«Este campeonato es para mi viejo en el Día del Padre» – GENTE Online
 

"Este campeonato es para mi viejo en el Día del Padre"

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Sonó la chicharra del final y en el centro exacto del lujoso SBC Center de
San Antonio, Texas, ante el ensordecedor griterío de las 18.797 personas que
habían colmado el estadio, Emanuel Ginóbili (25) levantó sus brazos, miró hacia
el cielo y los ojos se le llenaron de lágrimas. A miles de kilómetros de
distancia, en Bahía Blanca, en el comedor del modesto club Bahiense del Norte,
Jorge, su padre, quien siguió los últimos minutos del partido de pie y rodeado
de amigos para no romper con la cábala, también levantó los brazos y rompió en
llanto. Horas antes, su hijo se había comunicado por teléfono para saludarlo por
el Día del Padre y le había prometido: "En este día tan especial para vos, mi
regalo va a ser el Anillo Dorado".
Y sin dudas, Manu cumplió. La fecha, 15 de
junio de 2003, va a quedar grabada a fuego en la historia del básquet y del
deporte nacional. Por primera vez, un argentino se coronó campeón de la NBA: "No
todos los días se consigue este título y somos muy pocos los jugadores que
tenemos el honor de poder gritar campeones. Todavía me tiemblan las piernas
",
alcanzó a decir Ginóbili, eufórico, ante los cientos de micrófonos de todos los
periodistas del mundo que cubrieron la final en la que San Antonio Spurs venció
a New Jersey Nets por 88-77, y se impuso por 4-2 en la serie final de los
playoffs. Después, en la antesala del vestuario, agregó: "Al final estaba muerto
y aunque no daba más, ni loco iba a pedir el cambio. Quería terminar mi primera
final y mi primer campeonato de pie y en la cancha"
.

Y sin dudas, en este último partido, esa garra, ese temperamento y ese corazón
tan grande del argentino ("Ginóbili tiene h…", se atrevió a calificar su
compañero David Robinson) fueron fundamentales para dar vuelta un resultado
adverso que había acompañado a su equipo desde el primer minuto. En el preciso
momento en que faltaban 9 minutos y 44 segundos para el final, San Antonio -que
todavía no sabía lo que era estar arriba del tanteador- perdía por ocho puntos y
los Nets eran los dueños absolutos del juego. Y ahí, cuando sobrevolaban los
fantasmas de un séptimo partido, el zurdo de Bahía le robó una pelota a Richard
Jefferson, corrió hasta el aro y volcó su primer doble que hizo estallar el
estadio y agrandó al equipo local que, en pocos segundos, consiguió dar vuelta
el marcador. El público se levantó de sus asientos y comenzó a agitar las miles
de camisetas con el número 20 impreso en la espalda -después de la de Tim Duncan,
la musculosa de Ginóbili es la más vendida en todo San Antonio- y cuando el
técnico de los Nets pidió tiempo muerto para arengar a sus dirigidos, Gregg
Popovich, el DT de los Spurs, se acercó hasta Emanuel y le golpeó el pecho con
las dos manos al grito de: "¡Very good, Manu. Very good!". Y Ginóbili, agrandado
por los elogios, tuvo una actuación inolvidable. Tan maravilloso fue su
desempeño, que en total estuvo 33 minutos en cancha (en el partido definitorio
batió su propio récord de permanencia ), marcó 11 puntos, consiguió 7 rebotes,
brindó una asistencia y recuperó dos pelotas que sirvieron para darles a los
Spurs el segundo título de su historia.

LA FIESTA DEL CAMPEON. Faltaban pocos segundos para el final y el renovado
estadio parecía explotar. En las tribunas, los fanáticos de este equipo que
representa al millón de habitantes de la capital texana, entre quienes se
cuentan Tommy Lee Jones y David Letterman, deliraban. El legendario Almirante
David Robinson -quien jugó su último partido y fue uno de los sobrevivientes del
team campeón en el 99- se abrazaba con todos sus compañeros mientras Ginóbili se
agarraba la cabeza y miraba hacia el sector donde Marianela Oroño, su novia,
saltaba y agitaba una bandera argentina. Y a la 0:20 (hora de nuestro país)
llegó la chicharra del final y así se cristalizó el viejo sueño que no hace
mucho parecía imposible: la consagración de un argentino en el mejor básquet del
mundo. Por eso las lágrimas del final y el eterno abrazo con el veterano Steve
Kerr, tres veces campeón con los Chicago Bulls de Michael Jordan, otra con los
Spurs en 1999 y uno de sus mejores amigos dentro del plantel. Después se calzó
el gorro, la remera con la inscripción de campeones y una bandera argentina que
le acercó su novia y se la enroscó en el cuello.
Pasó la suelta de papelitos dorados y la entrega de trofeos. Mientras el estadio
se vaciaba en silencio, la locura estallaba en el vestuario local. El champagne
mojaba a todos los que pasaban por el lugar y los gritos de celebración estaban
acompañados por golpes a los casilleros que servían de bombo. Pero antes del
final, hubo algo que sorprendió a todos: el equipo completo se unió en una ronda
y mientras saltaban, gritaban "¡Dale campeón/dale campeón!", como minutos antes
les había enseñado Ginóbili. "Esto demuestra que con esfuerzo y sacrificio se
pueden lograr grandes cosas"
, fueron las últimas palabras del hombre que en su
debut se alzó con un título que nació en Bahía Blanca, maduró en Europa, se
cristalizó en los Estados Unidos y se festejó en toda la Argentina.

Los brazos en alto mientras cae la lluvia de papelitos indican que San Antonio ya se consagró como el mejor. En el vestuario, con el trofeo de la NBA junto al francés Tony Parker, quien vio gran parte de la final desde el banco. Y en la marca del rudo Kenyon Martin.

Los brazos en alto mientras cae la lluvia de papelitos indican que San Antonio ya se consagró como el mejor. En el vestuario, con el trofeo de la NBA junto al francés Tony Parker, quien vio gran parte de la final desde el banco. Y en la marca del rudo Kenyon Martin.

Todas las manos quieren tocar el trofeo dorado. Entre ellas están las del primer argentino que siente el calor del frío metal. Manu y dos momentos de su brillante actuación: robándole el balón a Jason Kidd, y una volcada que sirvió para contagiar al equipo y dar vuelta 
el partido.

Todas las manos quieren tocar el trofeo dorado. Entre ellas están las del primer argentino que siente el calor del frío metal. Manu y dos momentos de su brillante actuación: robándole el balón a Jason Kidd, y una volcada que sirvió para contagiar al equipo y dar vuelta
el partido.

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