“Me duele que la gente me insulte… Angeles era mi hija, y la extraño” – GENTE Online
 

“Me duele que la gente me insulte... Angeles era mi hija, y la extraño”

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Estuvo en el centro del torbellino, y muchos lo condenaron sin fundamento. “El padrastro tiene algo que ver”, dice Isabel, vecina de Palermo, 70 años, en la cola de la caja del Carrefour Express de Santa Fe casi Ravignani, a la vuelta del departamento donde vivía Angeles Rawson con su familia. Poco les importa que el martes 16 de julio el Banco Macro le enviara al juez Javier Ríos, que investiga el asesinato, un video en el que se deja constancia que el lunes 10 de junio a las 10.07 de la mañana (17 minutos después de que a Angeles se la ve llegar a su casa a través de una cámara), Sergio Opatowski (54) cobraba su pensión por viudez en la sucursal bancaria de Sarmiento y Reconquista.

La serenidad que mostró en las distintas notas televisivas que le hicieron los días posteriores a la muerte de Mumi –el sobrenombre de la chica de dieciséis años– lo condenaron tan a priori como injustamente. Tal vez por eso no volvió a hablar y se mudó junto a su familia. Primero a una casa que un hermano de su mujer, María Elena Arduriz, tiene en un barrio privado de Beccar, y luego a un departamento cercano a la estación de trenes de San Isidro.

Durante un mes nada se supo de ellos... Hasta que el jueves 18, Sergio tuvo que volver a su casa, porque su madre se cayó y su salud es muy frágil. Sin pelos en la lengua, el viernes apareció en escena y descargó todo lo contenido desde el día del crimen: “No tengo nada que ocultar, pero preferí guardarme. Con mi familia pensamos que lo mejor era el silencio, y dejar que la Fiscalía investigara todo lo necesario. Además, cuando salía a la calle... ¡la gente me insultaba!”.

–¿Por qué cree que tantos lo condenaron? –No sé. Me duele que pase eso. Angeles era mi hija. La conozco desde que nació, y la extraño muchísimo... Eramos muy amigos y estábamos muy juntos (se quiebra y llora). No puedo hacerme cargo de lo que piensa la gente. Es fácil opinar y decir cualquier cosa cuando el dolor no te toca en forma directa... Tan fácil como inevitable. –¿Pensó en irse del país con su familia? –De verdad, sí. Todavía lo estoy considerando. Se dijeron tantas cosas... Hay periodistas que por un punto de rating hacen y dicen cualquier barbaridad. Le dije a mi mujer que si esto sigue así, agarro mis cosas y me voy al extranjero. Tengo un departamento de tres ambientes en Punta del Este que está alquilado, pero pronto se vence el contrato. Lo estamos pensando, porque acá me robaron la vida, y parece que ni con eso les alcanza...

Sergio Daniel Opatowski nació el 31 de diciembre de 1958 en Capital Federal, y su primera mujer, Patricia Villegas, murió de leucemia hace una década. Juntos vivían en Córdoba 3316, en un departamento que hoy le alquila a Jerónimo, hijo que su actual mujer, María Elena, tuvo durante una relación anterior. Quedó viudo a cargo de Axel Ezequiel, entonces de 7 años, que tiene un retraso madurativo: comenzó a hablar a los 5 años. “Hoy tiene 17, pero razona como un chico de 14”, dice. Dueño de cuatro departamentos (tres en la Capital Federal y uno en Punta del Este), no tiene trabajo estable, pero vive gracias a la renta de esos inmuebles y a la pensión por viudez. Dedicado a la instrucción de la pesca con mosca, suele organizar viajes al Sur, donde enseña las distintas técnicas para atrapar las codiciadas truchas. También hace cobranzas para la empresa de fumigaciones que Ramiro, el hermano de su mujer, tiene en San Isidro. Sergio es dueño de una personalidad muy especial. Por ejemplo, es capaz de mostrarse razonable y contemplativo cuando habla de Mangeri (“si fue él hay que ayudarlo”), o de estallar con furia cuando alguien pasa por su edificio y le grita: “¡Qué bien que armaste tu coartada!”. En ese punto lo insulta y promete: “¡Voy a mandarte al hospital!”. Pero el sábado último, a la mañana, pidió disculpas y atendió a los medios en la puerta. Siempre con un cigarrillo encendido, aceptó todas las preguntas, y respondió.

–Imagino que el regreso a su casa fue difícil. ¿Pudo dormir anoche?
–No fue fácil volver... Vine el jueves y me costó entrar. Lo primero que me vino a la mente son los recuerdos de Angeles... La primera noche fue muy dura. Sólo por eso le pedí a Axel que me acompañara. El resto de la familia está resguardada en otro lugar, y espera poder retornar y retomar su vida.

–¿Cómo está María Elena, su mujer?
–Destrozada, muy triste. Cuando comprende que Angeles no estará nunca más con nosotros, no encuentra consuelo. Está muy contenida por la familia, por los amigos y por la Fe. Lo más doloroso es la noche...

–Con lo mediático que se volvió el caso, es imposible no prender el televisor y enterarse de algo, o de nada...
–La mayoría de la familia no mira televisión, para no engancharse. Yo, por ahí, veo algunas cosas a la noche. Pero a todos nos sorprendió la repercusión que tuvo el asesinato de Mumi. Se dijeron tantas cosas...

–Muchas lo involucraban a usted. Hubo gente que dijo haberlo visto empujando un contenedor. ¿Qué siente?
–Mucha impotencia. Esas barbaridades me afectaron muchísimo. Por ejemplo, que mis hijos dormían juntos... ¡Mentira!

–¿Cómo estaban instalados en la casa?
–Axel (17) y Juan Cruz (19) dormían en la habitación cuyas ventanas dan a la calle, y mi esposa y yo en otra habitación. Después está el comedor, la cocina, y detrás de la cocina hay otra habitación con baño privado y un patio: ése era el ámbito de Mumi.

–¿Por qué no intentó hablar antes para desmentir todo lo que se decía?
–Cuando empezaron a decir pavadas, decidimos quedarnos callados. Porque primero se dijo que yo era el principal sospechoso, después que con mi mujer éramos swinger, que yo había querido abusar de Angeles, etcétera. Inventos canallescos y sin sentido, pero que nos hicieron mucho daño.

–¿Qué pensó cuando encontraron restos del ADN de Mangeri en las uñas de Angeles?
–Quedé en estado shock. Nunca imaginé que Jorge tuviera algo que ver. Mangeri era un tipo bárbaro, muy macanudo, solidario, y nunca tuvimos problemas con él. Lo primero que nos preguntamos fue: “¿Qué le pasó a Jorge?”.

–Pero era una posibilidad: es el único imputado que tiene la causa.
–Sí, pero yo tenía muchas dudas al respecto. Cuando lo vi a Mangeri en la Fiscalía lo saludé, le pregunté cómo estaba y me contestó: “La policía me pegó”. Lo abracé y le dije: “Quedate tranquilo, que todo va a salir bien”. Me cuesta bajarle el martillo a Jorge, después de tantos años que nos conocemos. Creo que hay que investigar mucho más.

–¿Qué cree que pasó? ¿Cuál es la teoría que tiene la familia? ¿Piensa que a Angeles la atacaron en el hall de entrada, como afirma la fiscal?
–No, en el hall es imposible: se escucha todo y alguien tendría que recordar gritos o algo parecido. Además, con el movimiento de gente que suele haber a las diez de la mañana... ¡no hay manera de que no haya testigos! –Se lo pregunto porque usted siempre sostuvo que Angeles no había vuelto a su casa.
–Y lo sigo sosteniendo. Ella llegó a la puerta, pero nunca entró al departamento. Dominga estaba limpiando y la habría visto. Te puedo tirar mil conjeturas: por ejemplo, que volvió y Jorge le dijo que fuera hasta su departamento para darle unos papeles: la luz, el gas, las expensas... Pero lo cierto es que nunca volvió a casa.

–¿Volvería a hablar con Mangeri? ¿Iría a verlo a la cárcel?
–Por ahora no. Pero no tengo problema en ir a verlo. Si fue Jorge hay que ayudarlo, no tirarlo en una celda y abandonarlo. El que hizo esto es un tipo muy enfermo y necesita el apoyo de todos.

Sábado, diez de la mañana. Sergio Opatowski sale del edificio de Ravignani 2360, luego de pasar la noche allí. El y su familia dejaron el departamento hace un mes, para alejarse de la constante presión periodística.

Sábado, diez de la mañana. Sergio Opatowski sale del edificio de Ravignani 2360, luego de pasar la noche allí. El y su familia dejaron el departamento hace un mes, para alejarse de la constante presión periodística.

Tiempos felices: todos juntos tomando un café en el Starbucks de la avenida Cabildo, a pocas cuadras de su casa. A la izquierda: Jerónimo (hijastro), María Elena (segunda mujer) y Juan Cruz (hijastro) de Opatowski. A la derecha: Sergio, Axel (hijo suyo y de su primera mujer, fallecida) y Angeles.

Tiempos felices: todos juntos tomando un café en el Starbucks de la avenida Cabildo, a pocas cuadras de su casa. A la izquierda: Jerónimo (hijastro), María Elena (segunda mujer) y Juan Cruz (hijastro) de Opatowski. A la derecha: Sergio, Axel (hijo suyo y de su primera mujer, fallecida) y Angeles.

El viernes, Axel acompañó a su padre en el retorno al hogar.

El viernes, Axel acompañó a su padre en el retorno al hogar.

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