La niña que sufrió el horror de la guerra, hoy es una sobreviviente que predica la paz – GENTE Online
 

La niña que sufrió el horror de la guerra, hoy es una sobreviviente que predica la paz

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Tran Bang, Vietnam del Sur, ocho de junio de 1972. Phan Thi Kim Phuc, de nueve años, está escondida en un templo budista rodeado de guerrilleros vietcong, la resistencia apoyada por Vietnam del Norte. Una bomba de napalm (fósforo que arde al contacto con el aire) cae sobre el templo. A Kim Phuc la envuelven las llamas. Corre, desesperada, por la carretera que une Saigón con Camboya, gritando “¡muy caliente, muy caliente!”. Nick Ut, fotógrafo de la agencia Associated Press, captura la escena con su cámara. La foto recorre el planeta y gana el premio Pulitzer. Kim Phuc sobrevive, estudia en Cuba y, por fin, se radica en Canadá.

Hoy, Kim Phuc tiene 46 años, está casada con el vietnamita Bui Huy Toan y tiene dos hijos: Thomas (15) y Stephen (11). Es embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y presidenta de una fundación con su nombre en Toronto. Llegó a Ezeiza, ya a punto de partir luego de sus tres días en Buenos Aires, con poco equipaje y modestos regalos: dos camisetas de la Selección argentina, un mapa del país repujado en cuero y dos imanes con las imágenes de Caminito y el Obelisco, “para mi marido, mis hijos y mi madre”, dijo. Antes habló con GENTE:

–¿Cuál es su misión?
–Dar testimonio de que el perdón libera, y de que es posible construir un mundo más fraterno. Si el hombre es capaz de aprender de sus errores, ¿por qué seguimos inventando guerras?

–¿Por qué, cree usted?
–Porque los adultos no vivimos en el amor ni nos escuchamos, y los inocentes, los niños, sufren mucho por eso.

–Quemado su cuerpo, ¿se enojó con Dios?
–Al principio sí. Quería morirme. ¡Veía mis cicatrices y me enfurecía! ¿Por qué tenía que sufrir así? Odiaba mi vida. Odiaba a todos los normales…

–¿Y después, hoy?
–Ahora estoy contenta. Cuando me veo, niña, en esa foto, comprendo que no sólo sobreviví: aprendí a compartir un mensaje de paz, y no desde el lugar de víctima. Dios me enseñó a perdonar, a tener paciencia, a sentir compasión… Con Jesús en mi corazón, llegaron el perdón y la reconciliación.

–¿Qué siente cuando ve las marcas en su cuerpo?
– Son mis estigmas: me recuerdan de dónde vengo y cuál es el sentido de mi trabajo y de mi paso por el mundo. Son las marcas con las que Dios me dice: “Estoy con vos”.

–¿Al ver que se desata un nuevo conflicto bélico, qué piensa?
–Sufro mucho, porque se actualiza en mi alma todo el dolor de aquellos años: la pérdida de dos primos, niños como yo; todos los bienes de mi familia; mi salud… Por eso quiero que se escuche mi voz y se entienda que mi foto no fue una película: fue la máscara del dolor.

–¿Ayudó a alguna víctima a perdonar?
–En Uganda visité a doce sobrevivientes de un ataque con ácido. Después de escucharme, una mujer me dijo: “Vos escondés tus marcas debajo de la ropa, pero mirá mi rostro: las heridas son espantosas, no tengo amigos, mi familia se alejó, y nadie compra en mi comercio porque no soportan mirarme. ¿Cómo puedo perdonar lo que me hicieron? ¿Cómo puedo pensar que Dios me ama?”. Le dije que yo había tenido las mismas inquietudes durante años y años, de día y de noche; pensaba que nunca tendría un novio, que no lograría tener hijos… Pero luego comprendí que Dios me amaba por quien yo era y no por cómo me veía.

–¿Cómo ve a los jóvenes?
–Necesitan educación en la paz y la solidaridad. En los Estados Unidos y Europa, por ejemplo, podrían llevar una vida muy cómoda. Sin embargo, su gran corazón los empuja a viajar para ayudar a los pobres en otros países, a hacer un trabajo voluntario muy valioso. Pero también hay muchos otros jóvenes violentos, que tienen adicciones, que están siempre enojados. Creo que en estos casos la raíz del problema está en la familia. Por eso, mi consejo es para los padres: pasen más tiempo con sus hijos, muéstrenles el buen camino y no intenten suplir sus carencias con cosas materiales.

–¿Cuál es la gran misión de la mujer?
–La familia, la comunidad, su país. Cuando la mujer de la casa está seria, todos lo están. Si ella está feliz, los demás se contagian su sonrisa.

–¿Cuál es el papel de la religión?
–La religión es sólo la ropa que vestimos. Lo más importante es el alma y el corazón. La religión (ninguna) nos cambiará ni nos salvará: eso lo hace Dios. Lo importante es la relación con el otro, la unidad, el caminar juntos. No me importa el nombre de la religión: creo en el que cree.

–¿Obama puede ser el líder de un nuevo orden mundial?
–No lo sé, pero rezo para que él y el resto de los líderes mundiales tomen las decisiones correctas y mejoren la vida de las personas. El, como todos, necesita apoyo, amor y oraciones.

–¿Cuál es su rutina de fe?
–Leo la Biblia cada mañana, medito, pido por mi familia y mis amigos, doy gracias por un nuevo día, por tener salud, por compartir un desayuno (un jugo de cinco vegetales) con los míos. Después llevo a los chicos a la escuela y voy a la Fundación, a la que llegan cientos de mails.

–¿Cómo fueron sus tres días en Buenos Aires?
–La gente es muy amigable, y el clima, fantástico. Vine para el Quinto Encuentro Fraterno de la Comunidad Renovada de Evangélicos y Católicos en el Espíritu Santo, que se celebró el primero de mayo en el Luna Park, ante miles, y apenas dije “buenas tardes” me aplaudieron. Fueron muy generosos…

–¿Cuál fue su mensaje?
–Dije que “al conocer la guerra conocí el valor de la paz. Al conocer el comunismo, conocí el valor de la libertad. Al conocer el dolor, conocí el amor. Al conocer la pobreza, conocí el valor de lo contrario. No puedo escapar de aquella terrible foto, pero gracias a ella puedo trabajar por la paz”.

–En el homenaje que le rindió la Cancillería vistió ropa oriental. ¿Por qué?
–Porque evoca a mi país. A pesar de la guerra, de los horrores, de mis quemaduras, de haberlo perdido todo bajo las bombas, siempre será mi cuna, mi país, mi alma…

–¿Todavía le duelen las heridas de su cuerpo?
–Sí, esos estigmas son eternos. Me duelen, y mucho. Pero también me recuerdan mi compromiso por la paz.

–¿Volverá a estar con nosotros?
–Sí. Pero más tiempo, y con mi familia.

Cada tanto, a lo largo de la entrevista, Kim Phuc se rió con toda la boca. Con aquella boca que hace treinta y siete años, en una carretera asolada por las bombas, y mientras ella corría lacerada y desnuda, se abrió en un grito que será, eternamente en una foto eterna, el símbolo del horror en todo tiempo y lugar donde los hombres se maten. …que hace 37 años dio la vuelta al mundo. La escena, una acusación contra la brutalidad de la lucha en Vietnam, ayudó a que ese conflicto se detuviera.

…que hace 37 años dio la vuelta al mundo. La escena, una acusación contra la brutalidad de la lucha en Vietnam, ayudó a que ese conflicto se detuviera.

Kim Phuc lleva brutales llagas que le dejó el implacable fuego del napalm. Aún le provocan fuertes dolores, pero ella los transforma en bandera de lucha por la paz.

Kim Phuc lleva brutales llagas que le dejó el implacable fuego del napalm. Aún le provocan fuertes dolores, pero ella los transforma en bandera de lucha por la paz.

En 1989, en Cuba, donde ella estudiaba, se reunió por primera vez con Nick Ut, el fotógrafo que tomó la histórica y cruel imagen y luego llevó a Kim Phuc al hospital, donde le salvaron la vida.

En 1989, en Cuba, donde ella estudiaba, se reunió por primera vez con Nick Ut, el fotógrafo que tomó la histórica y cruel imagen y luego llevó a Kim Phuc al hospital, donde le salvaron la vida.

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