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“Me sigo subiendo al escenario como si recién empezara”

“Me sigo subiendo al escenario como si recién empezara”

Redacción Gente

La nota empieza así, con Pepe Soriano desatado, pura energía, puro torrente
verbal, hablando por la boca, claro, pero también por los ojos, por la cara,
hablando con todo el cuerpo, bah… Con Pepe diciendo: “Tenemos 400
espectáculos teatrales anuales, cosa que ocurre en pocas partes del mundo. Pero
ojo, espectáculos que, a veces, lamentablemente duran pocas semanas en cartel.
Esto demuestra que si el Estado no apoya como corresponde el hecho teatral
dentro de la política cultural del país, sólo el amor de cada uno de los
cincuenta mil teatristas
–y hablo desde actores y directores hasta el último
de los asistentes– que hay en Buenos Aires, más otros veinte mil que hay en
el interior, sólo ellos y el público, claro, permiten que el teatro esté así de
vivo en la Argentina
”.

Pepe habla con pasión. Tanta, que tras el saludo formal apenas hubo tiempo de
desenfundar el grabador y antes de apretar el play, él ya está pintando el
estado de las cosas. Habla sobre este fenómeno cultural porteño que llama la
atención a todo recién llegado del exterior: encontrarse, en un país aún hoy en
crisis, una cartelera tan nutrida, comparable incluso a la de cualquier ciudad
importante de Europa o los Estados Unidos.
Al tipo le sobran tablas, se sabe. Hace 53 años –tiene 75– que se enfrenta en
cuerpo y alma sobre un escenario. Y ahora está de vuelta: junto a Facundo Arana,
hace semanas que en la sala Multiteatro cuelgan el cartelito de “sold
out
” con la obra Visitando al Sr. Green.

–Este es el debut teatral de Arana, un actor hecho en la televisión y con
el mote de galancito encima. ¿Tuvo algún tipo de prejuicios en ese sentido?
–Mirá, hace unos años, Alberto Ure –un tipo muy importante en la cultura de
este país– me dijo: “La tele es una muy buena formadora de actores”. “¿Te
parece?
” –le respondí. “Vos mirá –me dijo–, ya vas a ver”. Y
en cuanto me ofrecieron esto junto a Facundo, sentí que no tenía que tener
prejuicios: sería como detenerme en el tiempo. Me dije: vale la pena ponerme a
prueba. Para él también, pero es problema de él. Después, la crítica y el
público podrían decir: “¿Pero éste está loco? ¿Qué hizo?”. Lo prefiero:
significa que estoy vivo. Lo contrario sería ubicarme en un pedestal, señalando
con un dedo. Y no tengo ninguna gana.

–¿Y tenía razón Ure? ¿La tele forma buenos actores?
–Si es por lo que está demostrando Facundo, totalmente. Es un actor de una
enorme intuición. Al tercer día de ensayos, con Santiago Doria, el director, nos
miramos y dijimos: “Este tipo está en un gran nivel”. ¿Que va a tener que seguir
trabajando? No hay ninguna duda. Pero un mes y medio después ya estaba
totalmente integrado al hecho. Y hoy es la gente la que le dice que sí. No yo,
que no tengo por qué autorizar a nadie; lo autoriza el público.

–A propósito, Pepe, hay una tendencia clara, me parece, y es que las
nuevas generaciones son un público mucho más televisivo y cinéfilo que teatral…
–Sin dudas…

–¿Y cómo le cae esto a un “animal de teatro” como usted?
–Ahí no puedo dar soluciones, porque no las tengo. Sigo haciendo mi trabajo
de la mejor manera, y me enfrento a lo que pasa ahora con Facundo, por
ejemplo…

–¿Qué es lo que pasa?
–El otro día, salíamos del teatro y me encaran chicas de 17, 18 años, que
nunca me habían visto… ¡no sabían ni quién era! Y estaban conmovidas.
Obviamente, habían venido por Facundo. Pero me dije: “¡Qué lindo! ¡Gané tres
espectadoras!”. Claro, esto no modifica esa reducción de público de la que
hablabas vos, que es muy real. Y luego hay una generación más joven todavía, la
adicta al megaconcierto…

–¿A ver? ¿Cómo es eso?
–Vale decir, la ceremonia original del teatro, aquella del oficiante griego
con los comulgantes y el coro, hoy se da en los grandes conciertos de rock en
los estadios. Ojo, no lo juzgo, simplemente digo lo que pasa.

–Al comienzo, cuando hablaba de la situación del teatro actual, noté
cierto tono de queja en relación al panorama del cine. ¿Puede ser?
–Es que si te fijás, ahí ocurre algo similar. Estamos lejos de tener una
verdadera industria cinematográfica. Yo creo que, aún hoy en día, nuestro cine
es más un hecho artesanal, donde además el director intenta realizarse sobre la
base de sus posibilidades. Por ejemplo, Carlos Sorín es un muy buen director,
pero va y realiza una película en el Sur –bellísima por cierto– con un solo
actor-actor, como en Historias mínimas. ¡El resto es gente del lugar! O si no,
trabaja con un perro. Otro caso similar, el de Pablo Trapero: va y trabaja con
la abuelita, como hizo en Familia rodante. O sea… ojo, no digo que esté mal,
pero cuando hablamos de profesionalización, se nos diluye como agua entre las
manos. ¿Por qué? Porque no hay convocatoria profesional.

–Volviendo al teatro, cada obra se propone dejar algo. ¿Qué enseña
Visitando…?
–Me enseñó –mejor dicho, me refrendó– que estamos viviendo un período de un
teatro minimalista…

–¿Qué entiende por minimalista?
–Hablo de un teatro que no tiene un gran despliegue ni de escenografía ni de
vestuario. Acá, de lo que se trata es de que una cosa tan pequeña como un tipo
cortando un budín, junto a otro, hablan sobre ese budín y logran que un tercero
que está mirando esté interesado en eso de que hablan; eso es un teatro
minimalista.

–¿Y el mensaje?
–Para mí, la obra deja sentir que si uno está vivo puede compartir algo con
alguien, cualquiera sean las diferencias con el otro… Cuando al final la gente
llora tanto, pero de emoción –no de dolor–, es porque siente: “Yo también soy
capaz de esto, a mí me puede pasar”.

–Usted dice “la gente llora”. ¿Los ve, los siente moquear?
–Hay un código de muy difícil explicación y es que vos tirás la palabra, la
palabra va, choca en el espectador, y te devuelve con un silencio algo. Cuando
ese silencio es esquizoide, va produciendo cortinas. ¡Y no sabés cómo se siente!
Parece que la gente se alejara, que se fueron todos, parece: es como si
estuvieras trabajando en la nada. En cambio, cuando el público se suma, vos
sentís que en el silencio te están diciendo: “Seguí –susurra–, seguí,
seguí, qué lindo, ¡dale, seguí!
” Parece increíble pero es así.

–Pienso en algo que usted contó alguna vez sobre su debut, a los 22 años,
en el Colón. En una nota decía que por entonces “no sabía percibir el
canto del silencio
”. ¿Tiene que ver?
–Es esto que te estoy diciendo. Cuando debuté, había un silencio que yo no
conocía. Entonces, al final del primer acto, un compañero me dijo: “Aunque te
parezca mentira, están hablando
”. “Pero yo no escuché nada”, le digo,
inexperto yo. “Vos seguí tranquilo”, me dijo. Después, con los años
empecé a percibir que ese silencio era elocuente. Y que era como en la música: “Pa…/Pa…–tararea–,
Para/baaaaa…/Ra…/bam…” Entonces vos decís: ese silencio está lleno de
notas, ¿no? Bueno, acá, en el teatro, ocurre lo mismo.

–¿Y qué pasa con la composición del personaje? Los actores suelen decir
que actuar es jugar. Después de 53 años en escena, ¿sigue siendo un juego?
–Mirá, yo intento llegar ahí arriba –señala el escenario–, y juro que es
así, sin saber nada, ¡pero nada de nada, ¿eh?! Y me sigo subiendo como si recién
empezara. Obvio, hay elementos que no los puedo evitar, que me los dio mi
oficio…

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–Perdón, Pepe, pero me cuesta creerle. ¿Cómo se hace, digo, después de 53
años, para llegar virgen al escenario?
–Lo primero es llegar ahí y preguntarse: “¿Qué es esto? ¿Cómo lo ves? Este
viejo que me toca hacer, ¿qué hace? ¿Cómo piensa?” O sea, se trata de descubrir.
Porque tengo dos lecturas: hay un texto y un subtexto, y generalmente es el
subtexto el que me da más elementos.

–¿Me lo explica?
–Sería como el inconsciente de la gente: cuando se manifiesta el
inconsciente, me está revelando de alguien mucho más que lo que esa persona dice
en palabras. Esto lo aprendí porque llevo muchos años de análisis, y además mi
mujer es psicoanalista. En algunos casos, hasta llegué a agarrar el libreto, lo
tiré en el diván y empecé a analizarlo con el analista, a ver cómo era ese tipo.
Y así fui llegando al personaje.

–Lo llevo a una cuestión de actualidad que usted bien conoce: este
conflicto de más de un inmigrante argentino con problemas para entrar en España.
Porque usted se exilió allí seis años, ¿no?
–Seis no, siete. Y la verdad, a mí me trataron muy bien. No sé lo que es la
palabra sudaca.

–Por cierto, después de la crisis pos De la Rúa, y con lo bien que le iba
allá, ¿se llegó a cuestionar “¿para qué volví?”?
–Mirá, yo tengo una respuesta por lo menos para saber por qué estoy acá. Es
cierto, me fue muy bien, incluso tuve más de una oferta para volver. Pero yo
estoy en la Argentina porque soy argentino… A partir de ahí, deducí lo que
quieras. Te cuento algo que le pasó a un escritor compatriota, amigo mío.
Trabajaba en una universidad de Estados Unidos, le iba muy bien, ganaba diez mil
dólares por mes, y así y todo un día decidió volver. Entonces le dije: “¿Qué
hacés, estás loco
?” Y mi amigo me dijo: “Mirá… ¿sabés por qué volví? La
Argentina será una mierda, sí. Pero es ¡mi! mierda
”. Yo pienso igual.


Pepe, entre las butacas del <i>Multiteatro</i>, donde comparte escenario con un<br />
debutante Facundo Arana. La obra es un éxito, cartelito de “<i>No hay más<br />
localidades</i>” incluido.”></p>
<p class=Pepe, entre las butacas del Multiteatro, donde comparte escenario con un
debutante Facundo Arana. La obra es un éxito, cartelito de “No hay más
localidades
” incluido.

“<i>Después de ensayar tres días, me dije: ‘Este tipo está en un gran nivel’.<br />
Facundo es un actor de una enorme intuición. Y es la gente la que le dice que<br />
sí, no yo</i>””></p>
<p class=Después de ensayar tres días, me dije: ‘Este tipo está en un gran nivel’.
Facundo es un actor de una enorme intuición. Y es la gente la que le dice que
sí, no yo

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