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“Mi próximo desafío es trabajar en Los Angeles”

“Mi próximo desafío es trabajar en Los Angeles”

Redacción Gente

Vive de la fantasía, y para no perderse en ella, Sebastián necesita recordarse quién es. Por fuera graba su piel con tatuajes, como un antídoto de eternidad ante una posible conciencia desmemoriada, y por dentro no para de ejercitar su poder de extraordinaria imaginación, que vuelca en las ficciones. “Cada vez me entusiasma más lo que hago porque, más allá de los resultados, aprendo mucho del proceso de crear”. Así define su presente Sebastián Ortega (35). “La pasión y el fanatismo que siento por un proyecto o un personaje nacen del hecho de concretar lo que alguna vez fue pura fantasía”, sintetiza.

Alguna vez reconoció como defecto caer en largos silencios. Sin embargo, ahora habla cerca de una hora sin interrupción, repasando su recorrido como productor de televisión. Desde El hacker por Telefe (2001), pasando por su exitosa gestión como director artístico de Ideas del Sur con Tumberos (el único programa que logró 20 puntos de rating en América), Costumbres argentinas, Ser urbano (su primer formato periodístico), Disputas, Sol negro, Los Roldán (desterró a Pol-ka del podio de las tiras más vistas), Sangre fría, Criminal y Forenses, hasta el momento de empezar con su propia empresa, –Underground, en el 2006– y trastabillar con Gladiadores de Pompeya (único producto de su haber que fue levantado por escaso rating), y seguir adelante con El tiempo no para y Amo de casa. Se recuperó victorioso con Lalola, con el que mereció el Martín Fierro de Oro, se abrió al mercado internacional y hasta consiguió representación en Hollywood, y ahora, con Los exitosos Pells, marca su regreso a Telefe de la mejor manera: se enfrenta (y derrota habitualmente) a Marcelo Tinelli y consigue en un mes y medio de programa el promedio más alto de audiencia de las últimas semanas.

–Hace dos años te definías como adicto al trabajo. ¿Seguís igual?
–Creo haber cambiado. Antes trabajaba a todo o nada, como si lo que hiciera fuera lo último. Desde hace un tiempo trato de no llevar temas laborales a mi casa: los dejo en la productora y los retomo al día siguiente. No tengo tanta ansiedad. Vivo más el proceso del día a día, y el fin de semana me sirve para cortar y estar con mis hijos. Aunque la última vez que me tomé vacaciones de verano fue en el 2000. Guillermina me sigue pasando factura por eso…

–¿Y no hay receso en otro momento?
–Por lo general, a fin de año. Esta Navidad nos vamos a Brasil y para Año Nuevo, si la película de Ringo Bonavena me lo permite, estaremos en Punta del Este. Si no, la pasamos acá, con mis viejos y hermanos.

–Tanto en Lalola como en Los exitosos Pells el tema principal tiene que ver con una cuestión de no mostrar la verdadera identidad. ¿A qué se debe esa coincidencia?
–Los mayores conflictos del ser humano tienen que ver con su identidad. No solamente la sexual, sino con el descubrimiento permanente de quién es uno y qué es lo que lo hace feliz. Para las ficciones busco un conflicto que pueda desarrollarse en el período en que transcurre la historia que contamos, en ese año de vida del personaje, que busca saber quién es y qué quiere.

–¿Quién es y qué quiere Sebastián Ortega?
–Hay algo primordial en mi personalidad: no quiero abandonar las cosas que definen mi esencia. Mi capacidad de mantener la fantasía, por ejemplo, algo que la mayoría de los adultos abandona cuando crece. Por eso también me tatúo; los tatuajes me ayudan a recordar de por vida quién soy y qué es lo que me moviliza. Como el tipo de música que me gusta…

–¿Cuál es?
–Alternativa, y va desde el punk al hip hop. Escuchar por primera vez a los Beastie Boys me hizo estallar la cabeza… en el buen sentido. Los años que viví en los Estados Unidos me formaron como soy. Llegué en el ’85 y descubrí un movimiento cultural que estaba empezando a surgir, especialmente con la música. MTV nació en el ’83, y yo soy producto de la generación MTV a full. Miraba mucho el cable, las series y los deportes extremos. Todas esas puertas se me abrieron porque viví allá.

–Aparte de la música y la tele, ¿qué otras cosas descubriste en Miami que te marcaron de por vida?
–Siempre fui muy observador… En Miami observaba la variedad de culturas y las distintas clases sociales, altas, bajas. Hasta tuve amigos que eran hijos de narcotraficantes: me metí en sus casas, conocí todo. En Sol negro, al personaje de Rodrigo de la Serna le puse mucho de lo que viví allá: padres divorciados, familias poderosas con mucho dinero y el tema del abuso de drogas. Admiro esa libertad que tienen los norteamericanos de expresarse tal cual son, sin sentirse observados. En cambio, acá camino por la calle y me miran extrañados por mis tatuajes. No pueden entender que me vista como lo hago, o que use la ropa o el gorro tal como lo hacía en la escuela.

–¿Pretendés ser un eterno adolescente?
–No. No me niego a crecer, sino que trato de madurar sin abandonar mi esencia ni mis rituales.

–¿Cuáles?
–Hummm… Algunos puedo contarlos, otros no… El viaje desde mi casa al trabajo (vive en Pilar) es un ritual exactamente igual al que tenía en Miami a los 16 años, cuando iba a la escuela manejando mi auto. Ese trayecto me permite pensar y fantasear con total libertad sobre la próxima historia a contar.

–¿Y qué pasa con ese ritual llamado casamiento?
–(Risas) El matrimonio es una buena excusa para divorciarse. Tengo tantos amigos que se pelearon durante la previa al casamiento que no quiero entrar en ésa. Además, con Guille (Guillermina Valdés, su mujer desde 1998, con quien tienen tres hijos: Dante –7–, Paloma –6– y Helena–3–) estamos juntos porque lo necesitamos, no por la obligación que da un papel.

–Permitíme la duda de que en casi once años de pareja y con tres hijos, tu mujer no te haya preguntado: “Sebas, ¿cuándo nos casamos?”.
–Todo lo que vivimos hasta ahora fue muy espontáneo: la convivencia, el nacimiento de nuestros hijos, las mudanzas. Como un noviazgo constante. Pero te voy a confesar que desde hace un tiempo fantaseamos con el hecho de casarnos y que nuestros hijos sean los testigos y nos den los anillos. Queremos algo relajado, ir al Registro Civil y después a comer con amigos. O subirnos a un avión a Hawai y hacer una ceremonia en la playa.

–Ya que te subiste al avión, vamos a los Estados Unidos otra vez. ¿Es verdad que sos amigo de Al Pacino?
–En realidad, soy amigo de Lucila Solá, la argentina que sale con él. Cada vez que voy a Los Angeles la veo y siempre terminamos saliendo todos a comer. Pacino está trabajando desde hace cuatro años con su película, Salomé, y en cada visita veo el corte nuevo de la filmación. Lo admiro mucho. Por eso, frente a él trato de escuchar más que hablar. Lo conocí en la casa de Anne, la viuda de Lee Strasberg –el gran profesor de teatro de Pacino, Marlon Brando y James Dean–, que es amiga de mis viejos. Cuando voy a Nueva York paro en su departamento. Estando allá a principios de los 90’ me levanté una mañana y había un tipo con anteojos leyendo el diario y desayunando cereales: ¡era Al Pacino! No soy su amigo, pero lo conozco y tengo buena onda con él.

–Convengamos que no es común salir a cenar con Al Pacino …
–Nada en Los Angeles es común. Es una ciudad mágica. Algún día quiero trabajar allí, es mi próximo desafío. Con Lalola di el primer paso, a través de la venta del formato a Fox. Los Estados Unidos me tiran mucho, me identifico con su gente y su cultura. ¡Y ni hablar en Los Angeles, donde está la industria del entretenimiento!

–Hablemos de tu viejo. ¿Qué pensás de la forma en que se ocupa de la recuperación de Charly García?
–Reconfirma la visión que tengo sobre él. Mi viejo es un tipo que desborda generosidad, que se nutre de ayudar a quien lo necesite. El contiene a Charly como nadie. Ambos comparten un lenguaje que tiene que ver con la música. Aunque vengan de dos estilos tan opuestos –de hecho hubo cruces en una época entre ellos–, hoy se entienden como pocos.

–¿Charly participa de las reuniones de los Ortega en Luján?
–Está ahí todo el tiempo, recuperándose y componiendo. Charly ya es como un hijo más: tiene su lugar asignado en la mesa de los asados. Tiene asegurada la pantalla de Telefe para otra tira en el 2009 y espera debutar en cine con la película sobre Ringo Bonavena, en la que está trabajando desde hace cuatro años.

Tiene asegurada la pantalla de Telefe para otra tira en el 2009 y espera debutar en cine con la película sobre Ringo Bonavena, en la que está trabajando desde hace cuatro años.

“No me niego a crecer; no pretendo ser un eterno adolescente. Sólo quiero madurar sin perder mi capacidad de fantasía”

“No me niego a crecer; no pretendo ser un eterno adolescente. Sólo quiero madurar sin perder mi capacidad de fantasía”

En la foto, Sebastián con Carla Peterson, Mike Amigorena y Pablo Cullel, la mano derecha de Ortega.

En la foto, Sebastián con Carla Peterson, Mike Amigorena y Pablo Cullel, la mano derecha de Ortega.

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