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La última de las supermodels

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Dónde están todas las demás? Es decir, esas chicas de la era supermodel –Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Christy Turlington, Linda Evangelista, Stephanie Seymour– de principios de los 90, donde ser modelo era algo realmente súper. Ahí, Kate era una de ellas. Y hoy, mientras las otras no desfilan, se casan con millonarios, crían hijos o sacan turno para inyectarse botox –además de que últimamente ser modelo no es algo tan fabuloso–, Kate, bueno, sigue siendo ella misma. Algo así como la última de su raza. A los 33, no muchas de su gremio se la pueden bancar tan bien posando en ropa interior. Ella lo acaba de hacer para la última campaña de Agent Provocateur, definitivamente la línea de lingerie más chic y cachonda de plaza.

Todos sabemos que la chica tiene algunos problemas: las drogas –que, dice, jura, las dejó–, el alcohol –que le cuesta dejar–, y su novio, el rockero Pete Doherty, cantante de los Babyshambles, que se pasa seguido de droga, de alcohol –clichés rockeros que ya aburren–, y al cual Kate, por el momento, no deja.

El martes 16 ella cumplió 33 en Londres. Entonces, lógicamente, party. Empezó a eso de las 19, en su casa de Primrose Hill, adonde llamó a unos amigos, que comenzaron a brindar con champagne. Y después de tardar tres horas en decidir qué ponerse –un par de jeans ajustados y un saquito– se fue a cenar ostras y champagne con Pete al Scott’s Oyster Bar. Ahí, digamos, se pelearon, porque Kate quiere un hijo –sería su segundo después de Lila Grace, cuatro años, que tuvo con Jefferson Hack, editor de la revista Dazed & Confused, que ahora sale con la modelo belga Anouck Lepere– y casa nueva. Pero Pete se quiere ir de gira romántica por los Estados Unidos con ella: de hijos ni hablar, y de ostras tampoco. Esa noche, a Pete se le antojaba una salchicha con fritas.

Después, al teatro Donmar Warehouse para ver Don Juan, después de que ella se cambió a un vestidito breve y tapado de piel sintética. Acto seguido fueron al restaurante China Tang del hotel Dorchester, donde el descorche siguió con unas cuantas botellas de Louis Roederer Cristal. Y mientras sus amigotes le cantaban el “happy birthday”, ella mostró un poco la bombacha sin ningún pudor. Pete, a eso de la medianoche, se tuvo que ir. A la mañana siguiente tenía cita en el Juzgado, donde Su Señoría se mostró optimista acerca de su tratamiento contra las drogas, al que se tuvo que someter tras declararse culpable por tenencia en abril pasado.

Kate, como no tenía cita con ningún juzgado, siguió la marcha. De ahí, con la cuenta caliente –dos mil cuatrocientas libras, que terminó pagando el dueño del restaurante–, vuelta a casa con la tropa, a bajar unos cuantos tiros de tequila y poner discos de los Stones. Por la mañana, luego de una corta siesta y ya fresquita, se fue de shopping. Lo que se dice un aguante prodigioso. Bueno, la mañana antes de su cumpleaños, Kate la pasó con Pete y su hija, caminando por el campo en su casa en Cotwolds, mientras su novio se tomaba una y otra cerveza directo del pico.

Es raro ver cómo permanece, o cómo sigue siendo un ícono de la moda. Para muestra, Burberry, marca de la cual hace rato es la imagen, está recibiendo un muy buen billete por las ventas de su cartera Manor. Kate la tenía encima en el aviso. Y todo ese escándalo de septiembre de 2005 –cuando salió en la tapa de un diario chismoso armándose una línea de cocaína, en una época en que le aportaba 400 dólares por semana a su dealer–, por horrible que suene, la dejó financieramente mejor parada que nunca: el año pasado ganó 8 millones de verdes por campañas como Cavalli, Chanel, Louis Vuitton, Bulgari, Versace, etcétera. Esto después de que todo el mundo declarara que su carrera estaba clínicamente muerta, y que unas cuantas marcas –como Burberry y Chanel– le cancelaran el contrato, para después pedirle perdón y llamarla otra vez. Eso sí: la rehabilitación en una clínica especializada de Arizona no fue algo tan fácil.

Lo que tampoco es sencillo es su relación con Doherty, que ya lleva dos años, con todo el caos incluido. Robbie Williams tiene una explicación al respecto: “Me imagino por qué ella no lo deja: Pete tiene un cierto carisma”. Y todos los indicios apuntan a que Pete ama mucho a Kate. Cuando ella se pone loca por una arruga que asoma, él la consuela. Y este Año Nuevo lo pasaron en Phuket, Tailandia –donde, según medio mundo, se habrían casado por el rito budista–. Ahí, Doherty le escribió un poema en el dorso de un menú, sobre un 2007 lleno de amor y todo eso. Después, un empleado de la villa que alquilaban por cinco mil dólares al día llegó a leerlo: lo encontró tirado en el baño.

Kate, rodeada de maniquíes, posando para la última campaña de Agent Provocateur, la marca de lencería más hot de plaza. Ella, igual que siempre.

Kate, rodeada de maniquíes, posando para la última campaña de Agent Provocateur, la marca de lencería más hot de plaza. Ella, igual que siempre.

En su cumpleaños, mientras sus amigotes le cantaban el “happy birthday”, Kate mostró un poco la bombacha. Pete se tuvo que ir a la medianoche: a la mañana siguiente tenía cita en el Juzgado.

En su cumpleaños, mientras sus amigotes le cantaban el “happy birthday”, Kate mostró un poco la bombacha. Pete se tuvo que ir a la medianoche: a la mañana siguiente tenía cita en el Juzgado.

Kate y Pete, por Londres: buen look, ojeras y transpiración. El, a ella, la consuela en cada arruga. Y ella le reclama hijos y paz, cosa que él ni piensa darle.

Kate y Pete, por Londres: buen look, ojeras y transpiración. El, a ella, la consuela en cada arruga. Y ella le reclama hijos y paz, cosa que él ni piensa darle.

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