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Covid-19: El relato de la música argentina que pasó dos meses “presa en un crucero”

Covid-19: El relato de la música argentina que pasó dos meses “presa en un crucero”

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Fue un sueño que se convirtió en pesadilla. La cantante Florencia Napoli –que fue corista de Axel y lideró una banda con Jey Mammon– viajó a Miami para trabajar a bordo de un crucero caribeño, pero el coronavirus provocó que quedase confinada en su camarote, sin saber si había infectados alrededor.

La charla con Florencia Napoli (34) comenzó el 10 de mayo al mediodía, mientras estaba confinada en la cabina U53 del sexto piso de un barco que navegaba por el Mar Caribe –“no sé bien por dónde estoy”, decía entonces con resignación–, y concluyó el 18 de mayo con ella confinada en la habitación 1516 del decimoquinto piso del hotel Presidente de Buenos Aires, donde está cumpliendo la cuarentena obligatoria sin sus objetos personales. “Mis valijas –y las de los que viajaron conmigo– quedaron en Miami, porque subieron al avión las del vuelo anterior. Es algo que viene con arrastre”, dirá con palpable indignación después de cumplir más de dos meses en soledad. Su historia comenzó el 7 de octubre de 2019, cuando se embarcó en uno de los treinta y tres cruceros de una compañía británica-estadounidense-panameña, con la intención de juntar plata para invertirla en su carrera de cantante. “Tenía planeado terminar mi contrato como cantante de la Rock Band, que se presentaba todos los días en el Casino, y hacer un par de shows en Miami, pero mi suerte cambió”.

–Llegó el coronavirus…

–Así es. En el crucero vivíamos en una burbuja dentro del mar. Las noticias nos llegaban re tarde… El Covid-19 arrancó con rumores y después se convirtió en una realidad cuando vimos las noticias en la tele de la zona de la tripulación. Eso sí, en el barco no pasaba nada hasta que empezaron a tomar medidas raras: cambiaron la vajilla para que no la compartamos con los pasajeros, no dejaron que nos auto-sirvamos los alimentos, y a los que estábamos autorizados a movernos nos dijeron que no podíamos ir a las áreas de los pasajeros y que teníamos que comer en las mesas de la tripulación. Esto no tenía ningún sentido, porque por nuestro trabajo después interactuábamos con ellos como siempre.

–Considerando que en cada puerto subían nuevos turistas, ¿no tenías miedo de que te contagiaran?

–Sí, un poco de paranoia tuve. Incluso pensaba: “Esta gente me abraza, me escupe en la cara al hablar cuando está borracha, se saca fotos conmigo… ¿de dónde vienen?”. Pero no duró mucho, porque a la semana nos anunciaron: “Se para todo. Se para la industria de los cruceros”. Y acá vino toda una manipulación, porque la empresa no nos mandó en ese momento a nuestras casas. El 14 de marzo bajaron a todos los pasajeros y nos dijeron: “Tienen un mes de vacaciones en el crucero y después seguimos”. A mí me sonó rarísimo que fueran tan divinos de pagarnos un mes por no hacer nada… Pero no podíamos bajar.

–¿No les dieron la posibilidad de irse?
–No. Nos avisaron que a muchos los iban a dejar bajar a la semana y a nosotros, a los de entretenimiento, a las dos. Pero a los ocho días dijeron: “Se bajan todos”. Y ahí ya no había pasajes para Argentina y las fronteras estaban cerradas, así que yo vi cómo se iban mis jefes y mis amigos. Fue un momento terrible, horrible, porque me quedé sola.

–¿Cómo siguió todo?

–A la deriva. El barco rotaba por distintos puertos en los que no podíamos bajar. Cada diez días volvía a Miami y ahí se encendían mis esperanzas, porque a otros los dejaban desembarcar. Pero nada… Me desesperaba. Me sentía en una cárcel. Miraba el puerto desde la ventana de mi camarote y desde la cubierta, sin poder hacer nada. Me tenían presa, por más que yo suplicaba volver por mi cuenta.

–¿Pediste ayuda a la embajada o al consulado argentino?

–Sí, traté de contactarme con el consulado en Miami, pero jamás me contestaron. Y entendí que yo no era prioridad. De hecho, por ser tripulantes no nos dejaban bajar en ningún país ni tomar vuelos comerciales. Estuvimos navegando todo el tiempo. Al final éramos tan pocos que, en medio del mar, nos pasaron a otro barco en botes salvavidas. A otros los mandaron en barcos que iban a sus países. A mí me pusieron en una especie de hotel flotante, donde “ubicaban” a todas las personas con las que no sabían qué hacer.

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–¿Cómo era la vida a bordo?

–Restringida. Nos confinaron en nuestros camarotes y sólo podíamos salir a tomar aire dos horas por día. En mi caso, de 9:30 a 10:30 y de 21:30 a 22:30.

–¿Sanitariamente te sentías segura en el barco?

–No, no me sentía a salvo, porque nos mezclaron con personas que venían de barcos con infectados.

–¿Cómo hiciste para pasar todo ese tiempo?

–Me aferré mucho a la música, hice vivos de Instagram, escribí en un libro lo que me iba pasando, hablé con mi familia, hice terapia por Skype con mi terapeuta, lo que pude, digamos…

–Hasta que llegó la vuelta… ¿Cómo fue?

–El miércoles 13, sorpresivamente, me hicieron completar unos formularios del Gobierno y me dijeron que viajaba al día siguiente. ¡No lo podía creer! Y el viaje… Digamos que no estuvo bueno. A las 6 AM nos dijeron que desayunemos bien, porque íbamos a tardar en volver a comer. Nos subieron a un micro que nos llevó directo a la pista de aterrizaje del aeropuerto de Miami. Ahí nos dejaron estacionados ocho horas, sin poder bajar ni abrir las ventanas. Cuando finalmente llegamos al avión, nos dieron una barrita de cereal y una mini bolsita de papas. Digamos que a las 7 AM llegué al hotel muerta de hambre y con un shock enorme. Es como que todavía estoy bajando la información al cuerpo, porque lo que viví fue un montón. De hecho siento que no llegué, porque hay una parte mía que todavía está ahí.

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