“Mi mujer tiene miedo de que cuando viajo alguien quiera tirarme del tren” – GENTE Online
 

“Mi mujer tiene miedo de que cuando viajo alguien quiera tirarme del tren”

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Callate Chochán, que no escucho”, le dice “cariñosamente” Ricardo Barreda (76) a su fiel pareja, la docente jubilada Berta “Pochi” André (76), en la intimidad del hogar que comparten en el barrio de Belgrano. El odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 decidió masacrar a escopetazos de doble caño a su esposa, Gladys Mac Donald (57), a sus hijas, Cecilia (26) y Adriana (24), y a su suegra, Elena Arreche (86), el 8-N dijo “presente” en su barrio, en el masivo cacerolazo. Hoy, viernes, está viendo el canal de noticias TN, y escucha atentamente a Ricardo Canaletti, que reflexiona sobre su caso.

A veinte años de que tomara aquella trágica decisión, Barreda sólo observa en silencio. Está sentado a la mesa, con los brazos cruzados, las piernas estiradas y sostiene una pava con su mano derecha, que se vacía mate tras mate. Su vista se pierde entre los adornitos baratos, las campanitas, las estampillas, los muñequitos, el florerito con rosas artificiales, el pisapapeles, fotos familiares (él no aparece en ninguna), mariposas de yeso, un elefantito de cartón corrugado, un póster de Rebelde Way pegado detrás de la puerta, seis platitos floreados o con paisajes, varios potus, un zueco usado como jarrón de flores artificiales, almohadones de colores, un jarrón nacarado violeta y naranja, monedas antiguas, un cenicero y un gato chino que mueve la cabeza todo el tiempo. El puede pasar horas mirándolo. Una vez le sacó la pila, porque le cansaba ese movimiento. Cerca del mediodía hace las compras: le gusta elegir la lechuga, los tomates, se mete en herboristerías en busca de energizantes naturales, tofu o hierbas que alargan la vida. Mientras hace todo eso, Berta duerme. Como tiene presión alta, se siente desganada y le tira la cama.

“El dentista dice que no sabe en qué instante se le metió en la cabeza eliminar a su familia. Sólo recuerda que esa idea antojadiza se apoderó de él como se apoderan las obsesiones, una mañana en que estaba internado en el hospital después de que lo operaran de una hernia. Se despertó y ya no era el mismo. Dos años vivió con ese pensamiento. Esa idea de muerte que, tarde o temprano, iba a fluir a correntadas por su sistema nervioso. Eran ellas o él. Fueron ellas”, escribe el periodista Rodolfo Palacios (35) en las páginas de su libro, Conchita (como lo llamaban burlonamente su esposa, sus hijas y su suegra), el hombre que no amaba a las mujeres, de Editorial Libros de Cerca.

Es la biografía no autorizada del odontólogo, en la que el autor explora los detalles del asesinato múltiple e interroga a Barreda sobre sus móviles, la vida después del horror, la idolatría por la muerte que muchos le expresan a su paso, y su novia Berta, que según los entendidos experimenta una seducción especial por su amado denominada “enclitofilia”, término que no figura en el diccionario de la Real Academia Española, pero que el francés Edmond Locard, pionero de la criminalística, usó a principios del siglo XX para definir la atracción sentimental y sexual que algunas mujeres sienten por los asesinos.

Barreda –que fue condenado en 1995 por cuádruple homicidio a reclusión perpetua y hoy goza del beneficio de la libertad condicional– quiere recuperar la casona de 48 entre 11 y 12, La Plata, donde cometió los crímenes. Pero no es sencillo: un grupo que está en contra del machismo logró que se aprobara un proyecto de ley bonaerense para que la propiedad se convierta en un centro que asista y asesore a las víctimas.

“Espero regresar a mi casa, porque me corresponde. Ya pagué en la Justicia y estoy arrepentido por lo que hice. Me gustaría volver a ejercer mi profesión y disfrutar de unas vacaciones con Berta”, expresa el odontólogo.

Al respecto, Palacios recrea para GENTE la continuidad del diálogo entre Ricardo y Berta, marido y mujer.

–No entiendo por qué te sacan la casa, si ya cumpliste la pena –opina Berta.

–¡No tiene nada que ver la condena penal con la parte civil! –le grita Barreda.

–Pero Ricardo... ¿Quiénes son ellos para sacarte tu casa? ¿Por qué no te la dan? Fue la sangre de tu vida; laburaste siempre para tenerla. Es un atropello lo que te hacen. ¡¿Cómo te la van quitar...?! Tenés que pelear por eso. Pero solo no vas a poder. Y cuando te digo que no vayas tanto a La Plata, te lo digo por tu bien. Te pueden hacer algo. Fueron muy malos todos con vos. Si fueran otra gente, los que vivían enfrente de tu casa te estarían ayudando. Ahora la deben estar gozando. No vayas más, no te muestres. El vecino ese que tenías... me decías que era un h de p que le calentaba la cabeza a tu mujer. ¡Cornudo de m... ese tipo!

–Ella tiene miedo de que cuando viajo a La Plata alguien intente tirarme del tren o me empujen, o me puteen. Pero no es así. Es más, mucha gente me pregunta: “Dígame, ¿usted es Barreda?” “Así dicen”, contesto yo. “Ah, me pareció que era usted, lo felicito”. Y se van después de decirme: “Siga bien, cuídese”. Yo creo que no es para felicitarme. Fue el peor acto de mi vida.

–Yo lucharía de sol a sol y prendería fuego para que hagan una marcha a tu favor.

–¿Qué vas a prender, si no sabés encender un fósforo?

.................................................................................................... Del expediente judicial surge una conclusión del experimentado psiquiatra forense Mariano Castex, titular de cátedra en la Facultad de Derecho de la UBA, que suena tenebrosa, pero define como nadie lo ocurrido: “Barreda mató a esas mujeres como si fueran patitos de una kermesse. Ahí viene una: ¡pum! Ahí aparece la otra: ¡pum! Y otra: ¡pum! Y la última: ¡pum!”. ¿Hace falta decir más? Ricardo y Berta en el living de su departamento de Belgrano junto a sus amadas “loritas”, como ellos llaman cariñosamente a sus dos mascotitas, de una especie en peligro de extinción.

Ricardo y Berta en el living de su departamento de Belgrano junto a sus amadas “loritas”, como ellos llaman cariñosamente a sus dos mascotitas, de una especie en peligro de extinción.

“Parece que Conchita se levantó temprano”, le dijo su hija Cecilia en la mañana del domingo 15 de noviembre de 1992. Pudo atacarla con la tijera con que podaba la parra, pero no. Fue a su cuarto y cargó la escopeta. Su mujer le dijo: “Viejo de m..., no te mandes ninguna cagada”. A Barreda no le tembló el pulso: primero le disparó a Cecilia y luego a Adriana, sus hijas. Luego a Elena Arreche, su suegra, y al final remató a Gladys Mac Donald, su mujer. Sólo se salvó Nahuel, su amado perro.

“Parece que Conchita se levantó temprano”, le dijo su hija Cecilia en la mañana del domingo 15 de noviembre de 1992. Pudo atacarla con la tijera con que podaba la parra, pero no. Fue a su cuarto y cargó la escopeta. Su mujer le dijo: “Viejo de m..., no te mandes ninguna cagada”. A Barreda no le tembló el pulso: primero le disparó a Cecilia y luego a Adriana, sus hijas. Luego a Elena Arreche, su suegra, y al final remató a Gladys Mac Donald, su mujer. Sólo se salvó Nahuel, su amado perro.

El jueves del 8-N, Ricardo Barreda estuvo con su propia olla y la golpeó a todo ritmo en la esquina de Cabildo y Juramento, muy cerca de su departamento de la calle Vidal, en Belgrano. Y dijo: “Estoy podrido de todo. No me gusta Cristina, pero  Macri tampoco”.

El jueves del 8-N, Ricardo Barreda estuvo con su propia olla y la golpeó a todo ritmo en la esquina de Cabildo y Juramento, muy cerca de su departamento de la calle Vidal, en Belgrano. Y dijo: “Estoy podrido de todo. No me gusta Cristina, pero Macri tampoco”.

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