“La mejor herencia que nos dejó Ricardo es seguir todos juntos” – GENTE Online
 

“La mejor herencia que nos dejó Ricardo es seguir todos juntos”

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Este viernes es el primer día tranquilo de Gustavo Martínez (54), lejos de las cámaras, la maratón mediática y el dolor televisado en vivo y en directo. Una semana para el olvido, “la peor de mi vida”, arriesga quien fuera –primero– pareja de Ricardo Fort y más tarde tutor y encargado de sus hijos. “Decidimos armar algo más fuerte, ser una familia”, sintetiza. Gustavo abre la puerta del piso 21 de la calle Sucre y entramos al universo Fort. Esta fue su última morada. A cinco días de su inesperada muerte, lejos del silencio de ultratumba que impone el luto, el piso del barrio de Belgrano es bastante bullicioso. Sillones plateados y colorados como si fueran los de un zar tecnicolor, un estudio de grabación con teclados, consolas, computadoras y gente, gente por toda la casa. “No entiendo cómo hacía Ricardo para estar todo el día con gente. En el último viaje a Miami se desarmaba de dolor y tenía a todas estas personas alrededor”, recuerda Gustavo.

El led ultra fino de 46 pulgadas muestra la pantalla de América, que el día de la muerte del empresario mantuvo 17 horas seguidas la expectativa por la noticia. El videograph habla de la exhumación del cadáver. Ahí nomás andan Martita (9) y Felipe (9), los hijos de Ricardo (gestados a través de un vientre subrogado) que juegan con Tyson, un bóxer que corretea por todo el piso.

Gustavo Martínez es el cordón umbilical entre los hijos del artista (como le gustaba ser reconocido) y lo que podemos considerar el mundo real. Un cable a tierra ajeno a toda la pompa de lo que significó el circo de Ricky Fort. Gustavo no buscó la dádiva de su ex pareja para seguir adelante. En quince años nunca recibió un sueldo de Fort, ni grandes regalos. No luce en su muñeca un Rolex –ni reloj de lujo alguno– y se mueve en un Peugeot 207, lejos de los Lamborghini, los Mercedes y el Rolls Royce de más de medio millón de dólares en el que se movía el histriónico personaje. “Te voy a explicar algo: yo soy mayor que Ricardo y nunca quise que nadie me mantuviese. Hace 35 años que trabajo y con lo que tengo me alcanza. No necesito un auto de alta gama. Amo mi trabajo de entrenador personal, que no me llena de dinero, pero me encanta. La mejor herencia que me dejó es esta familia”, jura Gustavo.

–Te diferenciaste de entrada de todos los que lo rodeaban.
–Siempre tuve la idea de que la independencia económica es fundamental. Fijate que toda la gente asalariada que tenía él alrededor era muy obsecuente. No lo contradecían, porque en la locura de Ricardo quizá se quedaban sin trabajo. Pero le decían que esa pared blanca era roja. También hubo gente que lo quiso.

–A casi una semana de su muerte, ¿estás un poco más tranquilo?
–La verdad que no. Es mucha angustia. Yo hago entrenamientos personalizados en distintos gimnasios. Intenté retomar el trabajo, fui dos días, pero no pude seguir, porque todo el mundo quiere solidarizarse conmigo y me sensibilizo más.

–Siendo parte del mundo Fort, intuyo que los gimnasios son tuyos.
–¡Nooo! Yo soy personal trainer y pago un canon en los gimnasios para entrenar a la gente que quiera. Pero no son míos: yo soy un laburante.

–¿A los 54 años es la pérdida más grande que tuviste en tu vida?
–Hace pocos años perdí a un hermano mayor; éramos cuatro y ahora quedamos tres. Fue algo muy duro. Después murió mi papá (José Luis), pero tenía 82 años. Y lo de mi mamá (Griselda) fue distinto: ella tenía demencia senil y yo la veía tan mal que le pedía a Dios que se la llevara. Pero cuando murió me di cuenta de que prefería tenerla así.

–En ese contexto, ¿en qué lugar ubicás la muerte de Ricardo?
–Para mí fue la pérdida más dolorosa que tuve en mi vida.

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La habitación de Ricardo Fort tiene las medidas de un monoambiente (unos 35 metros cuadrados), eso sin contar el baño –“su sitio preferido”, explican todos acá– y el amplio vestidor. El lugar es una especie de free shop anárquico: valijas con cientos de zapatillas de todas las marcas y colores; jeans apilados; botas de cuero; una cama solar estilo sarcófago 2.0 en la que juega su hijo Felipe, decenas de frascos de su perfume (Black), gasas y remedios por doquier.

Como fieles hijos de celebrities, Marta y Felipe sienten cierta aprensión por la prensa. “Los periodistas me tienen cansado”, tira el varón –un Fort de pura cepa–, que después se pone a retratar a su hermana con la cámara de Julio Ruiz, el fotógrafo de la nota. “Felipe es un talentoso, aprende todo muy rápido”, explica Gustavo. “¿Y yo, Gus?”, pregunta su hermana. “Vos hacés un montón de cosas bien, sos una reina. Mirá lo bien que posás para la foto”, contesta su padrino con la ternura de un padre. En la habitación también se encuentra Marisa, la niñera. Gustavo la define así: “Ella es como la mamá de los chicos. Ricardo siempre supo que hacíamos un gran trabajo. Marisa está en todo junto a mío: va a las reuniones del colegio, se preocupa por la salud, los atiende... Eso no quiere decir que Ricardo no fuera un gran padre”.

–Gustavo, vos y Ricardo se conocieron hace...
–Quince años. Nos conocíamos de frecuentar los mismos lugares. Y así empezó todo. Cuando surgió la idea de encarar la paternidad, fuimos a Los Angeles para hacer todo juntos. En esa época ya no éramos pareja, o estábamos terminando, pero habíamos decidido ser familia.

–Una instancia superadora, si se quiere.
–Surgió algo más fuerte todavía. Creo que es una relación diferente. Por ejemplo, yo vivo en la misma casa que él, y en el último tiempo también venía Rodrigo, su última pareja. Y yo no me ponía celoso, porque para mí somos familia: yo no competía.

–¿Vos no tuviste más parejas desde que te separaste de Ricardo?
–No, porque desde que llegaron los chicos todo mi tiempo fue para ellos. Yo le estoy súper agradecido a Ricardo, porque me dio una familia que me hizo súper feliz. Los siento como mis hijos, él me hizo sentir eso.

–¿Nunca quisiste recuperar tu lugar de pareja?
–Nunca. Imaginate que él siempre traía a sus parejas y mi presencia hubiera sido un problema. Viste que con Ricardo todas las relaciones son amor/odio... Y le podés preguntar a Rodrigo, que en más de una oportunidad yo he sido mediador en sus diferencias. Yo a Rodrigo lo aprecio mucho.

–¿Y cuando veías que lo usaban?
–Hubo mucha gente con ganas de sacarle cosas. Ahí teníamos encontronazos fuertes. Porque él tenía un carácter bravo. Yo soy tranquilo, pero cuando me sobrepasa una actitud, exploto. Pero el sabía quién lo quería y quién estaba por interés. No era ningún tonto.

–Siempre estuviste al lado de Fort con total desinterés. ¿Si la familia decide un día que dejes el departamento de los chicos, tenés adónde ir?
–Yo soy monotributista desde hace un montón de años, voy a tener mi jubilación. Pero la verdad es que nunca imaginé que esto iba a ocurrir, porque soy mayor que Ricardo y pensé que me iba a ir antes. El fin de semana de su internación me puse a llorar cuando se durmió sobre una camilla. Cuando despertó me preguntó: “Estás llorando porque creés que me voy a morir”. Y yo no lloraba por eso, sino porque no podía ayudarlo.

Martita y Felipe junto a su niñera Marisa y Gustavo, en el living del piso de Belgrano donde viven todos juntos.

Martita y Felipe junto a su niñera Marisa y Gustavo, en el living del piso de Belgrano donde viven todos juntos.

La habitación de Fort, tal como la dejó antes de su última internación en el Sanatorio de la Trinidad, donde falleció. El empresario tenía en su cuarto una cama solar, valijas con ropa y zapatillas.

La habitación de Fort, tal como la dejó antes de su última internación en el Sanatorio de la Trinidad, donde falleció. El empresario tenía en su cuarto una cama solar, valijas con ropa y zapatillas.

La familia en la cocina del piso de la calle Sucre. Ricardo los mira desde el cuadro.

La familia en la cocina del piso de la calle Sucre. Ricardo los mira desde el cuadro.

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