“Las mujeres ya no esperamos: cuando queremos algo, salimos y la peleamos” – GENTE Online
 

“Las mujeres ya no esperamos: cuando queremos algo, salimos y la peleamos”

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El personaje la opacó. Y eso, en una diva, no es poca cosa. No la cela, cuenta. Al contrario, jura estar de lo más orgullosa. Además, entiende, hasta le conviene. Porque a la hora de las preguntas antipáticas, esas que la sorprenden en cualquier momento y en todo lugar, ya nadie quiere saber para cuándo los hijos o el casamiento con Ricardo Mollo (49, voz y guitarra de Divididos, su pareja en la vida), y sí, en cambio, piden conocer su romántico final con Martín Quesada (Facundo Arana, 30, actor, su amor en la ficción de Sos mi vida, la comedia éxito de Pol-ka). Digamos que en estos tiempos de éxito y popularidad, la seductora boxeadora le vino de maravillas…

Natalia Oreiro está en el estudio, lista para las fotos: capa de lentejuelas, pantalón ídem, corpiño, guantes de box. Ni para las notas, puede (o quiere) sacarse a La Monita de encima.

–Es que en la calle me gritan ‘Mono’ o ‘Monita’. Ya nadie me dice Natalia. Mucho menos Oreiro. Ni yo puedo creer todavía cuánto pegó la novela en la gente. Espero que mi carrera sea larga, pero éste es el personaje más importante que hice hasta hoy. Sí, lejos, sin dudas… No sabés cuánto la voy a extrañar el día que terminemos con las grabaciones…
–Será cuestión de que empieces a despedirte…
–Es pronto todavía. Termina a fin de año. Dejáme disfrutarla un poquito más. Con La Monita me levanto todos los días a las cinco y media de la mañana sabiendo que me voy a reír y divertir muchísimo. Tiene muchas situaciones dramáticas también, porque fue abandonada por su mamá, nunca conoció a su padre, sufre por amor y es discriminada por su profesión y por su clase. Jugamos con esos opuestos todo el tiempo, pero la base del personaje es cómica. Y lo es al extremo...

–Hecho a tu medida.
–Totalmente. La Mono fue pensada y escrita para mí, gesto que le agradezco a Adrián (Suar) y a los guionistas que me llenan de color y explotan al máximo mi faceta de comediante. Es increíble el público: me para por la calle gente de todas las edades y clases sociales. Me enamoré de mi personaje, de la tira. Sería extraño que no pasara, ¿no? Porque llevamos 210 capítulos grabados, como doce horas de trabajo por día, sin contar el tiempo que le dedico al maquillaje y a mis clases de boxeo… Imposible no encariñarte con un personaje que te lleva tanta energía construir.

–¿Y te la llevás a tu casa o lográs despegarte de ella?

–No, va conmigo a todos lados. Cuando llego a casa miro la novela para disfrutarla, para ver a los otros personajes, que están todos fantásticos y me divierten también… Me parece bueno mirarte para corregirte, pulir o explotar ciertas cosas que gustan más. También leo el guión del día siguiente. Hoy somos una sola.

–¿Te reconocés tan sexy y jugada…?
–Sí, la Monita es medio atorranta (carcajadas)… Yo no. Ella es una mujer que no tiene culpa, que va con el corazón, que lo que tiene que decir lo dice, se sabe bruta y se hace cargo, es súper femenina, le gusta gustar, es muy fiel, pero mirona a la vez…

–¿En qué se identifican las argentinas con ella? ¿Te lo dijeron?
–En que las mujeres ya no esperamos: cuando queremos algo salimos y la peleamos. Estamos cada día más independientes y avasalladoras, no dudamos en ir al frente. Decimos todo lo que pensamos, nos arreglamos para gustarnos a nosotras mismas y hasta nos animamos a encarar a los hombres. Abandonamos por completo el rol pasivo. Hoy ninguna espera a que venga el marido con la plata para preparar la cena. Sale ella misma a ganarse el pan. Y además de trabajar, crían a sus hijos, se ocupan de la casa… La Monita es así, una luchadora nata.

–Eso asusta al hombre…
–A mí no me pasó. Jamás salieron espantados.

–Pero vos deberías asustar el doble: ¿quién se te anima siendo linda, exitosa, atrevida y, encima, popular?
–Será que yo los busco fuertes. No podría estar con un hombre débil. Los elijo con más personalidad que la mía, o igual. Quizá si me fijara en un estudiante de abogacía, el pobre huiría. No lo sé, porque nunca me fijé en alguien así. Y no tengo nada contra los abogados, eh. Que se entienda el ejemplo…

–¿Encaraste alguna vez? ¿O no sos tan osada?
–No, jamás encaré a un hombre. Y no por vergüenza. No me dieron tiempo: cuando miré, ya me estaban mirando. ¡Re-agrandada la mina! (risas). Y tampoco tuve muchas historias.

–¿También te vestís para llamar la atención?
–La Monita no es flaca: es una mina con curvas, más real. Y me parece que está bueno realzar lo que uno tiene. Ella se pone push up y lo dice. Se sabe culona y lo explota. Ella se hace cargo de su cuerpo y lo vive con naturalidad.

–¿Se haría lolas si tuviera plata?
–No, no. De hecho, grabó una escena en que su amiga Kimberly (Fabiana García Lago) cobra una herencia que la convierte en millonaria y le ofrece regalarle una cirugía. Pero La Monita le dice: “No, a mí déjenme así, que con mis limones no me ha ido tan mal…”. No, La Monita no se cambiaría nada.

–¿Y vos…?

–Yo tampoco. Igual, si un par de lolas te hace sentir más segura y más sexy, me parece genial. Pero si te operás por los demás, sonaste. Yo la llevo muy bien: hasta me doy el lujo de andar sin corpiño, que es muy cómodo y me encanta.

–Igual te cambió el cuerpo...
–No. Siempre estuve igual.

–Se te ve más fibrosa.
–Eso puede ser. Por el box será… También hice mucho circo antes. El ejercicio pudo influir. Igual, por ahí queda tonto decirlo, pero el tema del físico nunca me quitó el sueño. Mis prioridades en la vida pasan por otro lado. Trato de cultivar y conservar mis afectos: la pareja, los amigos, la familia, crecer en el trabajo.

–¿Cómo venís con el boxeo?
–Para el Luna Park… En el último capítulo peleo con Marcela (la Tigresa Acuña, 29 años, boxeadora profesional). Será la gran final. Pegué muy buena onda con ella. Empezamos a entrenar juntas tres meses antes de que largara la tira. Fue todo un placer conocerla a ella y a su marido Ramón. Son gente muy sencilla, humilde de corazón, muy apasionados por su profesión…

–¿La viste en Bailando por un sueño III?
–Sí, obvio. Soy una fana de la Tigresa. La banco a morir.

–Supongo que estuviste llamando para que se quede en el programa, entonces.
–No, no pude. No tengo celular.

–¿No tenés qué…?
–No tengo celular. Pero tampoco tengo Internet, porque ni siquiera tengo computadora. No quiero auto. Ni más manager. No uso reloj. Sólo dependo de mi agenda, una de hojas, tipo de carnicero… ¿La querés ver?

–Claro.

–(Va hasta su bolso y la trae: son dos tapas de cartón, con un corazón bien teenager y rosa en la tapa, con unas 50 hojas en su interior…) Acá anoto los teléfonos, los horarios de grabación, las direcciones, los compromisos, todo…

–Sos demasiado hippona para ser una diva…
–Sí, pero no intento conservar una postura hippie: siempre fui así. Y cada vez que intento cambiar, me arrepiento. Hace un año y medio que no tengo manager. Decidí manejar yo misma todo lo que tiene que ver con los contratos y las ofertas de mi carrera.

–¿No es un poquito estresante tener que lidiar con eso también?
–Sí. Pero más estresante es tener que lidiar todo el tiempo con otra persona que tiene otros intereses y no sabe qué querés. Me cansé de eso. Sólo una vez usé celular. Me lo regalaron y lo cargué en mi bolso porque, según todos, era algo imprescindible. A la semana me fui a Brasil y cuando oí la musiquita en medio de la playa lo revoleé al mar. Yo no quiero que todo el mundo sepa dónde estoy. Además, te llenan de reproches: si lo tenés apagado, después tenés que contar por qué, y si te dejan un mensaje, te ves obligada a contestar. ¡Ma sí! ¡Lo tiré! ¡Me sacaba! Y el contestador de mi casa también: lo escucho cada dos días… Yo soy así. Al que le guste, bien, y al que no, que me disculpe…

–Oreiro, ¿cómo te ubican en una emergencia? Imposible…
–No, me ubican. No sé… Cuando pasa algo malo siempre te encuentran. Y si es algo bueno y me enteré tarde, no era para mí. Jamás perdería mi tiempo en e-mails y mensajitos de texto. La electrónica no va conmigo.

–¿Cómo te imaginás en la vejez?

–Sin celular, por supuesto, y llena de arrugas. Ojalá, descansando. Sigo teniendo aquel viejo sueño de comprarme una isla en Brasil. En realidad es simbólico: significa el contacto con la naturaleza, aunque ese sitio sea un campo. Siempre tuve la necesidad de una tranquilidad muy fuerte. Así como soy muy extrovertida y charlatana con la gente, en la intimidad muestro lo contrario: llego a casa y me descalzo, ando silenciosa, tranquila, muy conectada con mi yo interior. Si no, trabajo. Estoy grabando mi nuevo disco en el estudio que tenemos en casa. No sé ni cómo se llamará, ni si gustará. Sí que será muy personal, muy mío.

–Al menos contás con un buen asesor…
–Ricardo influye en todo lo que hago. Está conmigo siempre.

–¿Le pedís su opinión?
–No. La da sin que se la pida. El está en todo lo que hago, aunque no sea su palo. Opina y me apoya siempre.

–Se los ve tan distintos… ¿Cómo hacen para combinar tu personalidad de huracán con la de él, que es tranquila y…?
–(Interrumpe) Estás tan equivocada… Me sorprende la imagen que tienen de Ricardo y de mí. Ni él es tan callado y reservado, ni yo tan polvorita y extrovertida. Igual, no quiero matar ningún mito: que cada uno se haga la novela que quiera. Todavía reniego de los que hablan de mi vida privada, pero es el precio de este trabajo. No lo acepto. Simplemente, trato de trabajar para ignorarlos. Algo que, por supuesto, no siempre logro…

“<i>Jamás encaré a un hombre. Y no por vergüenza. No me dieron tiempo: cuando miré, ya me estaban mirando. ¡Re-agrandada la mina! (carcajadas)... Pero es así</i>”

Jamás encaré a un hombre. Y no por vergüenza. No me dieron tiempo: cuando miré, ya me estaban mirando. ¡Re-agrandada la mina! (carcajadas)... Pero es así

“<i>Ya nadie me dice Natalia. En la calle me gritan ‘Mono’ o ‘Monita’. ¿Celos…? Para nada. Me halaga. Es el personaje más importante de toda mi carrera y no sabés cuánto la voy a extrañar</i>”

Ya nadie me dice Natalia. En la calle me gritan ‘Mono’ o ‘Monita’. ¿Celos…? Para nada. Me halaga. Es el personaje más importante de toda mi carrera y no sabés cuánto la voy a extrañar

“<i>Las mujeres estamos cada día más independientes. Decimos todo lo que pensamos, abandonamos por completo el rol pasivo y hasta nos animamos a encarar a los hombres</i>”

Las mujeres estamos cada día más independientes. Decimos todo lo que pensamos, abandonamos por completo el rol pasivo y hasta nos animamos a encarar a los hombres

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