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La vida secreta del ministro desconocido

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Nos dijeron que no podíamos hablar”, se disculpa Mariana (29), la hija mayor del nuevo ministro de Economía, Carlos Rafael Fernández (54). Y cierra la puerta de la reja de su casa de Bernal. Casi sin darse cuenta, le contó a GENTE la primera orden que recibió el reemplazante de Martín Lousteau. La tapa del sábado de Clarín (donde titularon con uno de sus dichos de la mañana de la asunción: “Estoy preocupado por la economía”) sonó, a oídos del Gobierno, como una señal de alarma, una inaceptable inocencia verbal del flamante miembro del gabinete. Se sabe: para Néstor y Cristina, todo anda sobre ruedas. Y los males, en todo caso, son culpa de otros.

Ese sábado 26, el primero como ministro, Fernández se recluyó. Trabajó durante la mañana, descansó un poco, almorzó recién a las cuatro menos cuarto de la tarde, y luego volvió a sus papeles. A media tarde llegaron tres amigos de su hijo Camilo, parte de Arthois, su banda de heavy metal. Y surgió la incógnita: ¿cómo haría Fernández para concentrarse y pensar en combatir la inflación con el rock’n’roll invadiendo toda la cuadra?

Al día siguiente, domingo, la rutina fue similar. Sólo que, al mediodía, en el quincho humeó un asadito. Y que, a las seis y cuarto de la tarde –después de la visita de Leonardo Soriano, su secretario privado– partió, vestido con camisa y pantalón beige, rumbo a la Quinta de Olivos, donde tuvo una reunión con el matrimonio presidencial, para delinear el rumbo de su gestión y definir sus colaboradores. Para eso, Fernández sondeó a su gente de confianza, pero no todos aceptaron acompañarlo. Alguien que compartió algún despacho bonaerense con él le confió a GENTE: “Carlos es muy reflexivo y capaz. Nunca toma decisiones si no son a fondo, aunque muchas veces, por los cargos que ocupó, no lo pudo hacer. Pero es exigente como jefe, bastante rompe... Y, con dolor, le dije que no, porque no comparto las circunstancias en las que debe asumir”.

Las “circunstancias”, se sabe, tienen nombre y apellido: el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, que ya marcó las muescas de cuatro ministros (Lavagna, Miceli, Peirano y Lousteau) en la culata de su revólver y es, a ojos de Néstor Kirchner, más útil que sus superiores en Economía. Y, aunque el ex presidente considera a este nuevo Fernández –el tercero del gabinete– un hombre de su confianza (desde que, a cargo de las finanzas provinciales, le cantó con exactitud la recaudación del día ante su sorpresiva pregunta), Moreno, por ahora, es intocable.

MI NOMBRE ES MISTERIO. Amante del bajo perfil, es difícil rastrear el pasado de Fernández. En los primeros días en función no hubo crónicas que detallaran su vida, la que guarda con mucho celo. Esta es la primera biografía sobre este hombre misterioso, que tendrá la difícil misión de controlar un monstruo: la inflación.
Nació en La Plata el 5 de agosto de 1954. Allí, sobre la calle 10, aún vive Nidia, su madre. Hincha fanático de Gimnasia y Esgrima, se rebeló contra la decisión del club de abandonar el Bosque y jugar en el Estadio Unico: no fue más a ver al Lobo. Hasta hoy conserva amigos de la infancia, como Horacio Larcamón, con quien además trabajó en la función pública –cuando estuvo en la Secretaría de Hacienda de la Nación durante el gobierno de Raúl Alfonsín– y que ya forma parte de su equipo de asesores. Allí, en su ciudad natal, también trazó los palotes de su destino: en 1972 comenzó a estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas. En agosto de ese mismo año rindió su primer examen final: aprobó Lógica y Metodología de las Ciencias. Se recibió, después de seis años y cinco meses, el 19 de mayo de 1979, cuando obtuvo un 6 en Política Económica I, su última materia. El decano actual, Luis Spuriatti (65), dice que Fernández era un buen alumno, aunque se niega a brindar su promedio general: “Sí le puedo decir que en los dos seminarios que tiene la materia –Teoría y Técnica Moderna e Investigación Económica–, y son obligatorios para recibirse, se sacó un diez”. Y aun en una época dura –y a diferencia de la pareja presidencial y varios integrantes del Gobierno–, nadie lo recuerda como partícipe de la política universitaria en los claustros platenses.

AMOR EN EL TRABAJO. En 1983 comenzó su actuación pública en la Secretaría de Hacienda del Ministerio de Economía de la Nación. Allí, entre papeles y números, se enamoró de una compañera de trabajo: su segunda mujer, Mirta Basile –una rionegrina de Villa Regina, recibida en la Facultad de Economía de Mar del Plata, consultora en Finanzas Intergubernamentales y Políticas Públicas de organismos como el BID y el Banco Mundial–, con quien tiene dos hijos: Camilo (19, que hizo el secundario en el Instituto República Argentina, en Bernal) y Carla (13, que va a la Nueva Escuela del Sur, a pocas cuadras de su casa). Fernández se había separado unos años antes, y de su primer matrimonio nació Mariana (29), que está a punto de recibirse de ingeniera agrónoma. La familia se completa con un perro de raza bretona, Pocho, que alguna vez se les perdió durante tres meses y que encontraron vagando por Quilmes.

Mirta, que el viernes lloró de emoción cuando su marido juró a las 19.23, le contó a GENTE: “Esto nos tomó por sorpresa, pero todos lo vamos a apoyar en su tarea”. Quienes conocen a la pareja desde hace años cuentan que en los primeros tiempos fue ella el principal sostén del hogar, y que descollaba en su tarea. Hoy, esta mujer de apariencia frágil, sencilla, con sólidos conocimientos de inglés (que solía repasar en cursos de conversación en un instituto de Bernal), es asesora de la Subsecretaría de Relaciones con las Provincias del Ministerio de Economía, a metros de su marido.

Más tarde, el nuevo ministro pasó por la Tesorería General de la Nación. Y luego, entre 1989 y 1997, por la Dirección de Coordinación Fiscal con las Provincias, cargo que le permitió recorrer todo el país. Algo que ya no puede hacer, aunque le gustaría, pero con su caña de pescar. Pasión que despunta, de vez en cuando, en sus lagunas preferidas, Los Horcones y la Salada Grande, cerca de General Madariaga. Para las vacaciones, el trecho es más largo: suele viajar al Sur, donde su mujer tiene familiares. Tras aquel cargo, su carrera fue en rápido ascenso: asumió como subsecretario de Política y Coordinación Fiscal, en el 2003 fue subsecretario de Relaciones con las Provincias, en el 2006 reemplazó a su amigo Carlos Mosse como secretario de Hacienda y al año siguiente ocupó el lugar del ministro de Economía bonaerense, Gerardo Otero. Este, precisamente, cuenta que “Felipe Solá me preguntó por él, porque como el kirchnerismo quería a toda costa que Carlos estuviera en mi lugar, Felipe dudaba un poco. Le dije que era la mejor persona para reemplazarme, con la personalidad y convicción para no hacer nada de lo que no esté convencido”. Pero ganó Scioli y no lo ratificó en el cargo. Entonces, Alberto Fernández lo rescató para la Subsecretaría de Evaluación Presupuestaria hasta que, ante la salida de Alberto Abad, el 18 de marzo de este año, recaló como titular de la AFIP.

GENTE DE BARRIO. Los Fernández viven desde hace dos décadas en Bernal, al 200 de Rodríguez Peña, a un par de cuadras del centro. Su casa (dos plantas, quincho, pileta, garaje para dos autos y un jardín con plumeritos, cañas y grama bahiana, un césped que cuesta 20 pesos el metro cuadrado), descuella en un barrio de casas bajas, más modestas. Cuentan los vecinos que fue reformada a causa de un drama al que el ministro no fue ajeno: la inseguridad. Dos veces entraron ladrones, que treparon sin dificultad la reja que dominaba el frente. Por eso decidieron cerrarles el paso a los rateros con el garaje. Pese a todo, y contra el pedido de muchos habitantes de su cuadra, desechó tener custodia cuando fue ministro de Economía de Felipe Solá.

Enfrente, una fábrica de film de polietileno da el toque industrial al lugar. Hasta allí llega, todas las mañanas a las 6, Juan Carlos, el canillita, quien cuenta que de lunes a viernes le deja Clarín, los sábados suma Perfil y El Día, de La Plata, y el domingo, todos los diarios excepto Popular y Página/12. Sus vecinos más cercanos lo respetan mucho. Pero dicen que lo ven poco por la calle. Ni en la panadería La Argentina, ni en el minimercado de Belgrano y Boedo, donde la familia hace las compras diarias, lo registran.

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El sorpresivo ministro arrancó con pocas frases, como es su costumbre. “Nada va a cambiar”, dijo, y encendió una luz amarilla. Sin embargo, el lunes 28, a las diez de la mañana, al salir de su casa, aseguró: “Yo trabajo, muchachos; voy a aportar todo lo que pueda para este país que quiero mucho”. Y entonces, le abrió una pequeña hendija al crédito.

Lunes, 10 horas. De su casa de Bernal, de traje gris –como en su asunción–, Fernández parte hacia su primer día de tareas en el Ministerio de Economía. Parco, dijo que quiere mucho al país.

Lunes, 10 horas. De su casa de Bernal, de traje gris –como en su asunción–, Fernández parte hacia su primer día de tareas en el Ministerio de Economía. Parco, dijo que quiere mucho al país.

Viernes, 19.23 horas. Cristina Fernández de Kirchner toma juramento a Carlos Fernández. Luciano Miguens, de la Sociedad Rural, y Mario Llambías,  de Confederaciones Rurales, fueron invitados al Salón Blanco. Un buen gesto.

Viernes, 19.23 horas. Cristina Fernández de Kirchner toma juramento a Carlos Fernández. Luciano Miguens, de la Sociedad Rural, y Mario Llambías, de Confederaciones Rurales, fueron invitados al Salón Blanco. Un buen gesto.

Los Fernández recibieron con sorpresa la designación del jefe familiar. Incómodos ante la irrupción de los medios en su vida, intentaron seguir con sus rutinas.

Los Fernández recibieron con sorpresa la designación del jefe familiar. Incómodos ante la irrupción de los medios en su vida, intentaron seguir con sus rutinas.

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