La vida y los prodigios de la Pulga de Oro – GENTE Online
 

La vida y los prodigios de la Pulga de Oro

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Dentro de muchos, muchos, muchos años, en muchos, muchos, muchos rincones de la Tierra, muchos, muchos, muchos hombres les contarán a sus hijos y a sus nietos que sí, que fue cierto, que aquella noche, bajo el mismo cielo de Roma que cobijó la grandeza y la miseria de los Césares, un chico bajito y casi frágil se elevó hasta más allá de lo posible, tocó con su cabeza la pelota con precisión digna de una nave espacial lista para hollar el suelo de un remoto planeta, “y el arquero, te juro, simplemente la miró entrar en el ángulo, más asombrado que vencido, y el Barcelona fue campeón de Europa, y…”.

Luego, despertadas la intriga y el suspenso, dirán esos hombres que Lionel Andrés, rosarino, venido al mundo el veinticuatro de junio del ochenta y siete, apenas cumplidos los cinco años y de la mano de su abuela Celia, llegaba a la pequeña cancha, casi un potrero, del Grandoli, mínimo club de barrio, y que la leyenda no miente: “La pelota y sus piernas, tan flaquitas, habían nacido para encontrarse, amarse, y no separarse jamás… Sí, es cierto, empezaron a llamarlo La Pulga, pero no sólo por su poco más de un metro: también, y más que nada, por su astucia y su tenacidad”. Sí, y también hablarán de aquello. De esa mala pirueta de sus hormonas, que parecía condenarlo a petiso eterno, a no apto para el fútbol –por eso lo rechazó River Plate, con pena…–, y de los imposibles novecientos dólares por mes que costaba el tratamiento para que sus huesos y su carne se estiraran, y del viaje a la española Lérida, donde unos Messi parientes vivían, para ver qué pasaba.

Y hablarán, con detalles novelescos pero ciertos, de ese precontrato que un hombre del Barcelona escribió en una servilleta con tal de no perder al chico-pulga, y de aquellas inyecciones que “me hacían crecer –recordaría Lionel Andrés, Lio–, pero con terribles dolores, sintiendo cómo se estiraban mis huesos, y rogando llegar a ese metro sesenta y ocho que por fin alcancé, hasta que…”. Hasta su primer gol, su primera obra de arte como profesional: primero de mayo, temporada dos mil cuatro/dos mil cinco, contra el Albacete Balompié, a sus diecisiete años, diez meses y diecisiete días, prólogo o primer capítulo de la saga, la leyenda, la magia interminable…

Llegarían, muy pronto, los honores y la gloria. Llegarían sus dos goles maradonianos: víctimas, el Getafe y el Espanyol, en el dos mil siete. Lo demás, lo que siguió, es abrumador… Seis campeonatos nacionales, cinco copas internacionales, veintiocho galardones (desde el Balón de Oro hasta el de Goleador de la Liga de Campeones de la UEFA), todo en apenas tres años. A esa altura, los hijos y/o los nietos y acaso los bisnietos de esos hombres que tuvieron el privilegio –la fiesta, en verdad– de verlo jugar, seguirán preguntando.

Pero antes, atención a esa palabra: jugar. Porque Lionel Andrés, Lio, La Pulga, siempre jugó en el mejor y más noble sentido de la palabra. Sin dramatizar. Sin confundir al fútbol (“El más bello deporte del mundo”, como tantos pensadores y hasta profundos filósofos han definido) con una operación de vida o muerte, como una tragedia sobre el césped –como lo son toro y torero sobre la arena–, como un negocio de miles de millones de dólares antes que una diversión, como un trabajo comparable al de un minero o un estibador. No, nunca. Para él, para Lionel Andrés Messi, la pelota, el área, el arco, fueron, son y serán no menos que el placer de remontar un barrilete rumbo al sol, acertarle muchas veces al hueco del balero o conseguir la figurita difícil. Y lo prueban las cámaras, las implacables cámaras de la tele: convirtiendo, o errando, o recibiendo furibundas patadas de impotentes defensores, muchas más son sus sonrisas que sus rictus de amargura…

Sabiamente supo, desde los días del potrero hasta sus veintiún años del prodigioso salto y la implacable cabeza en la noche romana de hace unos días, y más allá de su ya casi incalculable fortuna, que vino a este mundo a jugar, y que será eternamente un homo ludens, y que acaso no hay mayor felicidad que –en eso– ser el mejor del mundo. Y que nadie se equivoque, como suele ocurrir con los grandes que visten camisetas de colores, pantalones cortos y sofisticados botines de millonarias marcas. Que no lo atormenten con preguntas imposibles de responder (“¿Quién ganará? ¿Vas a hacer hoy un gol?") ni con forzadas opiniones sobre política, ecología o el Destino del Hombre y de la Humanidad. Seguramente piensa en esas cosas. Seguramente lo preocupan. Seguramente ha sacado sus conclusiones. Pero en la boca del túnel y ante un estadio rugiente de ochenta o cien mil personas, sólo quiere, y tiene que, y debe demostrar que “este jueguito se inventó para mí”: la misma frase que un día, en La Habana y a los seis años, José Raúl Capablanca, acaso el mayor ajedrecista de la historia, les dijo a su padre y a su tío luego de derrotarlos en apenas unos minutos.

Desde luego, ya fascinados con la historia del héroe, los hijos, los nietos y acaso los bisnietos, más allá de las mil filmaciones que registraron las mil maravillas de Lionel Andrés con la pelota, querrán saber más. Pero entonces, ¿qué decirles? Que sus piernas flacuchas tenían la fuerza de un cañón, que entre su mente y su cuerpo no había siquiera un milésimo de segundo de pausa, que caía y se levantaba como si un resorte invisible lo impulsara, que… Pero nada de lo que se recuerde, se diga, se exalte, se magnifique, alcanzará a ser la verdad. Porque la verdad de su juego fue, es y será, hasta el día en que juegue su último partido, un misterio. Un insondable y feliz misterio que, como otros tantos enigmas, no tienen otra explicación que dos breves palabras: “No sé”. Es decir, lo mejor del misterio. Después del triunfo del Barça sobre el Manchester en Roma, el estadio catalán Nou Camp vivió la fiesta más grande de su historia, con un protagonista casi exclusivo: Messi (en el centro)… que hasta cantó, rodeado por sus compañeros. En primer plano, las tres copas de la triple hazaña.

Después del triunfo del Barça sobre el Manchester en Roma, el estadio catalán Nou Camp vivió la fiesta más grande de su historia, con un protagonista casi exclusivo: Messi (en el centro)… que hasta cantó, rodeado por sus compañeros. En primer plano, las tres copas de la triple hazaña.

Lionel al año, en su casa de Rosario.

Lionel al año, en su casa de Rosario.

Messi y su compañero Andrés Iniesta con la copa (La Orejona, la llaman), y un mar de ávidos fotógrafos.

Messi y su compañero Andrés Iniesta con la copa (La Orejona, la llaman), y un mar de ávidos fotógrafos.

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