«Llegué tan alto que ya puedo decir: no quiero más» – GENTE Online
 

"Llegué tan alto que ya puedo decir: no quiero más"

Actualidad
Actualidad

Oreiro construyó su planeta en clave teen. Un planeta de diseño pop, divertido, algo aniñado, con canciones pegajosas y un toque de psicodelia, todo sostenido en un progresivo discurso ambientalista. Un planeta de colores, verdes furiosos, naranjas, muy flúo, de plásticos, capas y transparencias, y al que le sientan bien los diminutivos: flequillito, cuernitos, colitas (todos íconos estéticos de sus últimos discos). Finalmente, el amor y el matrimonio con una estrella rockera que un día se cansó del alcohol, bajó 20 kilos y se hizo vegetariano. El planeta Oreiro gira, y a su alrededor giran los fans de acá, giran los que están al otro lado del Río de la Plata y giran también los del otro lado del Atlántico, allá en esa tierra lejana y casi hermética para los latinos que es la vieja y fría pero al parecer ni tan vieja ni tan fría Europa del Este, donde el planeta Oreiro levanta la fiebre de checos, israelitas, polacos, húngaros y, más allá todavía, filipinos. Oreiro baila, sonríe blanquísimamente,
todo a su alrededor tiene una laxa sonoridad amarilla.


-¿Sos lo que la estética que elegiste dice que sos? 

-Yo voy a tener 80 años y me voy a seguir vistiendo así, llena de colores. Me da mucha luz. Y no sólo es la estética de un personaje. No es que me produzco para la foto, también en mi vida me lleno de colores, en la ropa, en el pelo… Siento que me levantan y me llenan de energía. En cambio, casi no uso negro, porque me apaga el espíritu.

-En la nota no se ve, pero en esta charla estás de blanco…

-Porque me relaja. En una playa, por ejemplo, no me pondría un verde ni loca, porque no podría relajarme.


-¿Dónde terminás vos y dónde empiezan tus personajes?

-La imagen de Kachorra, por ejemplo, la diseñé según el espíritu de la ficción, pero yo no me pongo margaritas en el cuerpo para ir por ahí. De todas formas la indumentaria o el estilo tiene que ver con mi personalidad, que es muy positiva. Si fuera depre, no podría vestirme así. 


-¿Nunca nadie te dijo "che nena, ¿no estás grande para hacerte colitas?". 

-Gente que opina con respecto a mi imagen pulula todo el tiempo a mi alrededor. Yo los escucho y les digo: "Sí, claro". Después me meto en el baño y me pego un tijeretazo en el pelo. Muchas madres me piden que no diga estas cosas porque después las nenas se agarran los pelos y se hacen desastres. Por otra parte, recién tengo 25 años. ¿Vos me ves muy grande?

-No es un juicio, es apenas una pregunta…

-A mí me fascina, por ejemplo, ver a las chicas bastante excedidas de peso que usan minifaldas por la calle. Me parece bárbaro…

-A la brasileña…

-¡Yo soy muy brasileña! Todas mis amigas me lo dicen, sobre todo con mi cuerpo. De pronto voy caminando por la calle, se me transparenta todo y la verdad es que no estoy pendiente de qué se me ve y qué no. 


-¡Qué curioso! Una uruguaya con alma argentina y que, sin embargo, se siente brasileña… 

-Es que tanto en Montevideo como en Buenos Aires hay una cosa muy fuerte con la ciudad, y yo, sinceramente, me siento libre cuando estoy en la playa o en la montaña. No me siento bien en las ciudades. Siento que, en mi caso, la ciudad tiene que ver con el desarrollo de mi carrera, pero si pudiese elegir, elijo la playa antes que el edificio.

Algún azar o predestinación une a Natalia Oreiro con el espíritu samba de la alegría brasileña. A los 12 años, cuando ya filmaba comerciales en Uruguay, formaba parte de un club de fans de Xuxa. Su entusiasmo militante, su figura y eso que algunos productores televisivos les gusta llamar "ángel" la llevaron a ganar el concurso súper Paquita. En 1992 fue una de las chicas uniformadas del
ilari lari é. Por entonces, todo lo que ganaba se le iba en pasajes y estadías en Buenos Aires, donde venía a intentar, casting tras casting, el trazo inicial de su carrera. 

El último día de 2000, sobre el filo del cambio de siglo, eligió Brasil para su más íntima celebración: su casamiento. A bordo de una pequeña embarcación, sobre aguas brasileñas, a orillas de la exclusiva isla de Fernando de Noronha, y con el anular izquierdo de cada uno tatuado con una estrella de mar a modo de alianza sobre la piel, Natalia y Ricardo Mollo se dijeron que sí, que aceptaban, se dieron un beso, tiraron un ramo al mar y cortaron la torta. El milagro natural del noreste brasileño los rodeaba enteramente.


-No sos todo el tiempo así, tan sonriente… ¿O sí?

-Yo no voy a hacer una nota con vos para decirte lo depresiva que estoy, porque entonces elijo no hacerla. 


-Me refería a cierto rasgo de normalidad fuera de cámaras…

-Claro que tengo problemas personales, como todos. Hay días que llego al canal y encuentro un montón de cosas que no me gustan, puedo tener problemas laborales, nunca falta alguien que te cag…, o alguna desilusión con un amigo o un familiar. Me puede pasar, ¿qué se creen?

-En el mercado mundial de la música se graban discos para reunir a las grandes divas. Las latinas arrasan, hay una presencia femenina muy fuerte que, sin embargo, en la Argentina no se refleja. ¿El rock, acá, es machista?

-Sí, creo que sí. Es más, creo que el pop es como el territorio permitido para las mujeres. Cuando los hombres hacen pop los ven a todos como gays. Y si una mujer hace rock, seguramente no será muy buena. Es prejuicioso y absurdo, pero es así como funciona, lamentablemente.


-Hace poco las Bandana decían que si iban a ver una banda de rock la gente del concierto las miraba mal. ¿Por qué las tribus del rock son tan terminantes?

-La gente crea las tribus, los periodistas crean las tribus, pero nunca los músicos. Nunca nadie del mundo del rock me ha mirado raro porque hago pop. Todos quieren separar y no se dan cuenta de que las mezclas son alucinantes: un negro de ojos azules, por ejemplo, me resulta increíble.

-Da la impresión de que hoy la gente les reclamara a sus artistas cierta cercanía, que sean más reales, o por lo menos que parezcan más reales. Ya no funciona tanto el divismo de la estrella inalcanzable. 

-Björk no parece muy real.


-Me refiero acá.

-Yo no pienso "acá", no analizo las cosas en esos términos. A mí me encanta que los artistas me hagan volar, me hagan salir de este planeta, me transporten al infinito. No me interesa que se parezcan a mi vecino.


-Vos, de todas formas, das muy cercana.

-En mis trabajos no me interesa parecer cercana o normal, porque sencillamente yo no soy una chica normal. Soy normal cuando me saco el maquillaje, las extensiones, vuelvo a mi casa y agarro la bicicleta. Para mi vida soy normal. En mi trabajo, no.


-¿Tu vida te deja ser normal?

-Yo me busco mi tiempo, mis ratitos de normalidad. Son altamente necesarios para no volverme loca.

-¿Cómo hacés cuando estás de gira?

-Hago yoga antes de los shows.

-¿Con eso te alcanza?

-Y con saber que a las dos horas eso se termina. Que en algún momento agarro mis valijas y vuelvo a mi casa.

-¿Cuál es el precio?

-A mí me encanta que me conozcan en Filipinas, pero para eso tengo que ir allá, sacarme fotos, concertar entrevistas, comprometer fechas de conciertos… Y así en cada lugar. Ese es el precio.

Mollo, habíamos dicho. Ex Sumo, líder de Divididos y guitarrista fundamental en la intensa historia del rock argentino. Mollo, ex de la rocker Erica García, actual esposo de Oreiro y, según jura Natalia, inocente absoluto de los riffs y las distorsiones que cruzan todo Turmalina, el último disco de la cantante.


-Me cuesta creer que Ricardo no tenga nada que ver con tu producción musical. No digo que haga los arreglos, pero alguna influencia tiene que haber…

-¿Por qué?

-Porque él es un guitarrista consagrado y vos en tus discos mandás las guitarras al frente, y están casados. Son demasiadas coincidencias.

-Será que yo no tengo ganas de contarlo. Me la paso diciendo que él no tiene nada que ver con mis discos, será que realmente no quiero decir cuánto tiene que ver Ricardo con lo que hago.

-Mi mujer es periodista y, la verdad, todo el tiempo nos estamos comentando las notas…

-Bueno, eso también pasa entre nosotros, desde luego. Es inevitable. Lo que no quiero contar es hasta dónde. Si eso no pasara entre Ricardo y yo, entonces algo estaría fallando en nuestra relación… Pero de verdad, él no tuvo nada que ver con los arreglos de Turmalina.


-¿Y entonces?

-Simplemente me fascinan las guitarras distorsionadas.

-¿Y por qué en tus discos anteriores no hay ninguna? De hecho, lo que predominan son los arreglos con vientos, más latinos.

-Es que yo tenía19 años y no tenía control sobre los arreglos. Hoy conozco más y puedo pedirle al productor lo que quiero. Igual en los shows: canto esas canciones que me recuerdan una época de mucha paz e ingenuidad que ojalá hoy tuviera. Todo era nuevo, todo estaba buenísimo y no tenía las presiones de hoy. 


-¿Extrañás?

-Mucho. Todos hablan de cuidar al artista, pero ¿cuidarlo de qué? Hay cosas que nunca entendí.


-¿Algo de la relación o el amor entre vos y Mollo está sostenido en la música?

-No, porque no nos conocimos tocando. Fue mucho más cool, por suerte. 


-¿Cómo?

-Amigos, digamos. Una de las mejores cosas que me pasaron en la música fue conocer a Ricardo.

-¿Qué le pasa al público de Divididos con vos?

-Yo me voy a la popular y me abrazo con todos. Vienen los pibes y me dicen: "¿Te puedo dar un beso?". Pero no por mí, sino porque sienten que así le están dando un beso a Mollo.


-¿Vas seguido?

-Es que ya me cansé de ver la banda desde atrás. Quiero saltar. Yo siempre fui de ir a conciertos y de gritarme todo. Además, los pibes son muy respetuosos.


-¿Y cómo son los del Este?

-Ellos saben que voy por una semana y entonces hacen todo para verme y tocarme. En Israel, donde la seguridad es tan fuerte, se genera un duelo personal entre el guardia y el fan. Ellos saben que si no se tiran de cabeza no consiguen nada. Entonces lo hacen. Muy pocos pasan, pero el que llega se me cae encima. Es un lugar muy heavy, te agarran fuerte, sin medir.


-¿Y el resto?

-Los checos son superrespetuosos, hacen cola para los autógrafos y no vas a ver ni uno que se salga de la fila o se adelante. No hay gritos ni desorden. Los polacos, los húngaros, son todos increíbles. Yo pensé que iban a ser muy fríos, siempre con tanta nieve y tan llenos de ropa. Parecen puertorriqueños.

Hace menos de un mes, en Miami, durante los MTV Awards Latinaomérica 2002, Shakira volvía a adueñarse de la fiesta al quedarse con el premio
Artista del año, entre algunos otros. En la platea, Oreiro y Mollo, nominados también, eran testigos de la noche. Un rato después, en la sala de prensa, Oreiro decía, volvía a decir: "Nunca voy a cantar en Inglés".


-¿Este es tu techo?

-Yo llegué a un lugar tan impensado y tan grande que puedo decir sin dudarlo: no quiero más.

-¿Es una renuncia al gran mercado internacional?

-No, porque no se puede renunciar a lo que nunca te interesó. Tengo un montón de mercados ya y la verdad, me importan un car… Otros me dicen que estoy desinflando todo un sector comercial. Sí, lo sé. ¿Y qué?

-El salto de Shakira, de Latinoamérica al mercado mundial, no te interesa…

-Admiro muchísimo a Shakira, y admiro ese salto que dio, pero tuvo que cantar en inglés, lo que no me parece mal, pero a mí no me haría feliz. No tengo esa ambición.

-¿Y cuál tenés? 

-Prefiero que un ruso cante en español.


-¿No te quieren matar los productores?

-Obvio, si hasta quieren que me vaya a vivir a Miami, pero yo me muero de tristeza en Miami. ¿Qué hago allá? Es que para ellos es un negocio, pero para mí es una elección de vida.


-¿Qué hay adelante para vos?

-Yo pensaba que mi carrera iba a terminar a los 30. 


-Tenés 25.

-Sí… Me parece que a los 30 no voy a tener ganas de dejar.

por Alejandro Seselovsky
fotos: Claudio Divella
producción: Sofía Delger y Florencia Maidana
maquilló: Clara Stornini
peinaron: Diego Impagliazzo y Margarita para 
Impagliazzo-Lamensa

Cuatro metros y medio de largo. Cincuenta kilos de peso. La boa se enrosca sobre el cuerpo de Natalia. Al principio se me secó la boca del susto, pero después creo que nos fuimos haciendo amigas", dijo Natalia, quien pidió especialmente diferentes reptiles para hacer la producción de esta nota. ">

Cuatro metros y medio de largo. Cincuenta kilos de peso. La boa se enrosca sobre el cuerpo de Natalia. "Al principio se me secó la boca del susto, pero después creo que nos fuimos haciendo amigas", dijo Natalia, quien pidió especialmente diferentes reptiles para hacer la producción de esta nota.

Yo me voy a la popular de Divididos y me abrazo con todos. Vienen los pibes y me dicen '¿te puedo dar un beso?'. Pero no por mí, sino porque sienten que así le están dando un beso a Mollo"">

"Yo me voy a la popular de Divididos y me abrazo con todos. Vienen los pibes y me dicen '¿te puedo dar un beso?'. Pero no por mí, sino porque sienten que así le están dando un beso a Mollo"

Más información en gente.com.ar

Comentarios

Vínculo copiado al portapapeles.

3/9

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Ant Sig