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La gran caravana de la fe

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El pueblo salteño, y miles de peregrinos de todo el país, renovaron su pacto de amor con el Señor del Milagro, llevándole desde ruegos desesperados hasta alborozadas gracias por lo recibido. Movidos por la fe, profesionales, mineros, gauchos, jóvenes, viejos, en autos, caballos, bicicletas, sillas de ruedas, calzados y hasta descalzos, desafiando desde helados vientos hasta el abrasador calor de la Puna, llegaron a su destino: el Crucificado, convocante de la mayor procesión del Norte argentino que reunió a más de 500 mil almas.

Nicolás Olmos está exhausto, pero en su cara se dibuja una amplia sonrisa, porque después de seis días de caminata, a un ritmo de doce horas diarias, logró vencer los trecientos kilómetros que separan la Mina Patito (a 4200 metros de altura) de la capital salteña. “Salimos el ocho de septiembre, y durante la caminata se fueron sumando peregrinos de San Antonio de los Cobres, Santa Rosa de Tastil, Ingeniero Maury, Campo Quijano... Ir rezando y meditando sobre la palabra de Dios hizo que la fatiga no se sintiera tanto. Nosotros estamos acostumbrados al sacrificio, porque siempre trabajamos a destajo, de modo que esta peregrinación la hacemos con gozo. Alguna ampollita nos va a salir, sí, pero no necesitamos entrenarnos: el espíritu lo puede todo. Una semana antes empezamos a rezar la novena para preparar nuestro encuentro con el Señor del Milagro. Yo vengo a agradecerle que me haya bendecido con la posibilidad de trabajar como minero, porque allá en la Puna, en medio del abra, es la única fuente laboral. Si no tenés la suerte de entrar, sos un desocupado más”, relata.

Olga Imbert no dudó en recorrer los cuatro mil sesenta y cinco kilómetros que hay entre Ushuaia y Salta para unirse a la conmovedora prueba de fe. “Quiero pedirle al Señor del Milagro que interceda para sanar a mi hermana, que sufrió una hemiplejia. Sé que él no la va a abandonar, porque siempre nos protege, por más dura que sea la adversidad. Sólo se necesita tener fe verdadera y profunda”, se esperanza.

EN LA SALUD Y EN LA ENFERMEDAD. Uno de los instantes más conmovedores: ver al grupo de discapacitados cuyanos que, desafiando sus limitaciones físicas, se atrevieron a peregrinar cincuenta kilómetros en sus sillas de ruedas, desde el pueblo de Güemes hasta la catedral salteña, superando pronunciadas pendientes. Uno de ellos, Norma Ramos, recuerda que “el año pasado, cuando sufrí un accidente cerebro-vascular, una tía me trajo a Salta por primera vez. Estaba desesperada y le pedí al Señor del Milagro que me ayudara a ser fuerte para sobrellevar mi enfermedad... Gracias a él pude salir adelante. Este año me propuse peregrinar en silla de ruedas, y más allá del esfuerzo (tardamos ocho horas en hacer el recorrido) estoy muy feliz, porque pude sumar a cinco discapacitados más. No me curé, pero vine a agradecerle al Cristo porque aprendí a aceptar lo que me tocó. Antes me preguntaba ‘¿por qué a mí?’, y hoy me pregunto ‘¿por qué no a mí?’”.

Ceferino Villalobos vino desde Santa Victoria Este, tierra de los indios wichí. “Mientras espero que salga la procesión, hago lo mejor que sé hacer: toco el violín y le ofrezco mi música al Señor del Milagro, pidiéndole que cuide a mi familia y no permita que me quede sin trabajo”, dice.

Cecilia Mendioroz de Durand es la encargada de cumplir, cada 15 de septiembre, con la tradición familiar de armar la corona de claveles rojos que lleva a sus pies la imagen del Crucificado. Según cuenta, “heredé este mandato casi divino de mi bisabuela, Florencia González de Ovejero, que en 1878, para una procesión, prometió que sería la última vez que la imagen del Señor del Milagro salía sin flores. A partir de entonces, la costumbre fue pasando de madres a hijas, y cada año nos congregamos en familia –hijos, nietos y bisnietos– para cumplir con el ritual. Al principio, la corona se hacía con flores de nuestras fincas familiares, pero con el tiempo los peregrinos fueron variando esa costumbre, y ahora la hacemos con los claveles que nos mandan desde la Catedral. Las tratamos con mucho respeto, porque sabemos que quien acerca un clavel al Cristo es por algo: un pedido o un agradecimiento. Algunos peregrinos van directamente a nuestra casa llevando claveles rojos, para agradecer el nacimiento de un hijo o una curación milagrosa. Para mí, esta tarea es una gracia especial, porque me siento una intermediaria entre esa gente y el Señor del Milagro”.

SOY PEREGRINO EN ESTA TIERRA. Durante horas, las mujeres de la familia enhebran cada clavel en alambre, para evitar que se quiebre, y cada cinco de ellos hacen una estaca que se clava en la paja. Al mediodía, la corona está lista: este año, con cinco mil doscientos claveles y un peso total de... ¡cuatrocientos cincuenta kilos! Luego, los hombres de la familia, en un acto penitencial, la llevan sobre sus cabezas, en procesión, hasta la Catedral salteña.

Los treinta y seis asfixiantes grados no impiden que más de medio millón de peregrinos se congreguen, a las tres y media de la tarde, alrededor de la plaza Nueve de Julio y en todas las calles aledañas, para sumarse a la procesión. Hay, de pronto, un incesante repique de campanas y una marea de pañuelos blancos. La imagen del Señor del Milagro sale en andas. Poco después, la marcha se detiene en el monumento a Güemes, para que el obispo diocesano, monseñor Mario Antonio Cargnello, renueve el pacto de fidelidad del pueblo de Salta con el Crucificado.

“Hace setenta años que vengo, y lo voy a seguir haciendo mientras pueda, porque para mí el verdadero comienzo de año es el quince de septiembre... Y siempre le hablo al Señor con las mismas palabras: ‘Consérvame con vida, para que pueda volver a agradecerte tu bondad’”, dice Casimira Gutiérrez, cumplidos ya sus ochenta y dos...

Mientras tanto, siguen los ruegos, las campanas no callan, y los pañuelos blancos forman casi otro cielo debajo del Cielo.

La bellísima y dramática imagen del Crucificado –de tamaño casi natural– volvió a convocar a una multitud que crece año tras año y reúne a fieles de todo el país.

La bellísima y dramática imagen del Crucificado –de tamaño casi natural– volvió a convocar a una multitud que crece año tras año y reúne a fieles de todo el país.

Año 1592. El obispo de Tucumán, fray Francisco de Vitoria, dona al pueblo de Salta la imagen del Crucificado. Que, según la leyenda, había llegado en un cajón, flotando, al puerto peruano del Callao. Al abrirlo, encontraron una nota: “Destinado a la iglesia matriz de Salta”. Las autoridades la enviaron de inmediato. Pero la devoción surgió un siglo más tarde, luego del terremoto que destruyó la ciudad de Esteco, con temblores que sacudieron a la propia Salta. El cura José Carrión organizó una ceremonia colectiva para pedir que cesara el terremoto... y éste acalló su furor un 15 de septiembre. A partir de entonces y hasta hoy, y por siempre, la procesión y sus ritos no se detienen. Y las multitudes siguen creciendo.

Año 1592. El obispo de Tucumán, fray Francisco de Vitoria, dona al pueblo de Salta la imagen del Crucificado. Que, según la leyenda, había llegado en un cajón, flotando, al puerto peruano del Callao. Al abrirlo, encontraron una nota: “Destinado a la iglesia matriz de Salta”. Las autoridades la enviaron de inmediato. Pero la devoción surgió un siglo más tarde, luego del terremoto que destruyó la ciudad de Esteco, con temblores que sacudieron a la propia Salta. El cura José Carrión organizó una ceremonia colectiva para pedir que cesara el terremoto... y éste acalló su furor un 15 de septiembre. A partir de entonces y hasta hoy, y por siempre, la procesión y sus ritos no se detienen. Y las multitudes siguen creciendo.

Réplicas de la imagen en todas las manos.

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