“Me encanta dar órdenes y nunca histeriqueo” – GENTE Online
 

“Me encanta dar órdenes y nunca histeriqueo”

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No, no y cien veces no. ¡No lo puedo creer: otra vez me quedé sin batería en el celular!

–Los cargadores solucionan esos problemas...
–¿Pero quién te dijo que traigo uno, Señor Ironía? Si tuviera cargador no me quejaría.

–¿Y ahora?
–¡¿Qué se yo?! Respiro hondo, me pido un té de durazno, hacemos la nota y me prestás el tuyo. ¿Qué te parece?

–¿Tengo opción?
–Claro que no (carcajada registrada de Ernestina Pais).

–¿Arrancamos entonces?
–Dale. Encendé el grabador que te cuento mi vida. Supongo que habrás traído cinta y pilas de sobra...

–¿Es para tanto?
–No lo sé, pero hay para rato. ¿Por dónde querés arrancar?

–Por tu parte multifacética, quizás.
–Ah, sí. Siempre fui una chabona cuatro por cuatro y con una gran cultura por el trabajo. En realidad, no me quedó otra. No nos quedó otra, corrijo: porque con mi hermana Federica fue igual. A los 35 años, mi vieja se quedó sola con dos nenas de 7 y 4 años. Aclará que yo soy la menor (risas registradas). Mamá, que era artista, fue bailarina del Instituto Di Tella. Nos invitó a buscar laburo no bien terminamos el colegio y, entonces, aprendí a hacer de todo.

–¿Qué es hacer de todo?
–Si te digo de todo, es de todo: atendí un negocio; fui copiloto de micros escolares, era la que acompañaba al chofer y acomodaba a los pibes; trabajé en la barra de un boliche hasta que una noche se terminaron c... a tiros; y mientras hacía todo eso, estudiaba fotografía, imagen y sonido...

–Todavía no asocio nada a tu irrupción en la tele.
–Eso llegó después. Vino de la gráfica. A los 23 años saqué la revista Los Inrockuptibles, y un día me llamó Jorge (Guinzburg, claro, su mentor): quería probarme como notera para su programa La Biblia y el calefón. Fue muy gracioso el encuentro, porque lo primero que me pregunta es: “¿Vos te creés linda?”. Y yo le dije: “Creo que puedo ser Miss Ecuador”. Entonces él se rió, y yo sabía que estaba contratada.

–Querías seguir los pasos de tu hermana...
–¡Pero no! Me daba calor laburar en la tele. Al principio me ponía pelucas para que mis amigos no me reconozcan. De a poco cambié el gato por los apliques y después pasé a las extensiones. Me había vuelto loca. Recién me hice cargo cuando trabajé en Sabés o sonás, un ciclo de preguntas y respuestas que hacíamos con Federica en Canal 7. Igual, fue en Mañanas informales cuando me di cuenta de que tenía un lugar en la pantalla, de que mi paso por la tele ya no sería efímero.

–¿Se lo debés a Guinzburg, decís?
–Mucho le debo a Jorge. El es como mi papá. Me cuesta hablar en pasado. Jorge me guió, estaba cuando lo necesitaba, me mostró un camino. Aun en el mayor de sus líos, me escuchaba. Jamás competimos, siempre me hizo sentir que tenía red a su lado. Con él también formé una familia: pasábamos de diez a doce horas juntos por día y nos llevábamos increíblemente bien, y hasta compartíamos la cama con su mujer y mi hijo. A veces iba con Benicio y nos metíamos en la cama de Jorge y su mujer, a mirar la tele. Nos hicimos muy compinches. Nunca me imaginé que nos iba a dejar tan rápido. Para mí sigue estando. Lo extraño mucho, pero Andrea, que produce el programa y nos dirige desde el control, me hace sentirlo cerca todos los días.

–¿Pensás seguir con Mañanas informales el año que viene?
–No sé. Este año lo estoy haciendo para homenajear a Jorge, para seguir con el trabajo que él quería... Pero si no es eso, será otra cosa. Tengo proyectos de sobra.

–También tenés Million, tu restaurante...
–Lo inauguré hace ocho años y todavía no aprendí a preparar una maldita milanesa con puré. Soy pésima en la cocina. No plancho. Jamás hice un dobladillo. Para las tareas femeninas soy una inútil total: a mí mandáme a cambiar cueritos, a comprar radiadores, al aserradero y decíme Carlitos. Mi hermana fue quien me enseñó a parecer un poco más “señorita” para la televisión. Si fuese por mí, todavía iría de pantalones cargo y zapatillas.

–El que mucho abarca, se sabe, nada aprieta. Supongamos que llega alguien que no te conoce y pregunta a qué te dedicás. ¿Qué le respondés?
–Que soy fotógrafa. Ni la tele, ni la radio, ni el restó. Creo que sólo nombraría mi vocación: la fotografía. Mi abuela Isabel, que en realidad es la señora que cuidó de mi papá, fue mi gran musa. Le empecé a hacer retratos para saber más sobre mi viejo, que desapareció en la época de la dictadura, cuando yo tenía cuatro años. Tenía una carencia enorme de mi propia historia, y sus recuerdos de él me ayudaron a armarla. Mientras ella me hablaba de papá, yo escribía lo que me iba contando y le hacía fotos. Nunca fui buena con las letras. Por eso me dediqué a disparar mi cámara. Además, los errores fotográficos pueden llegar a parecer grandes obras de arte (ironía y sonrisa registrada de Ernestina Pais).

–¿Qué descubriste en esas charlas?
–Cosas de El Negro (así llamaban a José Miguel Pais, el viejo). De él heredé su carácter y su color. Después, físicamente soy igual a Milka, mi mamá. De ella también saqué el humor y la sonrisa.

–¿Cuándo te explicó que tu papá era uno de los 30 mil desaparecidos?
–Al principio no me lo explicó, porque eran épocas difíciles y no se podía decir que eras hija de un desaparecido. Entonces, de las puertas para afuera mi papá estaba de viaje. Adentro, nos decía que papá pensaba diferente a los que estaban en el gobierno y por eso se lo llevaron. Después, gracias a la popularidad, mucha gente que estuvo con él en los centros clandestinos se acercó, y pude reconstruir así un pedazo de lo que pasó. Sé que estuvo en la División de Policía de La Matanza. También, gracias al Equipo Argentino de Antropología Forense, me enteré de que hay más de 600 cadáveres sin identificar y que el de papá puede ser uno de ellos. Nos sacamos sangre y todo, pero la verdad es que aún no sabemos qué fue del viejo.

–¿Te duele hablar de esto?
–Para nada. Me hace bien. Si no lo tuviera masticado, no sé si hubiera podido formar la familia que armé.

–¿Cómo conociste a tu marido?
–Fue buenísimo: necesitaba fotos de Mimí Maura para mi revista, cuando veo que las de su disco estaban firmadas por un tal Alejandro Guyot. Lo llamé por teléfono y le pedí el material para publicarlo. Llegó a casa en su Torino verde. No usaba desodorante, y era una especie de reo cheto de San Isidro, y yo una rea auténtica. Nos quedamos hablando horas y lo corté, porque tenía que ir a cenar a Million y además tenía otra cita. Entonces, me fui en bicicleta de La Lucila hasta Paraná y Santa Fe. Al llegar le dije a Osvaldo, mi socio, que había encontrado al padre de mis hijos. Al rato lo veo entrar. Me quería morir, y me fui a cenar con él: al otro lo dejé plantado. Cuando terminamos de comer descubrí que él también se había venido en bicicleta. Nos volvimos en tren con las bicis y no nos separamos más. ¿Romántico, no?

–Muy. Sobre todo para una “chabona”, como vos te definís...
–Por suerte, Ale es la persona menos machista que conocí en mi vida. Mi estilo es muy difícil para un hombre, porque me encanta dar órdenes, soy cero sumisa y nunca histeriqueo. Para el hombre argentino soy casi una mala palabra. Antes de conocer a mi marido creía que nadie me iba a elegir para ser la madre de sus hijos.

–Encontraste la excepción...
–Encontré a una persona súper sensible, a un malcriado que entiende al sexo opuesto, porque es hermano menor de cinco mujeres. Todo eso hace que él no se sienta menos porque yo ocupe determinado lugar. Nunca levantó un plato de la mesa, pero se ocupa de todo lo que detesto hacer: cuidar los perros, llenar la heladera y mantener el jardín.

–El hombre ideal. Ya podés pensar en agrandar la familia.
–Pasa que esto de demostrar cómo ser madre, esposa, conductora, gastronómica, editora y fotógrafa sin morir en el intento me está matando. Me encantaría, pero si vivo un nuevo embarazo me gustaría que sea como el anterior, con tiempo para disfrutarlo.... Che, hace como una hora que me estás interrogando. Ahora, ¿me podés prestar tu teléfono? Creo que tengo derecho a hacer una llamada.

–Sólo si me decís con quién vas a hablar.
–¡Pero qué chusma! ¿Vos creés que yo puedo tener algo interesante para ocultar?

–Nunca se sabe...
–Quiero llamar a Andrea Stivel porque vamos a ir al teatro juntas. ¿Puedo...?

Arte digital: Gustavo Ramírez
Producción: Vicky Miranda
Maquilló: Mauricio Camilo para
Sebastián Correa con productos HR.
Peinó: Andrés para Roberto Giordano.
Agradecemos a: Milagros Resta Deco, Armani, Beleidades, Hieber, María Vázquez, Luna Garzón y Silvana.

Se levanta a las cinco  y le pega un codazo a Alejandro, su marido, para que lleve el mate a la cama. Así despierta Ernestina todas las mañanas.

Se levanta a las cinco y le pega un codazo a Alejandro, su marido, para que lleve el mate a la cama. Así despierta Ernestina todas las mañanas.

“Para las tareas femeninas soy una inútil total: a mí mandáme a cambiar cueritos, a comprar radiadores, al aserradero... y decíme Carlitos”

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“Con Mañanas informales me di cuenta de que la televisión no iba a ser pasajera, que ahí tenía un lugar. Hoy soy capaz de burlarme de mí misma sin sentirme ridícula”

“Con Mañanas informales me di cuenta de que la televisión no iba a ser pasajera, que ahí tenía un lugar. Hoy soy capaz de burlarme de mí misma sin sentirme ridícula”

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