“Estuve muy cerca de la muerte; siento que volví a nacer” – GENTE Online
 

“Estuve muy cerca de la muerte; siento que volví a nacer”

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Betiana Wolenberg tiene una pequeña cicatriz sobre su ceja derecha. Más otras cinco o seis repartidas en sus brazos. Y una herida muy profunda en su muslo izquierdo. “Nada grave”, define. Estuvo cuatro días en coma, al borde de la muerte. Más otros cuatro meses tendida en la cama, esperando que su cadera partida en tres pedazos soldase de una bendita vez. Volvió a nacer, dicen. El 21 de octubre de 2007, después de dos días de trabajo en Nueva York, su novio la recogió en Ezeiza y, sin más escalas, partieron juntos hacia Melincué, provincia de Santa Fe, para asistir a una carrera de cuatriciclos. Pero nunca llegaron a destino: en el kilómetro 187 de la Ruta Nacional 8, el Volkswagen Bora en que viajaban voló por el aire. Ahora, cinco meses después, otra vez de pie, Betiana quiere volver a trabajar y recuperar su carrera como top en el staff de Pancho Dotto. No le faltan argumentos: aún conserva su 1,75 m de altura y sus 88-59-84 con que sedujo al mundo. Con una exquisita cadencia que delata su origen –de Leandro Alem, Misiones–, invita a la charla.

–Primera pregunta, inevitable: ¿cómo estás, Betiana?
–Muy bien. Perfectamente bien. Empecé a caminar hace un mes y desde entonces no paré más.

–El accidente fue el 21 de octubre…
–Es que me rompí la cadera en tres pedazos y recién terminó de soldar hace un mes. También tuve un golpe muy grave en la cabeza. El médico pensaba que terminábamos en cirugía y que yo iba a quedar con la mitad derecha del cuerpo inmóvil. Cuando desperté, después de cuatro días en coma, nadie lo podía creer. ¡Volé a 50 metros del auto y estaba entera!

MAXIMA VELOCIDAD. Iban demasiado rápido, quizás a 180 kilómetros por hora. Pasaron a un colectivo de la Policía Bonaerense, cruzaron un puente sobre el arroyo Los Ingleses… Incómoda, Betiana decidió quitarse el cinturón de seguridad. No saben bien cómo sucedió el accidente. Habían superado el mojón 187 de la ruta 8 cuando Santiago Rossi perdió el control del vehículo. “El auto pegó un tirón hacia la derecha y se despegó de la ruta”, recuerda. Los peritos luego concluyeron que viajaban con un neumático pinchado, que la cubierta fue perdiendo presión hasta que la llanta tocó el pavimento. Nadie puede precisar cuántos giros dieron en el aire. En su rodada, el Bora golpeó contra el alambrado de un campo vecino y derribó cinco pilotes de quebracho. Recién se detuvo a más de cien metros del asfalto. De alguna manera, Betiana fue expulsada del automóvil. Creen que salió despedida por el parabrisas, pero no pueden asegurarlo. Su butaca, la del acompañante, fue aplastada por el techo. Atrapado entre los hierros retorcidos, Santiago vio que le faltaba su mano derecha. No sintió dolor. “Tenía el brazo cubierto de sangre, con mucha piel colgando, la carne viva y dos huesos que asomaban en la muñeca, pero no sentía nada”, insiste. Después perdió el conocimiento.
Los policías que viajaban en el colectivo fueron los primeros en llegar al lugar. Encontraron a Betiana Wolenberg inconsciente, a cincuenta metros del auto. Estaba tendida sobre el pasto, con la boca hacia abajo. El cuerpo de Santiago Rossi asomaba por una ventana del vehículo, bañado en sangre. Durante algunos minutos, lo dieron por muerto. Improvisaron los primeros auxilios y llamaron a una ambulancia de Arrecifes, que no tardó en llegar. Después de recoger a los accidentados, uno de los médicos guardó la mano derecha de Rossi en un bolsillo de su delantal. “Quizás alguien pueda hacer algo”, pensó.

VOLVER A VIVIR. Santiago Rossi sonríe. Aún no puede sostener un apretón de manos, pero ya mueve los dedos de su diestra. Le crecen las uñas y, de a poco, va recuperando sensibilidad. Su antebrazo está atravesado por cicatrices irregulares y profundas. Dice que los prodigiosos cirujanos del Hospital Italiano no consiguieron reconstruir su muñeca, por lo que hay movimientos que no recuperará jamás. Quizá, más adelante, se someta a una nueva operación. “Pero después de verme sin mano, esta recuperación ya me parece increíble”, insiste. Son tres clavos de titanio los que sostienen el milagro. Otros 41, en su mandíbula, le devolvieron la capacidad de hablar, comer y sonreír. Betiana Wolenberg espera, así que mejor continuamos con la entrevista…

–Santiago y vos llevaban sólo dos meses de novios cuando ocurrió el accidente.
–Y todo esto nos unió muchísimo. Estamos muy enamorados.

–¿Sos consciente de que estuviste cerca de la muerte?
–Les tengo que agradecer muchísimo a todos los que me salvaron la vida. Al policía que me rescató, a toda mi familia, a mi mamá que se bancó todo… Ahora estoy perfecta, no tengo secuelas. Sólo me falta el alta del médico que me operó la garganta, porque después del accidente me entubaron muy apurados y me rasparon la garganta. Eso me produjo lesiones que no me permitían respirar, así que me tuvieron que hacer cuatro cirugías.

–Posaste con tus cicatrices. ¿Perdiste coquetería o confiás en el Photoshop?
–¡No me importa nada, estoy chocha! No puedo creer que estoy sana. Me van a hacer cirugía plástica para borrar las cicatrices, pero recién cuando se cumpla un año del accidente. No hay drama.

–¿Qué recordás del accidente?
–Nada. ¡Si yo ni recuerdo haber estado en Nueva York!

–Después de tu recuperación, imagino que creés en los milagros.
–Todo fue un gran milagro. Poco antes del accidente pasamos al colectivo de la policía, los que después nos asistieron. Si la goma reventaba un minuto antes, caíamos en el arroyo. Además, por casualidad me saqué el cinturón de seguridad 15 minutos antes del accidente. ¡Y mi butaca quedó completamente aplastada! Evidentemente, no era nuestra hora.

–¿Sacaste alguna enseñanza de todo esto?
–Que hay que ir más despacio. En todo sentido, porque el auto estaba acelerado, pero yo también. Venía de Nueva York, estaba dos días en casa, arrancaba para otro lado… Un ritmo imposible.

–¿No apuraste la vuelta al trabajo?
–Puede ser, pero me encanta. Soy muy inquieta. El médico me dijo que podía volver a trabajar, aunque tengo que tener cuidado con mi cadera. Aunque lo que más me rogó es que no llame a la cigüeña… (ríe) No voy a poder tener nunca un parto natural, pero no me preocupa: que mi hijo salga por donde pueda. Tenía muchas ganas de trabajar, me encanta y lo extrañaba muchísimo. Además, desde los 15 años que no dependo de nadie. No pude continuar algunas campañas que estaba haciendo, como Kosiuko y Sweet Lady… Pero nada de esto me preocupa. Ahora valoro mucho más todo, como respirar y caminar. La vida, bah. Además, tengo tiempo: cumplí los 20 años en el hospital, el 3 de diciembre.

–Imagino que hoy tenés dos fechas de cumpleaños.
–Obvio: el 25 de octubre, el día que desperté del coma, volví a nacer.

Producción: Camila Martínez y Danny Di Luciano
Asistente de fotografía: Nico Mellino.
Arte digital: Gustavo Ramírez.
Peinó: Paul Durban para Cliché Peluquerías con productos Revlon. Maquilló: Camila Martínez.
Agradecimientos: Luna Garzón, Las Pepas y Ricky Sarkany

La diosa misionera está de regreso. “Quizás apuré un poco la vuelta al trabajo, pero no tengo secuelas del accidente y mi profesión me hace muy feliz”, asegura.

La diosa misionera está de regreso. “Quizás apuré un poco la vuelta al trabajo, pero no tengo secuelas del accidente y mi profesión me hace muy feliz”, asegura.

“Me rompí la cadera en tres pedazos y tuve un golpe tan fuerte en la cabeza que el médico pensó que iba a quedar con la mitad derecha del cuerpo inmóvil. Cuando desperté del coma, nadie lo podía creer: ¡volé a 50 metros del auto y estaba entera!”

“Me rompí la cadera en tres pedazos y tuve un golpe tan fuerte en la cabeza que el médico pensó que iba a quedar con la mitad derecha del cuerpo inmóvil. Cuando desperté del coma, nadie lo podía creer: ¡volé a 50 metros del auto y estaba entera!”

“No puedo creer que estoy sana. Me van a hacer cirugía plástica para borrar las cicatrices, pero recién cuando se cumpla un año del accidente. ¡No me importa nada, estoy chocha!”

“No puedo creer que estoy sana. Me van a hacer cirugía plástica para borrar las cicatrices, pero recién cuando se cumpla un año del accidente. ¡No me importa nada, estoy chocha!”

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