La mamá de Angeles Rawson: “Sé que cuando me toque partir, mi hija me va a recibir en sus brazos” – GENTE Online
 

La mamá de Angeles Rawson: “Sé que cuando me toque partir, mi hija me va a recibir en sus brazos”

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Recorre las fotos con su tierna mirada mientras las acaricia con sus manos. Desliza la yema de sus dedos sobre cada una de ellas con sensibilidad de mamá. Y cuenta una breve historia acerca de cada imagen de Angeles Rawson, su adorada hija, con delicadeza, amor, alegría. La define como compinche, compañera, encantadora, estudiosa, valiente, patriota, alegre, simpática, comprometida, exquisita, dulce, confidente, bella, enérgica, reservada, única. Y entonces se le encienden los ojos a Jimena Aduriz (51). Le pasa desde que la perdió a manos del portero Jorge Mangeri, quien intentó violarla y la sofocó y asfixió hasta provocarle la muerte el 10 de junio de 2013, cuando Mumi –así le decía cariñosamente su familia– tenía apenas 16 años. “Antes del juicio transitaba muchos momentos de tristeza –cuenta Jimena–, pero como estaba yendo y viniendo todo el tiempo, había menos tiempo para pensar. Después del veredicto –Mangeri fue condenado a prisión perpetua por ‘femicidio en concurso ideal con los delitos de abuso sexual y homicidio agravado por su comisión críminis causa, estos últimos en concurso material entre sí’– la lloro más. Tengo la cabeza más despejada, más tiempo para pensar, entonces me hablan de ella y me saltan las lágrimas. El dolor que siento va mutando, siempre está en carne viva. Se aprende a vivir con él, pero se intensifica cada día, porque además de una vida, un proyecto de futuro queda trunco. Sus pares siguen adelante y ella quedó en sus 16 años. Es terrible ver eso y vivirlo... Cuando nació, en el ’96, tres cuñadas mías tuvieron hijos que ya cumplieron 20 años, menos ella…”.

–¿Cómo fue volver a ver al portero Mangeri en la sala donde se lo enjuició?

–Mirá la nena que perdimos –muestra entre lágrimas más fotos de Angeles–, lo que nos quitó Mangeri... Fue fuerte, durísimo verlo ahí. Nos engañó a todos porque gozaba de nuestra total confianza, después de once años en el edificio. Cuántas veces le habré pedido “Jorge, ¿les das de comer a los gatos?”, o “abrile por favor a uno de mis hijos porque se olvidó la llave”. Si cuando entró a la fiscalía apenas sucedió lo de Mumi, sentí que veía una cara amiga. “Hooola Jooorge”, le dije casi con afecto.

–¿Qué cree que pasó esa mañana cuando a Angeles se la vio llegar al edificio de Ravignani 2360 en el que ustedes vivían?

–La imagen de la cámara en la que ella regresa con su equipo de gimnasia la vi una sola vez y me descompuse. Yo llamé a Mangeri a su celular la noche en que ella no había vuelto; Mumi salía siempre nueve y cuarto, más o menos, de sus clases de inglés. El atendió, se escuchó un ruido de fritura y se cortó. Para mí esa mañana él la abordó en el hall del edificio con cualquier excusa: el recibo de expensas, o “tengo algo para tu mamá”. Y la llevó a su casa, al octavo piso. Ahí arriba, con la puerta cerrada no se escucha nada. Encima la vecina del séptimo estaba usando el lavarropas. Por lo que surgió en la autopsia, actuó muy rápido. Habrá tardado en total, entre que Mumi se resistió y él la estranguló y la sofocó hasta provocarle la muerte, unos diez minutos. Yo estoy convencida de que lo hizo en su departamento, porque mi hija no hubiera bajado al sótano si él se lo pedía, porque le iba a despertar muchas sospechas.

–¿Cómo está su familia, sus hijos y su marido Sergio Opatowski, de quien se dijo que se había separado?

–No sé de dónde salió esa versión que escuché. Al contrario, el crimen de Mumi nos fortaleció como familia y como pareja. Sergio la adoraba, igual que mis hijos. Era nuestra princesa. Pato –como lo llamaba Angeles– recién está empezando a salir del dolor, le cuesta mucho. Mis chicos y él tuvieron mucha templanza, porque Mangeri no sólo la mató, además está todo lo que hizo con posterioridad: la arrojó en un container de Balbín y General Paz dentro de una bolsa de basura. Y si le salía bien, nos hubiese sumido en una desesperación tremenda porque Mumi jamás habría aparecido.

–¿Tiene la preocupación de que por un motivo u otro, como en algunos casos sucede, Mangeri no llegue a cumplir por completo su sentencia?

–El debe cumplir con su pena, eso no se negocia, ni más ni menos, lo que corresponde. Es el asesino de mi hija, no sé si es recuperable o no para la sociedad. Eso deberá evaluarlo quien corresponda. A él la pena se le va a extinguir, a mí, el dolor no.

–¿Va al cementerio?

–Sí, a Jardín de Paz, en Pilar. Mumi está ahí con mi papá y mi hermano. Yo digo que parte de ella está ahí; el cuerpito que se formó en mí, que me dio la posibilidad de tenerla, esos huesitos están ahí. Para mí es tan sagrado como su alma. La visito, hablo con ella. Yo soy una persona de fe, me puse un manto de protección de la Virgen María. Mumi me manda señales, porque encuentro cosas suyas cuando menos lo espero, fotos, prendas, cartas, dibujos. O alguien me llama y me dice: “ayer soñé con Mumi”. Y cuando tengo que hacer algo trascendente le pido fuerzas, porque sé que vino a cumplir una misión.

–La había definido a Mumi como comprometida, valiente, patriota y estudiosa, entre otras cualidades…

–Siempre fue abanderada, pero ese último año logró el mejor promedio del Instituto Virgen del Valle. Imaginate, era un orgullo para ella y para la familia. Si hasta apareció un video con una disertación que hizo sobre Manuel Belgrano y está en la página de la escuela. Le gustaban las causas justas, se preocupaba por el país como nación.

–Además era su gran compinche, Jimena.

–No sabés cuánto. Usábamos la misma ropa. Estos zapatos que tengo puestos me los regaló con todos sus ahorros. Y me los pongo para ocasiones muy especiales, como esta nota en su homenaje. Ella misma se asombraba de cómo éramos la una para la otra. Para colmo, yo soy la única mujer de cinco hermanos. Y ella era la única de cuatro, porque Axel, el hijo de Pato, mi marido, también era su hermano. Todos nos amábamos demasiado. Lo mismo sucedía con la familia de su papá, la adoraban. Por eso insisto con lo de la personita que nos quitó Mangeri.

–¿Se puede controlar el dolor que se siente?

–Se resignifica el dolor, si no, es imposible continuar. Por eso participo con la gente de Ni una menos, con Para que no te pase, y amadrino el refugio Uguet Mondaca de Burzaco para chicas vulneradas. Si no, sería una muerta en vida. Para colmo, porque allanaron mi casa en su momento, ¿sabés que nunca pude sentarme en la cama de mi hija a oler su ropa? Te juro que es terrible. Igual la sigo luchando, con mucha fe. Sé que cuando me toque partir, mi hija me va a recibir en sus brazos. Y eso me da paz. n “Parte de ella está ahí, en el cementerio; el cuerpito que se formó en mí, que me dio la posibilidad de tenerla, esos huesitos están ahí. Para mí es tan sagrado como su alma. La visito, hablo con ella”.

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