“Habría sido un gran futbolista; fui psiquiatra, pero preferí ser actor” – GENTE Online
 

“Habría sido un gran futbolista; fui psiquiatra, pero preferí ser actor”

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A Diego Peretti todo le pasó de grande. A los 30 debutó en televisión, a los 32 renunció a su profesión de psiquiatra para dedicarse de lleno a la actuación, a los 37 se enamoró de Natalia, su actual mujer, y a los 39 fue papá de Mora. Dice que también pudo haber sido un buen jugador de fútbol. Llegó a entrenar en la prenovena de River, el club de sus amores, jugó en GEBA y en la selección del Nacional Buenos Aires hasta que la universidad lo retiró de las canchas. A los 49 años, el doctor Diego Peretti, protagonista de la película Fuera de juego y del unitario En terapia, hijo del profesor Aldo y de la vendedora Margarita, lejos de renegar de su pasado, se anima al diván.

–Usted es una de las "figuritas difíciles": no le agradan mucho los reportajes ni las fotos. ¿Es una postura o un prejuicio?
–Ni me desagrada ni es un prejuicio ético. Prefiero hacer notas que hablen de mi trabajo. Lo demás me produce un poquito de vergüenza ajena, que se arme un personaje de lo público. ¿Viste cuando en esta profesión decimos que el personaje se come a la persona? Es un riesgo tóxico, porque provoca disociación. Cuando no estoy actuando soy una persona muy normal. Quizás esto lo dicen los más anormales de todos, pero...

–Viniendo de un actor que fue psiquiatra, aunque ya no ejerza, lo de la normalidad suena extraño.
–Sí, pero es verdad. Tengo una vida cotidiana muy estándar. No soy excéntrico, ni mucho menos.

–Sus padres murieron cuando todavía ejercía la medicina y antes de su consagración como actor. ¿Llegaron a verlo en el escenario?
–Mi mamá un poco más, pero no como profesional. Sé que les hubiera gustado mucho verme. Ella era una amante del cine; mi papá, que era profesor de Química, Física y Matemática, tenía un gran espíritu artístico.

–Es decir, no renunció a la psiquiatría aprovechando que ellos ya no estaban.
–No, ¡no me escapé! Empecé a estudiar teatro cuando estaba en cuarto año de la facultad y desde el principio sentí que ése era mi lugar. Tuve la suerte de aprender con Raúl Serrano, uno de los mejores profesores del país. Mis padres me alentaban y yo, que estaba "muy liviano en la vida", porque vivía solo en un ambiente en French y Pueyrredón, no estaba casado ni tenía hijos, me dediqué de lleno a las dos cosas.

–¿Vivía entre el consultorio y el escenario?
–No llegué a tener consultorio privado; atendí mucho en hospitales públicos. Hice la residencia en el Castex (hoy Eva Perón) de San Martín y fui jefe de residentes en el Argerich. Cuando terminaba las guardias de 24 horas, dos veces por semana, me iba a ensayar al teatro De la Campana, porque formaba parte del elenco estable. Fue una época de muchos sacrificios (no dormía más de cuatro horas) pero muy hermosa, con el gran debut en televisión en 1993, en Zona de riesgo, y luego el éxito de mi personaje de El Tarta, en Poliladron.

–¿Qué le dice del éxito su hija Mora, de diez años?
–Hay que tener cuidado con los chiquilines que son hijos de actores de cierta fama. A veces cuando vamos caminando por la calle aparece alguien desaforado que me dice: "¡Sos lo más grande... Por favor, sacate un foto conmigo!". Entonces, le explico que esa persona seguramente lo hace también con otros actores, que no hay que creerse todo lo que dicen de uno. Y así trato de resguardar a Mora.

–Y a su mujer... Siguen felizmente casados, ¿no?
–Sí, con crisis, como todos. Con Natalia nos casamos en el 2000.

–¿Antes no creía en el amor?
–Antes de conocerla estaba tan entretenido con mis dos profesiones que no tenía tiempo de armar otros proyectos.

–¿La conoció por el trabajo?
–No, no, nada que ver... Ella es diseñadora gráfica. Nos conocimos en el bar Los Sospechosos, en Vicente López, el que teníamos con los chicos de Los simuladores.

–¡Ah, como conoce en Fuera de juego a su novia –Laura Pamplona–! Parece que la película tiene mucho de usted: su personaje se llama Diego, también es médico –un ginecólogo que renuncia a su vida para viajar a España como representante del jugador de fútbol que encarna el Chino Darín–, está solo hasta que conoce a la mujer de su vida en un bar...
–El director, David Marqués, le puso Diego a propósito, porque la escribió pensando en mí. Pero ¡ojo! que yo soy un buen jugador de fútbol y Diego Garrido es un patadura. No es mi caso. Crecí leyendo El Gráfico y Goles. Jugaba en la calle San Juan –que todavía no era avenida–, a la vuelta de Canal 13 y de mi casa, donde vivía con mis padres y mi hermano Alejandro. En 1973 alguien del canal me vio y me invitó a participar de los Campeonatos Evita, que se reeditaron con la vuelta de Perón. Como soy hincha de River me anoté y llegué a entrenar en la prenovena del club. Era un buen 2, pero cuando empecé el secundario tuve que dejar, aunque seguí jugando en el Nacional Buenos Aires –llegué a integrar la selección del colegio– y en GEBA. Modestamente era muy bueno, no sé si un crack, pero si hubiera seguido habría sido un gran defensor, casi de Selección. Esto no lo puede comprobar nadie, pero estoy seguro de que es así, ja, ja...

–¿Es de ir a la cancha?
–No. Sigo los partidos por televisión. Ahora soy un hincha un poco sufrido, pero es un campeonato muy lindo el que está haciendo River en la B Nacional: lástima lo del otro día, que perdimos injustamente con Racing y no pudimos llegar a la final de la Copa Argentina... El trabajo de Almeyda me parece muy bueno... ¡Mirá de lo que estamos hablando! Como dice mi personaje en Fuera de juego, "el fútbol es el fútbol".

–Interpretar a Guillermo Montes, el psicoanalista de En terapia, ¿lo devuelve a su pasado?
–No, aunque por mi experiencia hubo una supervisión mía en algunos señalamientos. Es un personaje que me dio mucha curiosidad. Cuando leí el guión y vi las dos versiones (la israelí Be Tipul y la estadounidense In Treatment, basada en la anterior) me resultó muy entretenido y a la vez científicamente correcta. Está muy bien hecha.

–Sorprende porque en una televisión argentina tan exigente con la producción, se apoya en los textos y los actores. En su caso, en primeros planos o cuando está frustrado por lo que le pasa con su cara en la ventana, el famoso "la ñata contra el vidrio".
–Claro, que en mi caso no es precisamente "ñata"... jajajá... ¡sino ñatón!

–¡Fue sin ánimo de ofender!
–No hay problema. ¡El asunto de mi nariz grande es algo que ya tengo asumido!

–Ahora se va al Sur.
–A Bariloche, a rodar Wakolda, la nueva película de Lucía Puenzo, y una adaptación de su novela, que trata sobre los nazis que vinieron en la postguerra. Y después a Ushuaia, a filmar con Juan Taratuto –con quien ya trabajamos en No sos vos, soy yo– un drama que tengo muchas ganas de hacer.

–¿Viaja solo o con sus chicas?
–Ellas viajarán los fines de semana. Hay pistas de esquí, así que ya estamos armando planes.

–¡Qué suerte que tuvo al encontrar a su mujer en aquel bar...!
–Sí. Natalia y su familia me devolvieron el valor por la casa. De mi lado sólo quedamos mi hermano Alejandro y yo, y mis tíos Maruja y Abelardo –dos españoles muy simpáticos– y mi tía Lidia. Por eso y por otras cosas me siento una persona afortunada, que va concretando sus sueños, aunque, claro, no son aspiraciones enormes. Mi día a día es entretenido, no me aburro, la paso bien. ¿Sabés que tenés razón? ¡Tengo una suerte impresionante!Peretti debutó en 1993 en Zona de riesgo, y desde entonces no paró. Atrás quedó el psiquiatra, y mucho más atrás, el proyecto de gran futbolista. Hoy mira (y sufre) todos los partidos de su amado River.

Peretti debutó en 1993 en Zona de riesgo, y desde entonces no paró. Atrás quedó el psiquiatra, y mucho más atrás, el proyecto de gran futbolista. Hoy mira (y sufre) todos los partidos de su amado River.

“Modestamente, era muy bueno jugando  al fútbol. No sé si un crack, pero casi  de Selección. Esto no lo puede comprobar nadie, pero estoy seguro de que  habría sido así... ¡En serio!”

“Modestamente, era muy bueno jugando al fútbol. No sé si un crack, pero casi de Selección. Esto no lo puede comprobar nadie, pero estoy seguro de que habría sido así... ¡En serio!”

Es lo que dice ser Peretti, al explicar por qué no le gusta mucho hablar de su vida privada. Sin embargo, acá cuenta algunas cosas: “A los 37 me enamoré de Natalia, con quien me casé. Y a los 39 fui papá de Mora. Ellas me cambiaron la vida”.

Es lo que dice ser Peretti, al explicar por qué no le gusta mucho hablar de su vida privada. Sin embargo, acá cuenta algunas cosas: “A los 37 me enamoré de Natalia, con quien me casé. Y a los 39 fui papá de Mora. Ellas me cambiaron la vida”.

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