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La ilusión está en marcha

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En Herzogenaurach, allá en Alemania, sus habitantes, los que se sacan fotos con ellos y les piden autógrafos, no tienen ni idea de esta historia.

Ni deben sospechar, siquiera, que el futuro parecía escrito cuando nacieron. Y que el destino ya había tomado carrera para pegarle, de puntín, para arriba y a la tribuna, a la vida de Carlos Tevez y Lionel Messi. Había que ser Maradona para gambetear la malaria…

El Nudo Uno del Barrio Ejército de Los Andes Fuerte Apache– es un lugar bravo para crecer. Ahí, en el primer piso de la Torre B, donde nació el 20 de febrero de 1984, Carlitos, el primer hijo de Adriana y Segundo, dio sus primeros gritos. No de gol todavía. Fue más bien un desgarrador alarido cuando una pava de agua hirviendo cayó sobre él y le quemó el cuerpo. Tenía apenas diez meses, y ni una ficha puesta en su casillero. De aquello queda el recuerdo en forma de cicatriz, desde la oreja derecha hasta el pecho, que no piensa maquillar con cirugías.

Tres años más tarde, el 24 de junio de 1987, Lio asomaba al mundo desde el barrio Fonavi, en el sur de Rosario. Muy pronto supo por qué sus amigos del club Grandoli, y sus familiares, incluidos Jorge y Celia, sus padres, le decían Pulguita. Cuando estaba a punto de pasar de las inferiores de Newell’s Old Boys a las de River, los médicos le detectaron una enfermedad llamada “edad ósea retrasada”, un problema hormonal que no permitía que sus piernas crecieran.

Pasó el tiempo. Carlos Tevez (o Jede, Toro, Fumanchú, Manchado, Carlín y, claro, Apache), dejó de ser el campeón de bolitas del barrio, y a los seis años conoció a la pelota. Hubo potrero de tierra, piedra y botellas rotas, partidos por plata para comprar pan y fiambre porque “en casa, muchas veces no había un plato de comida en la mesa”. Llegaron las camisetas siempre holgadas de los equipos de barrio (Estrellas del Uno, Santa Clara, Villa Real) y el salto –que entonces parecía gigante– a All Boys, en Floresta. Y, siempre, la sombra de Fuerte Apache, y la de tantos conocidos muertos antes de tiempo y a balazos, y la tentación de la plata fácil ahí, en el laberinto de los monoblocks. Pero no, del lugar quedaron amigos de fierro y el germen de Piolavago, su grupo de cumbia. Y en 1998 llegó Boca, y después, como un alud, la gloria Sudamericana e Intercontinental, la medalla de oro olímpica colgando en el pecho, la conquista de Brasil (¡nada menos que Brasil!) con grito de campeao, a Vanesa y a Florencia, mujer e hija que ama y, aquí y ahora, Alemania con la Selección mayor. El sueño más preciado.

A Lio, tener un metro con cuarenta centímetros a los 13 años y soñar con jugar al fútbol era un planchazo a la altura de la tibia y el peroné, la salida en camilla y “el adiós muchachos, ya me voy, ya me despido…”. Novecientos dólares costaba el tratamiento y Jorge, ex empleado en Acindar, no lo podía costear. La única esperanza era cruzar el mar y llegar a España, donde tenía parientes en Lleida, cerca de Barcelona. Parar allí con su papá y esperar a Celia y el resto de la familia (Matías, Rodrigo y Marisol), siempre y cuando convenciera a la gente del Barça, club que le había echado el ojo pese a todo. En la primera práctica de fútbol, Lio metió cinco goles. Y armó un lío bárbaro. Carlos Rexach, técnico de las inferiores del equipo catalán, lo fichó enseguida. Y el club le ofreció 57 mil euros por año para pagar los gastos de su tratamiento. El 16 de octubre de 2004, en el derby frente al Espanyol, debutó en la primera, junto a su amigo Ronaldinho. Y no paró más. Hoy vive a 20 kilómetros del Camp Nou, su técnico en el Barcelona, Frank Rijkaard, pidió que le aumentaran el sueldo, y su cláusula de rescisión cuesta… ¡150 millones de euros! Para nosotros, simplemente es nuestra gran promesa. El ancho de espadas que se pega en la frente para ganar un vale cuatro al truco.

Los sueños que viven alrededor del fútbol no tienen edad. La alegría de un gol, de la camiseta nueva, de entrar en tu equipo, son las mismas a los diez años y a los cuarenta. La diferencia es el marco. Y la gran diferencia es el Mundial. Por eso, cuando José Pekerman le confirmó a Tevez que era parte de los 23 que iban a Alemania, llamó por teléfono emocionado a su papá, y le dijo: “¡Viejo, voy a jugar el Mundial!”. Y aunque ya pasaron varios días, todavía no lo puede creer. “Es para lo que me preparé toda la vida, el máximo sueño que tenía cuando empecé a tirar paredes con los pibes del barrio, por eso estoy tan feliz”, contó Carlitos el domingo a las cuatro de la tarde, a la salida del hotel HerzogsPark. Ese día, el cuerpo técnico decidió darle al plantel la primera tarde libre al plantel desde su llegada a Alemania, y recorrió el centro de Nuremberg. “Ahora quiero disfrutar un poco de Alemania, despejarme la cabeza y salir a caminar”, casi suplica el delantero del Corinthians, uno de los jugadores más buscados por los alemanes y argentinos. Pero antes, paró a charlar con el enviado de GENTE.

–Llegó Alemania, Carlos…
–¡Llegó! Porque todo lo previo fue muy lindo, pero la ansiedad era muy grande. Conocer el lugar dónde íbamos a vivir, juntarme con los muchachos, son cosas que a un jugador de fútbol lo hacen muy feliz.

–Falta tan poco para el debut ante Costa de Marfil. ¿Cómo está el equipo?
–Bien. Todos estamos de muy buen humor, porque acá hay muchos chicos que van a jugar su primer Mundial y eso es algo muy importante.

–¿Creés que la delantera que viene repitiendo Pekerman en las prácticas, con Saviola y Crespo, será la que comience el Mundial… o te ves con chances?
–Eso sólo lo sabe el técnico y hay que esperar, todavía faltan un par de días. En un Mundial, a veces hay que dejar las pretensiones personales de lado y pensar en el equipo. Si a uno le toca estar afuera, hay que alentar igual. Es que acá hay muy buenos jugadores, no es Carlitos solo el que pisa la pelota o puede desequilibrar. Están Saviola, Messi, Palacio… tipos con mucha riqueza en su juego.

–¿Y cambiarías pasarte todo el Mundial en el banco si te aseguran salir campeón?
–Es una pregunta difícil, porque cualquier jugador de fútbol quiere jugar. Pero si me aseguran la Copa, ¡no me saco la campera suplente! Pero después de dar la vuelta, me llevo la pelota dorada hasta el arco para meter algún gol.

Uno de esos tipos con riqueza en sus pies de los que hablaba Tevez está imbatible. En el hotel Herzogspark nadie le gana al Winning Eleven, el juego de fútbol de la Play Station. “Acá también trato de jugar un fútbol feliz, como cuando agarro la pelota y encaro a un delantero”, comenta Lio Messi entre risas. Y también sonríe cuando el recuerdo trae un sabor a gol en tiempo de descuento: “Cuando llegué a España, mis viejos sufrieron más que yo. Todos los días, durante dos años, me tuve que poner inyecciones en las dos piernas. No me dolían, pero si me llegaban a causar dolor tampoco lo hubiese demostrado”.

Tampoco se quejó durante estos meses, desde el 7 de marzo en que se desgarró el muslo de la pierna derecha jugando para el Barça. Y aunque ya está totalmente recuperado, Pekerman prefiere tenerlo entre algodones. En la última práctica del lunes, Lionel no participó del loco que hicieron sus compañeros al final. Se quedó en el centro de la cancha, haciendo jueguito y elongando, mientras los doscientos alemanes que siguieron la práctica al costado del campo, coreaban su nombre como si se tratar de un jugador de su propia selección: “Es increíble el cariño que nos mostró la gente desde que llegamos. La verdad, no esperaba tanto afecto”.

–¿Y vos Lionel, cómo te sentís?
–Bien, con muchas ganas. Y por sobre todas las cosas muy confiado en lo que puede llegar a dar este equipo.

–No falta nada para el debut. ¿Cómo manejás la ansiedad?
–Ni sé si la manejo… ¡creo que al CD de Leo Mattioli ya me lo conozco de memoria de tanto que lo escucho! Las horas previas cada vez se hacen más largas y uno no sabe de qué manera matar el tiempo.

–¿Y hablás con tu familia?
–Sí, todo el tiempo. Y aunque están ansiosos como todos los argentinos, tratan de transmitirme tranquilidad. Igual, más allá de la ansiedad, estoy sereno y confiado porque sé que vamos a hacer un gran Mundial.

–Se los ve muy optimistas a todos. ¿Este equipo puede llegar a jugar el último partido del Mundial?
–Seguro, si tenemos un poquito de suerte y mostramos todo nuestro talento, no tengo dudas de que vamos a volver con la Copa. Nadie nos va quitar esa ilusión.

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El lunes 5, Tevez, Messi, sus otros 21 compañeros, el cuerpo técnico, los dirigentes, en fin, la delegación en pleno, volvieron por un rato al país. Por lo menos, a los olores más nuestros: el alcalde de Nuremberg, Ulrico Maly, los agasajó en el Castillo Thurn, en las afueras de esa ciudad y a 33 kilómetros de Herzogenaurach, con una parrillada criolla que incluyó bife angosto de novillo Angus a la parrilla, chorizo criollo, papa al romero y manteca con chimichurri de hierbas. Todo acompañado con vino tinto argentino –malbec de finca La Linda y Saurus– y otro alemán –Sturmfeder Lemberger–. Pero antes de la cena, los jugadores fueron recibidos con disparos al aire de una docena de trabucos y cañones del 1800. Luego hubo show de tango y boleadoras, algo que Tevez, al grito de “¡Muy bien, fenómenos!”, ya atesora en video. Pero eso sólo fue el principio. Porque el Conde Benedikt Graf von Bentzel –el anfitrión– ordenó la entrada de cinco jinetes de Praga y siguió la fiesta, esta vez con toques del medioevo europeo. Más tarde, el alcalde les dio la bienvenida a todos los presentes –entre los que se encontraban el presidente de Boca, Pedro Pompilio junto a Norma, su esposa, y el de River, José María Aguilar, acompañado por su esposa Claudia–, y le deseo “mucha suerte en este Mundial al equipo nacional”.

Después de esas palabras, la Academia Nacional de Tango salió a escena. El profe Gerardo Salorio, el que los tiene al trote en los entrenamientos, se animó a la milonga. Y ahí, sí, se armó la hinchada. Y gritan Pekerman, Hugo Tocalli, Hernán Crespo, Juan Román Riquelme, ¡Julio Grondona!… todos. Ya arriba de las sillas, revoleando sus servilletas, Tevez y Messi se sumaban al grito de guerra: “Que vamo’ a salir campeones otra vez, como en el ‘86”. Dos símbolos, que –ahora también lo saben en Herzogenaurach– gambetearon al destino, le clavaron la pelota en el ángulo y ahora van por la ilusión más grande, acunada en la tierra, las piedras y los vidrios de los potreros argentinos: levantar la Copa del Mundo.

Lucho González encabeza la fila.  Lo siguen Heinze, Tevez, el capitán Sorín, Cufré, Riquelme y Crespo.  Las sonrisas son una muestra  de su confianza.

Lucho González encabeza la fila. Lo siguen Heinze, Tevez, el capitán Sorín, Cufré, Riquelme y Crespo. Las sonrisas son una muestra de su confianza.

Carlitos, genio y figura, dentro y fuera de la cancha. Hizo de las suyas en los entrenamientos en Herzogenaurach, recibió el abrazo de su compañero  en el Corinthias, Javier Mascherano.

Carlitos, genio y figura, dentro y fuera de la cancha. Hizo de las suyas en los entrenamientos en Herzogenaurach, recibió el abrazo de su compañero en el Corinthias, Javier Mascherano.

Lionel o Pulga –como lo llaman en la intimidad- demostró sus habilidades en el búnker argentino y es la gran esperanza de todos para convertirse en una de las figuras del Mundial. Los alemanes se cansaron de aplaudirlo cuando lo vieron hacer jueguito con los pies descalzos.

Lionel o Pulga –como lo llaman en la intimidad- demostró sus habilidades en el búnker argentino y es la gran esperanza de todos para convertirse en una de las figuras del Mundial. Los alemanes se cansaron de aplaudirlo cuando lo vieron hacer jueguito con los pies descalzos.

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