somos muchos. Antes te lo decían por la calle. De hecho en el ’63, cuando canté por primera vez como Palito Ortega, de un lado me empezaron a gritar “¡cabecita, cabecita!”. Claro, del otro lado estaban los cabecitas, y se armó una batahola terrible. Volaban sillas, mesas... Pasaba eso en la Argentina.

–Tu historia fue de lucha, pero tus canciones siempre reflejaron alegría. ¿Por qué?
–Muchos me reprocharon eso. Si me quedaba en el pueblo quejándome, mi historia no hubiera cambiado. Soy el resultado de haber subido a domar un potro, la vida, que me revolcó varias veces. Pero me levanté y me volví a subir. Hasta que un día sentí que lo domé. ¿A qué le podía cantar? Para mí, la vida es lo que pienso de ella. Nunca pensé que me iba a ir mal. Nunca dije: “Tal tipo nunca me va a llamar”. Cuando salí de Tucumán lo hice con el espíritu con que escribí Vivir con alegría, Yo tengo fe... Los mensajes de alegría son universales, como el dolor... Pero yo elegí lo primero. Si tuviera que llenar un formulario, donde dice profesión pondría “hacedor”. Así me gustaría ser recordado. Me pueden decir que me equivoqué a veces, pero porque hago. En el sótano no durmió el tipo que me critica: dormí yo.

–Te molesta la crítica.
–En un momento tuve que ser muy fuerte. Pero la vida es sabia y da otra oportunidad. ¿Ejemplo? Cuando traje a Sinatra. Ningún empresario lo logró. Lo hice yo, con mi plata, sin subsidios, sin Estado que me ayude. Creían que era pro gobierno equis, y perdí todo con los militares. Nadie me dio siquiera lo que me correspondía por ley, que era no pagar el cien por ciento de los impuestos por traer a alguien importante que podía difundir al país. Mandé una nota y nunca me respondieron. La inflación era tan terrible que, al demorar en pagar esperando esa respuesta, me terminaron embargando todo.

–¿Y entonces?
–Se fue Sinatra, descolgué la guitarra y volví a los caminos, a lugares adonde creía que nunca iba a volver a cantar. Terminé de pagar todo en el ’85, cuando nadie me daba crédito. Yo pensaba, con lo que ganara con Sinatra, hacer una escuela. Perdí, pero la escuela la hice igual. Después decidí irme a los Estados Unidos. Yo no aprendí de los libros la vida: la aprendí viviendo.

–¿Te arrepentís de algo?
–Sería soberbio decir que no. Pero, por ejemplo, a Sinatra lo volvería a traer. Vi muchos hombres llorando esa noche, agradeciéndome. Pero en ese momento la gente del rock hizo un festival contra su presencia.

–¡Las vueltas de la vida! Ahora te reconocen: salvaste a Charly, el más importante de todos, lo cobijaste en tu casa durante su recuperación.
–Siempre digo que el músico más grande que conocí en mi vida, lejos, es Charly García. Y se salvó porque él quiso. Dios quiso que yo aportara apenas el hilo que se debía tirar para que cruzara un río turbulento. Pero los golpes los sufrió él.

–Pero estabas.
–En ese momento no pensé en nada más que en ayudar.

–¿Por qué lo hiciste?
–Me nació. A muchos amigos suyos también se les ocurrió, pero quizás no tenían los medios que yo tenía. Dios me puso ahí.

–Nombrás mucho a Dios. ¿Con Charly rezaban?
–El es creyente. Tiene una inteligencia superior a la normal. En un momento extremo se encomendó a Dios, sí. Algunos malinterpretaron cuando tocó acá en Luján.

–¿Por qué?
–Yo le dije: “Un día tenemos que agradecerle a la Virgen. ¿Por qué no venimos a las seis de la mañana, ponemos un equipo potente, tocás y que se despierte Luján sin saber qué pasó, como Los Beatles en la terraza?”. Y él me respondió: “¿Por qué a las seis de la mañana, y no a la tarde” (risas). Y hacerlo frente a la Basílica fue por agradecimiento. Esa tarde fue muy luminosa: volvió a cantar.

–Acá, en Mi Negrita, tenés una capilla. ¿Oraban allí?
–Sí. Yo le decía que tenía una imagen milagrosa, que yo le pedía y sentía que me cumplía. Es donde me pongo a meditar, a orar cuando algo me inquieta. Me encomiendo a Dios, a la Virgen y al Padre Pío, que seguramente será santificado.

–Para el final quisiera que me definieras algunas cosas. Para empezar: Sandro.
–Una vez, en Venezuela, nos juntamos a tocar en una casa; éramos diez personas. Cuando él agarró la guitarra, sentí estar frente a un artista con diez mil personas adelante.

–Marcelo Tinelli.
–Un hombre que sabe lo que tiene que hacer para captar a la gente. Es el más inteligente de la televisión.

–Susana Giménez.
–Es la mujer más luchadora que tiene el medio. No hay imposibles para ella.

–Néstor Kirchner.
–Fuimos gobernadores en el mismo momento. Conocía perfectamente de qué se trataba la política. E hizo lo que debía hacer para imponer su proyecto.

–Tu guitarra.
–Sabe todo de mi.

–Evangelina.
–Si me preguntás cómo definirías el amor, te digo su nombre: Evangelina.

–Tus hijos: Martín, Sebastián, Julieta, Emanuel, Luis y Rosario.
–Ellos son la mejor respuesta que les puedo dar incluso a mis enemigos.

–Tus nietos: Bautista, India, Dante, Paloma, Helena y Benito.
–La confirmación de una canción que le escribí a mi viejo: “Entre mi padre y yo/ existe un largo camino/ que no se puede cortar/ que se prolonga en mis hijos”.

–Tu papá.
–En mi infancia hay muy poco espacio para otro recuerdo que no sea el suyo.

Los sitios de la chacra han ido bautizados con los nombres de sus seis nietos. La fuente se llama Paloma. Cuatro calles se denominan Dante, Helena, Bautista e India, y la capilla, San Benito, por el hijo de Julieta.

Los sitios de la chacra han ido bautizados con los nombres de sus seis nietos. La fuente se llama Paloma. Cuatro calles se denominan Dante, Helena, Bautista e India, y la capilla, San Benito, por el hijo de Julieta.

“Cuando me preguntan cómo definirías el amor, digo el nombre de mi mujer desde hace 43 años: Evangelina”.

“Cuando me preguntan cómo definirías el amor, digo el nombre de mi mujer desde hace 43 años: Evangelina”.

“Esta canción es tuya. El lunes pasa mi secretario por la radio, te acompaña hasta Sadaic y la registrás a tu nombre”. Apenas pude decirle: “Pero Palito, yo no escribí ninguna letra”. El me retrucó: “Lo único que hice fue copiar lo que vos decís en la tele; es tu letra”, cuenta Lapegue sobre la canción del programa Prende y apaga.

“Esta canción es tuya. El lunes pasa mi secretario por la radio, te acompaña hasta Sadaic y la registrás a tu nombre”. Apenas pude decirle: “Pero Palito, yo no escribí ninguna letra”. El me retrucó: “Lo único que hice fue copiar lo que vos decís en la tele; es tu letra”, cuenta Lapegue sobre la canción del programa Prende y apaga.

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