“Fui su último novio, el que más respetó, y nunca reveló nuestra vida íntima” – GENTE Online
 

“Fui su último novio, el que más respetó, y nunca reveló nuestra vida íntima”

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Sábado. Cielo de plomo sobre el río. Cielo gris. Pero no hay gris de ausencia en calle Discépolo al mil, bajo de San Isidro, frente a la puerta de la última casa de Fernando Peña. Hay varios autos. Nos preguntamos “¿Habrá empezado la gran fiesta de despedida, la que Fernando pidió tantas veces?”. No, pero sí. Adentro, en esa casa única –casi el aleph que describió Borges–, alrededor de una mesa, algunos amigos íntimos hablan, toman vino, recuerdan, hay buena música. Javier de Nevares (27), la última pareja de Fernando, no es ya el hombre enojado que, en la puerta de la Legislatura, el jueves, poco antes de aferrar la primera manija del ataúd, trataba de romper el cerco de micrófonos y grabadores que casi le borraban la cara. Se ha cortado el pelo casi al rape, y de pronto nos dice “Ahí está Fernando”.

“Ahí” es una pequeña caja rectangular con techo de pirámide, aristas de bronce, vidrios (espejados unos, esmerilados otros), que guarda las puras y frías cenizas de Fernando. El puerto final de la tempestad, el huracán que fue Fernando Gabriel Peña González Mendizábal, muerto de cáncer a los 46 años, el miércoles 17 de junio a las cinco menos veinte de la tarde.

Javier, que dice “lo conocí por medio de Mariano, un amigo mío, hijo del juez Marquevich, que tuvo a su cargo una causa contra Fernando. En esa época yo vivía en San Telmo con un amigo. Le dije a Mariano que me gustaba mucho lo que hacía en la radio y en el teatro, y una noche fuimos a verlo al Margarita Xirgu. Tres horas de función en las que lloré, me reí, aplaudí, me quedé dormido, me pasó de todo. Bajamos al camarín. El estaba agresivo: ‘Hice una función genial y el público está con cara de orto’. Le dije que sí, que había estado genial, y me fui. Tres días después me llamó Mariano: ‘Che, Fernando me pidió tu telefóno’. Y un día me llamó: ‘Javier, ¿por qué no venís a casa? No te preocupes: no te voy a coger. Si quiero coger te lo digo’.

Fui… Durante mucho tiempo no pasó nada. Compartimos mesas con otros amigos, fuimos de gira a Rosario, y yo decía ¡guau, qué bueno!, pero nada más: nada que ver con el amor. En realidad, me pasaba algo raro. Fernando para mí era un gran enigma… hasta que una noche, ¡pum!, pasó lo que pasó… ¿Si vivir con Fernando era difícil, si había que bancar mucho? Sí, sí… Yo fui la madre Teresa de Calcuta. El, siempre acelerado, intenso, incansable, y yo, equilibrando. Teníamos peleas feroces…

¿Si me costó revelar lo que pasaba? ¿Qué les parece? Yo, un pibe de clase media alta que estudió en el San Agustín y el Champagnat, de familia católica, jugador de rugby en el colegio, empleado de una gran empresa, que de pronto tuvo que decir: ‘Soy puto, estoy enamorado de un hombre y vivo con él. El problema es que ese hombre… ¡es Fernando Peña!’. Pero pagué el precio. Tuve muchas peleas. Mi padre –hoy hace un año que murió de cáncer– cuando vio los tatuajes que Fernando se hizo en la cabeza, dijo ‘¡Es un borracho!’. Pero okey: los que me quieren, están, y del resto no me importa nada. Nunca me voy a olvidar del mensaje que me mandó Diego Scott, amigo de Fernando antes de que fuera una estrella. Decía así: ‘Si hace dos años te hubiera dicho que un día, a las tres de la mañana, ibas a estar en la Legislatura con tus amigos y frente al cadáver de Peña, no lo hubieras creído’. Por supuesto.

Ser la pareja de Fernando me cambió la vida: soy un antes y un después de él, a pesar de que (no creas) también soy medio inconsciente… Eso, después de varias etapas. Antes, entre los diecisiete y los veinte años, tuve una etapa mística: era medio un fana religioso. Pero eso sí: desde chico quise ser actor, estudié teatro con Julio Chávez, y el teatro es mi mundo. ¿En qué momento llegué a la vida de Fernando? En un momento muy malo. Sin laburo, sin un mango, deprimido, mi viejo muriéndose de cáncer…

¿Cómo fue esa relación? Total, de todos los colores. Eramos familia, amigos, amantes, travestis, lesbianas… Eramos adultos, pero también muy bebitos… Seguirle el tren era matador. Me moría. Le decía, de madrugada: ¡quiero dormir… quiero dormiiir! Y nada… El, despierto, zamarreándome: ‘¡Mirá la televisión! ¡Mirá lo que están dando!’ Llegué a estar tres días despierto… Pero eso sí: de todos sus novios –y fueron muchos– soy el que más respetó, y del que nunca reveló intimidades. Nunca me nombró en público (algo que hizo de otros, sus ex, de los que solía estar rodeado), y me decía: ‘Boludo, lo más difícil del mundo es encontrar una pareja, no importa si es hombre con mujer, hombre con hombre, mujer con mujer… Alguien que, como vos y yo, sean de la misma clase social, tengan la misma vocación, les gusten las mismas cosas, hagan teatro juntos (hicimos dos: la más fuerte, La oscuridad es música, tremenda)…

¿Lo peor? La mirada de los otros, del afuera… Para la mayoría de la gente, éramos el tríptico homosexualismo-alcohol-droga, y ‘Ese tipo te está usando’. La palabra amor no entra en el diccionario de esa gente…

¿Si Fernando estaba frustrado? Sí, porque la gente no lo valoraba por lo más importante: su mensaje, su desafío al público para hacerlo pensar. Para ellos era el trasgresor, nada más: la cáscara, no el alma. Había que ver cómo hacía sus personajes: se transfiguraba, sus ojos y su boca cambiaban de forma, era otro, pero no por la máscara: porque le explotaba adentro… Por supuesto, después de un año de vivir y dormir juntos, empecé a agarrarle la ficha: ‘Pará, no me jodas, que ya te conozco’, le decía. Sí, en los últimos tiempos lo vi muy cansado. Le costaba ir a la radio. El final empezó hace un mes y medio. Estábamos en Punta del Este, en lo de Carlitos Perciavalle, y lo dobló un dolor muy fuerte. Volvimos a Buenos Aires, y el diagnóstico fue cáncer hepático epitelial, como lo confesó enseguida, ¿se acuerdan? Dijo: ‘Nada de larga enfermedad, de larga y penosa enfermedad, de cruel enfermedad. Las cosas por su nombre: tengo cáncer’. En realidad, con sus enfermedades tuvo una relación ambigua. Cuando le apareció el sida, se preocupó: ‘Tengo el bicho éste, y no sé cómo manejarlo’, decía. Pero después lo asumió y no habló más del asunto. Tomaba la pastilla cada doce horas y punto. Y para mí fue igual: yo le daba más importancia a un cenicero lleno de puchos que al sida. Es más: ni siquiera me hice los análisis.

¿Qué voy a hacer de ahora en adelante? No sé. Por un tiempo voy a vivir acá, y después me alquilaré un bulín. ¿Qué va a pasar con las cenizas de Fernando? Tampoco sé, porque no recuerdo una última voluntad. Creo que tendrían que quedar en la playa de Montevideo, muy cerca de donde nació. ¡O podemos hacer una gira tirando un poco de ceniza por todas partes! ¿Qué va a pasar con sus cosas? Lo mismo: no sé. ¿Hizo testamento? Decía que sí, pero no es seguro. ¡Jugó tantas fichas distintas, dijo cuarenta cosas distintas sobre la muerte, pensó tantas frases distintas para su lápida!

¿Si tenía un hijo? Lo dijo en una nota, pero ninguno de sus amigos sabe nada en concreto… No lo creo, a mí nunca me lo contó. Tiene un hermano menor, claro, que es músico y vive en Washington. Dijo que iba a venir, en agosto, cuando tenga tiempo. Lo único seguro, como todos recordamos, es el momento en que empezó a ser realmente Fernando Peña: fue en aquel programa de Susana Giménez, cuando dijo, al final, ‘soy un puto sufrido’. La palabra con todas sus letras, porque odiaba los sinónimos perdonavidas: gay, homosexual, etcétera. Lo que quiero, sí, es hacer la fiesta en su nombre que él pidió: tal vez en esta casa, un día cualquiera, a puertas abiertas, y también armar una película con todo lo que filmé en sus últimos días: la quimioterapia, los dolores, todo, porque él quería que fuera un legado para los que pasan por lo mismo. Eso, y también un homenaje en el teatro. Después, su muerte será algo triste para aquellos que lo admiraron y lo amaron, y un alivio para quienes lo odiaron por su personalidad… o porque dijo algunas verdades molestas tipo ‘los humanos somos unos miserables, una mugre’. Se desesperaba por cambiarle la cabeza a la gente, por hacerla reflexionar. Nunca boludeaba ni perdía el tiempo diciendo tonterías o frases de ocasión. Es cierto que quería irse de acá, del país. Este país lo agotaba. Era más feliz en Montevideo y en Punta del Este. Quería comprar un ómnibus, cargarlo con sus amigos y largarse a hacer teatro por América latina. A pesar de la enfermedad seguía haciendo planes…

¿La muerte, su muerte, cómo fue? Todo muy rápido, apenas cinco días desde que se agravó y lo internamos. No, no hubo últimas palabras ni nada de eso. Estuvo dormido. Yo le hablaba y se movía un poco, o decía algo (más sonidos que palabras), pero nada más. Se le habían hinchado las piernas y tenía el cuerpo brotado como por una alergia o algo así. Sí, es cierto que a su cuerpo lo vestimos, le pusimos anillos, le acercamos medio vaso de whisky y lo acordonamos para que nadie lo tocara, porque Fernando odiaba que lo tocaran los desconocidos, aunque fuera una muestra de admiración. Pasó del sueño a la muerte y aquí está”, dice, mirando otra vez la caja rectangular con techo de pirámide, aristas de bronce y vidrios, espejados unos, esmerilados los otros. ¿Diseño de Fernando? “No: estaba en el catálogo de la funeraria”, dice Javier. Una urna de catálogo. Quizá lo único convencional que hubo en su vida. ...dice Javier con un vaso de vino en la mano y otro junto a la urna que guarda las cenizas de su pareja, coronada por dos fotos: Fernando con sus perros y uno de sus retratos más queridos.

...dice Javier con un vaso de vino en la mano y otro junto a la urna que guarda las cenizas de su pareja, coronada por dos fotos: Fernando con sus perros y uno de sus retratos más queridos.

Miles de objetos, desde juguetes viejos y baratijas hasta costosos vidrios soplados, cactus, máscaras y cuadros, no dejan un hueco libre en su enorme casa del bajo San Isidro. Sólo Fernando era capaz de combinar con arte un enano de cemento con una porcelana china…

Miles de objetos, desde juguetes viejos y baratijas hasta costosos vidrios soplados, cactus, máscaras y cuadros, no dejan un hueco libre en su enorme casa del bajo San Isidro. Sólo Fernando era capaz de combinar con arte un enano de cemento con una porcelana china…

Una de las pocas fotos que los muestran juntos. Fernando nunca habló de su intimidad en público. “Un signo de gran respeto”, define Javier.

Una de las pocas fotos que los muestran juntos. Fernando nunca habló de su intimidad en público. “Un signo de gran respeto”, define Javier.

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