“La gente demostró dignidad: no se vendió por una chapa o un plato de comida” – GENTE Online
 

“La gente demostró dignidad: no se vendió por una chapa o un plato de comida”

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"Si monseñor Joaquín Piña gana, es un verdadero milagro”, le dijo a GENTE –cuando el sol misionero todavía calentaba a su sector– uno de los principales referentes del gobernador Carlos Rovira, segurísimo de que el gigantesco operativo basado en el clientelismo político era invencible. Es que pocos pensaban que se podía luchar contra las promesas del gobierno nacional –justo antes de las elecciones– de invertir 1.900 millones de pesos en la provincia; a la presencia del mismísimo presidente Néstor Kirchner abrazando al gobernador un mes antes del comicio; al apoyo explícito de los ministros Fernández durante la veda electoral; el envío de seis millones de pesos en ayuda social durante los últimos días –entregados en mano por la ministra Alicia Kirchner y el titular del ANSeS, Sergio Massa–; a los créditos blandos de mil pesos, cheques al portador, bolsones de comida, bicicletas y otras especies que entregaba el propio Rovira en sus actos –aun contra una legislación que prohíbe otorgar subsidios estatales desde un mes antes–; la nula difusión de la publicidad opositora (el canal oficial les pidió 222.214 pesos por adelantado a cambio de seis minutos diarios durante diez días), el sospechoso incendio de dos capillas en Andresito y Picada Belgrano, y la denuncia de la existencia de 31 mil DNI sin foto prestos para votar.

Hasta los más fieles seguidores del obispo emérito de Puerto Iguazú estaban convencidos de que su cruzada contra la reelección indefinida del primer mandatario provincial se trataba más de una pelea espiritual que de una contienda electoral con verdaderas chances. Sí, muchos de los 700 mil misioneros habilitados para votar pensaban que sólo un milagro salvaría al “Padre Obispo” –como lo llaman todos aquí, en Puerto Iguazú, y como rezaba la boleta del Frente Unidos por la Dignidad– de una debacle electoral.

Monseñor Joaquín Piña (76), en cambio, les tenía fe a esos mismos misioneros, habitantes de una provincia donde el 50,2 por ciento aún sigue bajo la línea de pobreza. El domingo 29 de octubre se levantó a las 6:20, se calzó la remera con la imagen de San Jorge lanceando al Dragón y, junto a la hermana Adela Helguera, candidata también a convencional constituyente, caminó con lentitud los 30 metros que separan su casa del salón Guadalupe del Obispado, donde un centenar de fiscales lo esperaban para participar de la misa antes de que se abriera el acto electoral. Cuando llegó la lectura del Evangelio, en la parte donde hace referencia a la curación del ciego de Jericó, monseñor Piña rezó con fuerza para que Dios curara de la ceguera a “aquellos ciegos que no quieren ver”, haciendo una clara alusión a los ciudadanos que votaban en los comicios. A la hora de la oración de los fieles, por su parte, la hermana Adela pidió para que Dios intercediera y abriera los ojos a los fiscales cuando se presentaran votantes con documentos apócrifos.

El Padre Obispo terminó la celebración pidiendo que Jesús abriera los ojos a todo el pueblo misionero para que pidiera distinguir siempre el bien sobre el mal. Y convencido de que Dios iba a escuchar sus plegarias, saludó a los fiscales y se dirigió a la Escuela Número 200, a votar.

Doce horas después, mientras miraba las cifras (56,57 de Piña contra 43,43 de Lidia Bina Viviana Rovira, candidata oficial por el Frente Renovador de la Concordia y prima hermana del gobernador), Carlos Rovira no sabía cómo explicarle al presidente Néstor Kirchner la debacle electoral sufrida a manos de un candidato inexperto, que había conseguido un milagro. En la Casa Rosada acusaron el golpe de las urnas, al punto tal que hasta la mañana del martes 31 (el cierre de esta edición) sólo el inefable Luis D’Elía había salido a dar su opinión sobre los comicios, con la intención de “despegar” a Kirchner de la dolorosa derrota.

Golpe al corazón del poder. Joaquín Piña nació en Sabadell, Barcelona, España, el 25 de mayo de 1930. En 1955 viajó a la Argentina a completar sus estudios y fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús el 10 de diciembre de 1961. Pocos años después viajó al Paraguay. En la década del 70 cruzó a Misiones, adoptó esta tierra como su hogar y se nacionalizó argentino. El 16 de junio de 1986 lo eligieron obispo de Puerto Iguazú, y un mes después recibió la ordenación episcopal. El 3 de octubre, en plena campaña, renunció a su cargo. Lo reemplazará el presbítero Marcelo Martorell, de 61 años, hoy en Córdoba. Tras el triunfo, sereno pero feliz, Piña habló con GENTE.

–Monseñor, ¿cuál fue el secreto para ganar una elección que parecía perdida ante el inmenso aparato estatal?
–Nos ayudó que nuestros amigos del oficialismo hayan cometido tantos errores que se han vuelto en contra suya. Además, la gente demostró que tiene dignidad y no se vende por una chapa o un plato de comida. Esta vez votó con el corazón. Teníamos un poco de miedo, no le voy a negar, porque enfrente estaba todo el aparato político, toda la plata del mundo. Ahora vendrán las vacas flacas, porque esa gente ha gastado por adelantado y no habrá para pagar los sueldos…

–¿Qué lo sorprendió en su primera incursión política?

–Primera y última… El gran problema es que la gente más humilde carece de formación cívica. Hemos trabajado en eso de las escuelas de ciudadanía, pero creo que hace falta mucho más. Desgraciadamente, del lado del oficialismo ha habido mucha bajeza. La violencia ha jugado un papel importante en esta campaña. La ejerció gente que no sabe perder, capaz de cualquier cosa. Lo demuestra la quema de las iglesias, la prohibición a los policías y sus familias de ir a misa. Cosas absolutamente inauditas, que nunca antes había visto.

–Ver templos incendiándose nos hizo retroceder a la década del 50…
–No quiero exagerar en eso. Pueden ser casos aislados. Aunque queda claro que la intolerancia lleva a esos extremos, porque todo indica que los incendios han sido intencionales.

–¿Por qué cree que se recurrió a este tipo de cosas?
–Lo que sucede es que el Gobierno se ha puesto nervioso porque no le cerraban los números y comenzó a dar manotazos de ahogado para poder revertir la situación.

–Hace un momento me dijo que ésta sería su “primera y última” participación en política. Sin embargo, muchos dicen que sería un excelente candidato a gobernador el próximo año. ¿Aceptaría?

–Yo acepté esta candidatura porque no se disputaba ningún cargo público y porque las instituciones de la democracia corrían un gran riesgo. Me parecía muy importante frenar la reelección indefinida de Rovira. Fue una situación excepcional. Mi aporte, por lo consiguiente, se termina aquí. Después de que se realice la Convención Constituyente, en política ya no tengo nada que hacer. Nunca fui candidato a un cargo público y tampoco lo voy a ser ahora.

–Se especula que quizás, el año próximo, Kirchner intente conseguir la reelección indefinida, igual que Rovira. ¿Cree que su triunfo ayuda a ponerle freno a esa ambición y a la de otros gobernadores como el tucumano José Alperovich o el bonaerense Felipe Solá?

–Creo que sí. Seguramente este resultado le hará pensar un poquito más. La gente sabe que sin alternancia en el poder no hay democracia posible, y se jugó por eso. Es una señal de alerta para otros que quieren hacer lo mismo, incluso para el Presidente. El oficialismo, desde ahora, se va a tener que cuidar un poquito más. Van a tener que bajar un poco ese orgullo con que han estado manejado las cosas hasta ahora.

–De la vereda opositora, Macri, López Murphy y Puerta manifestaron la intención de crear un frente similar al suyo para enfrentar a Kirchner.
–Mire, yo siempre tomé distancia de esos señores, que para mí representan una política pasada. Lo que yo quiero es algo nuevo. Los renovadores nos lo habían prometido, pero nos terminaron dando algo más viejo todavía. Yo pienso que hay que lograr algún día hacer otro tipo de política.

–¿Tomó el llamado del papa Benedicto XVI (que declaró que los religiosos no debían incursionar en política) como una campaña en contra suya?
–Nooo… Algunos quisieron aprovecharse de eso e intentaron usarlo políticamente. El Papa dijo que el campo de la política es de los laicos, y estoy totalmente de acuerdo. Pero los pastores tenemos que acompañar a los laicos, porque he escuchado varias veces que se quejan de que nosotros los lanzamos a la arena política y después los dejamos ahí, solos. De alguna manera los tenemos que acompañar, y es lo que hemos estado haciendo. Mi participación en política tuvo que ver con lo que yo entiendo como una defensa de los derechos humanos. En ese sentido, todos tenemos que hacer política. Y, humildemente, creo que esta elección ha ayudado a la gente a madurar. Es muy importante que la ciudadanía se haya cuestionado y se haya pronunciado para defender las instituciones.

–Acá, la Iglesia lo apoyó claramente. Sobre todo monseñor Jorge Bergoglio.
–¡Ah! A él le doy las gracias, y también a los hermanos del Episcopado.

–Precisamente esta semana el Episcopado comienza a deliberar, y usted será una figura de lujo…
–No, ya he decidido no participar y se lo he comunicado al secretario del Episcopado. Ya no me corresponde, porque me acaban de jubilar. Y a decir verdad… ahora me gustaría descansar un poco.

El domingo, antes de ir a votar, el obispo Piña, junto a la hermana Adela Helguera –candidata a convencional constituyente– se dispone a dar misa, como siempre. Luego, le ganaría al poder y a la prepotencia clientelista.

El domingo, antes de ir a votar, el obispo Piña, junto a la hermana Adela Helguera –candidata a convencional constituyente– se dispone a dar misa, como siempre. Luego, le ganaría al poder y a la prepotencia clientelista.

A las 6.20, con el sol asomando sobre la tierra colorada de Puerto Iguazú, Piña y la hermana Helguera caminan rumbo al salón Guadalupe del Obispado. Allí, el prelado dio misa y pidió “por los ciegos”. Luego, con la remera de San Jorge y el Dragón, votó. Su documento y la boleta del Frente Unidos por la Dignidad –donde figuró como Padre Obispo–, testigos mudos de una jornada histórica.

A las 6.20, con el sol asomando sobre la tierra colorada de Puerto Iguazú, Piña y la hermana Helguera caminan rumbo al salón Guadalupe del Obispado. Allí, el prelado dio misa y pidió “por los ciegos”. Luego, con la remera de San Jorge y el Dragón, votó. Su documento y la boleta del Frente Unidos por la Dignidad –donde figuró como Padre Obispo–, testigos mudos de una jornada histórica.

“<i>La gente sabe que sin alternancia en el poder no hay democracia posible, y se jugó por eso. Es una señal de alerta para otros que quieren hacer lo mismo, incluso para el Presidente</i>”

La gente sabe que sin alternancia en el poder no hay democracia posible, y se jugó por eso. Es una señal de alerta para otros que quieren hacer lo mismo, incluso para el Presidente

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