“Hagan como Clemente: nunca pierdan la fe y la alegría” – GENTE Online
 

“Hagan como Clemente: nunca pierdan la fe y la alegría”

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La noche, que se puso triste y cabrera, tiene muchas rayitas de tinta china. Y una luna enorme, arrabalera, que traza pincelazos de luz sobre el adoquín de Buenos Aires. La ciudad los busca. ¿Alguien sabrá dónde están? Decime, por favor, que están en algún lado. Habrá que buscar en un café bien porteño, con piso ajedrezado; o en una avalancha de tribuna futbolera; o en la esquina menos pensada, donde el tranvía dibujó su antiguo trayecto, para que las lágrimas se pierdan entre el empedrado.

Caloi (el Carlos Loiseau que nació en Salta, el 9 de noviembre de 1948) y Clemente (ese héroe nacional que apareció en 1973 en la contratapa de Clarín) tienen que estar, juntos y riéndose, en algún lado. Para contarnos el día a día, guiño de por medio, y así gambetear la angustia, porque la filosofía clementiana siempre será nuestro mejor bálsamo. Alguien dijo que Caloi, ese gigante de la cultura argentina, admirado y querido por sus pares, partió el martes 8 de mayo. Que la enfermedad más cruel (el cáncer) lo arrinconó en el Instituto del Diagnóstico. Que lo velaron en el Congreso y lo despidieron sus cinco hijos (Matías, Tomás, Aldana, Tobías y Juana), el resto de su familia, los amigos y miles de fanáticos. No nos resignamos. En el cielo de las cintas y los papelitos, siempre diáfano, siempre cercano, deben estar charlando más o menos así:

–Ahora sí, cuénteme viejito. Al final, ¿qué soy yo? ¿Un pajarito, un bicho, una cebra?
–Un Clemente, eso sos. Un atorrante lindo, sin manos ni alas. Un personaje con una cuota importante de absurdo, para pasar de la realidad a la fantasía sin demasiados preámbulos. Un bicho sin definición en la escala zoológica, digamos. Pero siempre real, eh, tan real que siento que caminás sin prejuicios por las calles de Buenos Aires.

–¡Y dele con las calles porteñas! ¡Qué metejón, eh!
–Un metejón ambivalente, te diría. Porque siempre adoré pasear sin apuro por Corrientes y Callao, ese Buenos Aires misterioso que Marechal tradujo en arte y poesía, lo mismo que Arlt, Macedonio y Girondo... Pero crecí en Temperley, en el Sur, y para allá siempre apuntó mi corazón.

–Como decía el tango...
–Ahí sí que me pinta la melancolía. Todavía me acuerdo que al mediodía, antes de salir para el colegio, pasaban media hora de Gardel en la radio. Me prendía como loco. Qué hermoso escuchar a Pugliese, Piazzolla, Vargas, Fiorentino... La radio alimentó mucho mi imaginación... Y las historietas argentinas, claro.

–¿Qué leía usté de pibe?
–Las revistas Rico Tipo, Patoruzú, Misterix... Y después llegó Quino, claro, el maestro de todos. Y lo intentaba copiar, lo mismo que a Landrú, quien me publicó las primeras cosas en Tía Vicenta. Siempre dibujé, desde los cinco años, hasta hacerme profesional a los 17. Adiviná dónde empecé a garabatear... ¡En el asfalto! Sí, con pedazos de yeso que robábamos de las demoliciones. Llegaba a dibujar media cuadra, junto con los pibes del barrio.

–El rioba, ésa es nuestra patria.
–En un momento se trató de desterrar todo eso: el barrio, el club, las costumbres del suburbio... Se empezaron a combatir todas las formas de solidaridad y de organización popular. Cuando tuve a mis tres pibes, Juan Matías (hoy de 37 años, el dibujante conocido como Tute), Tomás (35) y Aldana (34), me los llevé a vivir a Mármol. Quise que crecieran en el mismo ámbito que yo: verde, pelota, vecinos, club barrial.

–Siempre me dibujó en ese ámbito. Somos parecidos, eh.
–O somos lo mismo.

–¿Yo era su interlocutor, a veces?
–Je. A veces. Saliste peronista, igual que yo.

–Pero de Boca, usté que siempre fue de Riverplei...
–Es que Bartolo, el primer protagonista de la tira, el que manejaba el tranvía y un día presentó a su mascota (o sea, vos), era fana de River. Y para balancear, te hice a vos de Boca. No me avivé que, con el tiempo, lo ibas a terminar desplazando. Pero a vos te quieren los hinchas de todos los clubes.

–¿Se acuerda la que se armó con el Gordo Murioz por el tema de los papelitos en la cancha?
–El Gordo Muñoz, querrás decir. Sí, él era el relator más famoso del momento y hacía campaña para que los argentinos no arrojaran papelitos y cintas a la salida de los equipos. Porque se venía el Mundial 78 y había que dar una "buena imagen". Je... Mejor lo dejamos ahí...

–Al final, ese enfrentamiento me terminó haciendo más popular. Si hasta me pusieron en el cartel electrónico del Monumental, pidiendo que llovieran papelitos. La gente no sabe, pero lo único que no controlaban los milicos era el tablero de la cancha: lo manejaba la FIFA.
–Y se me ocurrió diseñarte para que aparecieras en el tablero, pidiendo que tiraran papelitos. Pero te confieso: tenía un miedo bárbaro, podía terminar en una zanja. Cuando se produjo el golpe, en el '76, me llamaban todos los días a mi casa, a eso de las ocho de la mañana, para decirme que me iban a matar.

–Usté siempre fue valiente. Y coherente con sus ideas.
–Vos también, Clemente. Una voz que se identificó con el público, un ida y vuelta que traspasaba la historieta. Y después, encima, hasta llegaste a la tele...

–Sí, en 1982. Y ahí me empezaron a seguir más chicos, se encariñaron mucho. Y mi hermano del alma, el Negro de Camerún, se convirtió en un suceso.
–Claro, porque Camerún se clasificó para el Mundial de España 82. Y el Negrito, solo con su alma, no paraba de alentar... Burumbumbún...

–Con el hueso en la cabeza y una sonrisa enorme. La etapa de la tele fue linda, eh. Y ahí, en los libretos, colaboraba ese otro Negro lindo.
–Dolina, claro. ¡Cómo nos divertíamos!

–Ustedes, los Negros, tienen algo especial. Porque Fontanarrosa también me ganó el corazón.
–¡Si habremos compartido noches de vino y charla con el Negro rosarino...! Esa es la actividad que más disfruté en mi vida: las veladas interminables con los amigos.

–No se me ponga sentimental, viejito.
–No, pibe, tranquilo. Yo, como tantos argentinos, también aprendí de vos. Alguna vez lo dije en un reportaje: desde esa tira transmitiste mucha vida. Mucha. Nunca perdiste la esperanza, desde el '73 a esta parte, y mirá que pasaron cosas... Siempre fuiste un tipo alegre, con fe. Y si de momento alguien las pierde (a la alegría, a la fe), seguro que vos, querido Clemente, le sacás una sonrisa sanadora.
El genio y sus dos criaturas más queridas: el popularísimo Clemente y el Negrito de Camerún. “Llegan los cantitos y el humor...”, se escuchaba. Y la tele retumbaba.

El genio y sus dos criaturas más queridas: el popularísimo Clemente y el Negrito de Camerún. “Llegan los cantitos y el humor...”, se escuchaba. Y la tele retumbaba.

Clemente asoma desde el tablero electrónico del Monumental, durante el Mundial 78. Mientras que el relator José María Muñoz pedía que la gente no “ensuciara” las canchas, el personaje de Clarín hacía la campaña inversa. Ya se sabe quién ganó.

Clemente asoma desde el tablero electrónico del Monumental, durante el Mundial 78. Mientras que el relator José María Muñoz pedía que la gente no “ensuciara” las canchas, el personaje de Clarín hacía la campaña inversa. Ya se sabe quién ganó.

“Clemente siempre defendió las mismas cosas que yo: el barrio, los amigos, la solidaridad, el club. Y la gente se identificó con él para siempre”

“Clemente siempre defendió las mismas cosas que yo: el barrio, los amigos, la solidaridad, el club. Y la gente se identificó con él para siempre”

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