“El dolor por las víctimas del accidente lo voy a sufrir el resto de mi vida” – GENTE Online
 

“El dolor por las víctimas del accidente lo voy a sufrir el resto de mi vida”

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Antes era Gaby y se codeaba con celebrities, estrellas de rock, actores y actrices cool, managers y modelitos consagradas y en ascenso. Ahora lo siguen llamando en diminutivo, pero convive con violadores, homicidas, narcotraficantes, escruchantes, ladrones de monta y delincuentes peligrosos. Sí. Hace cuatro meses la vida de Gabriel Darío Alvarez (31) cambió para siempre. La realidad le dio un cachetazo impresionante aquel 23 de enero de 2008 en Punta del Este, cuando el auto Honda en que viajaba como acompañante se descontroló y atropelló a una pareja de jóvenes argentinos –Gloria Pérez del Cerro (32) y Fernando Cicciari (31)– en Punta del Este. Y lo puso knock out. Terminó preso junto al chofer del auto, Ariel Alfredo Coelho de Olivera –conocido como Blas–, que trabajaba para él durante la temporada de verano, sencillamente porque éste declaró que el PR había accionado el freno de mano deliberadamente después de una discusión mientras viajaban rumbo a José Ignacio. Entonces, la Justicia repartió responsabilidades. Y Alvarez y Coelho fueron imputados por “Homicidio culpable con resultado de muerte múltiple en calidad de autores”, un delito que prevé una pena de 6 meses a 8 años de prisión. Por eso, hoy ambos comparten el encierro en la cárcel de Las Rosas, camino a San Carlos, a 20 kilómetros de Punta del Este. Aunque ni se hablan y apenas se miran, el miércoles protagonizaron un careo frente al juez que lleva la causa, Fernando Tovagliare.

Alvarez es uno más de los 400 y pico de reclusos que habitan el penal. Comparte el sector 1B junto a 18 compañeros, entre otros, Durazno, Juanca, Migue, Julio, Pedro, Gari, el Gaucho, Willy, Korn, Lalo, Bordón, Wilson y el Uvita. Duerme en una cama cucheta, no tiene baño privado y comparte un televisor blanco y negro. Cuenta que se despierta todos los días a las cinco y media de la mañana, se baña con el agua que calienta con una resistencia sobre un ladrillo y espera que el llavero –guardia– les abra la reja a todos para desempeñar sus tareas en la huerta, trabajo que tiene a cargo hasta el mediodía. También hace algo de gimnasia –colgándose de unas improvisadas barras–, meditación y yoga. Y dice que le ayuda a mantenerse cargar las ollas con los alimentos: “Me encanta llevar la comida. Me mantiene en forma. No me importa si se mancha la ropa. Tengo la posibilidad de entrar a cada sector. Cuando el policía cierra, te quedás con los 70 presos. Podés salir vivo o muerto”.

–¿Y nunca te la dieron?
–Jamás. Me llevo muy bien con la gente de la cocina y quise demostrar respeto a los detenidos. Acá, si no te das un baño de humildad, estás muerto.

–¿Medís tu valentía cuando llevás la comida?
–Mido cuál es mi situación adentro. Tampoco estoy pensando qué me va a pasar. Acá no hay un día igual a otro. Lo que más se respeta es el descanso, el sueño, porque es el momento en que el detenido está en libertad.

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Mientras Gaby Alvarez recibe a GENTE en la cárcel de Las Rosas luciendo una camisola que compró en Playa del Carmen, un gorro de Machu Picchu, jogging negro y alpargatas blancas, sus colegas, los presos del penal, se hacen escuchar: “Piden patio, aire”, explica. El ruido es ensordecedor, mete miedo. Pero él afirma que no siente temor: “¿Qué voy a sentir...? Si duermo con narcotraficantes, con gente que asesinó a una mujer, la descuartizó y la escondió... Me acostumbré”. Cuando estrecha la mano del cronista y el fotógrafo asoman sus primeras lágrimas, que se repetirán cada vez que hable de su familia, de sus amigos, de las víctimas...

–¿Tenés miedo acá adentro?
–No, si todos son de carne y hueso como yo. Eso sí: los primeros tres días no sabía dónde estaba parado, lloraba. Cuando pasás los barrotes, tu vida cambia. Este es un mundo diferente. Fui bien recibido y me acostumbré a entender los códigos del preso, que son muchos. Se aprende caminando.

–¿Y si te tenés que agarrar a trompadas? ¿Te la bancás o pedís ayuda?
–Me agarro y chau. Aprendí cómo son las reglas, aunque nadie me quiso cobrar peaje. Soy uno más, y si me tienen que pegar, lo van a hacer.

–Sabés que hay mitos relacionados con la cárcel. ¿Nadie te dijo: “Esta noche quiero que seas mi mujer”?
–Nooo, jamás. Acá hay respeto, códigos.

–¿Ninguno de los internos te tiró una faca y te desafió a pelear?
–No me pasó, porque siempre me manejé con respeto. Acá no soy Gaby Alvarez. Me dicen Gaby, sí... Eso de que me llamaban Pelado es mentira.

–Reconocé que te vestís con ropa que otro preso no se animaría a usar.
–Porque me hace bien a mí, me da luz.

–¿Al resto no le causa bronca, envidia, que estés lookeado en prisión?
–Envidia hay, pero acá conocí gente de verdad, que entiende las cosas.

–No me digas que ninguno dijo: “¡Pero mirá éste cómo se viste! ¿Quién c… se cree que es? ¡Yo lo c… a trompadas a este p…!”.
–Seguramente lo pensaron, pero nadie me lo dijo. La verdad es que se portaron muy bien conmigo. Los presos saben que estoy por accidente. Mirá: si no te hacés respetar vos mismo, no te defiende nadie.

–No te enojes, pero no te veo haciéndote valer estilo Garza Sosa.
–Los cuatro meses que llevo preso me hicieron de fierro. Tuve tres escuelas: mi familia, el colegio y ésta. Es un obstáculo que me puso Dios. A veces pienso: “Si los que se ríen de mí estuvieran acá...”. Se sufre.

–Contáme peleas que tuviste con otros reclusos.
–Una vez le habían tirado un corte (puntazo), a un compañero de mi sector para amenazarlo. Por defenderlo, quedé cara a cara con doce monos. No me importó. Me respetan porque soy buen compañero, muy leal.

–¿Podés decirme por qué se produjo el accidente?
–No sé. La ruta estaba muy despejada...

–¿Y por qué el auto salió disparado y terminó volcando?
–Por la velocidad. Si me preguntás cuál era no sé. Lo dirá el peritaje.

–¿Te agarraste o no del freno de mano?
–Cuando pierde el control no descarto haberme agarrado para sujetarme, pero no para jalarlo, sino para sostenerme. Como también lo hice del apoyabrazos, pero porque el auto se le fue a la m…

–Blas dijo que el auto se descontroló porque tiraste del freno de mano.
–No sé si andaba, y menos si funciona a esa velocidad.

–¿No accionaste el freno de mano porque venían discutiendo, “de caliente, de histérico”, como se suele decir?
–No, para nada.

–¿Tampoco para frenar el auto que se descontrolaba?
–Tampoco, te dije que no sé nada de autos.

–Se estima que venían a casi 140 kilómetros por hora. ¿Vos lo apurabas para llegar a algún lado en especial?
–No. Iba a hacer mi tarea cotidiana, a ver qué habían publicado las revistas.

–¿Por qué iban tan rápido entonces?
–Yo no estaba apurado. Si mi herramienta de trabajo es el celular...

–¿Qué creés que va a dictaminar la Justicia?
–Creo en la Justicia uruguaya. Y en mi abogado, el doctor Alejandro Balbi. A mí me ensuciaron, se habló de drogas... Y los análisis demostraron que no estaba drogado. ¿Desde cuándo soy un dealer de los famosos, como se dijo?

–Vos dijiste que la noche anterior al accidente habías consumido drogas.
–Y lo ratifico. Ocasionalmente puedo tomar, pero eso es parte de mi vida.

–No podés negar que se diga “estaban falopeados y salieron a la ruta”.
–Hay pruebas de sangre que comprueban que no estábamos drogados. A mí la cocaína me hace mal. Si tomo no es de drogadicto, es para liberar.

–¿Por qué estás enfrentado con Blas y acá en la cárcel ni se hablan?
–Traté de hablarle y él hace su camino. De chiquito me enseñaron que no hay que ser alcahuete. Por suerte, porque acá en la cárcel la pasan muy mal.

–Una de las cosas con que más se insistió fue que no habías mostrado arrepentimiento.
–Al segundo día del accidente, Sandra, mi hermana, estuvo con los familiares de las víctimas. Yo siento un profundo dolor acá en el pecho. Lloro todos los días de mi vida. Y los 23 son terribles para mí.

–¿Qué sentís?
–Pienso y pienso que la pareja que murió vivía a la vuelta de mi departamento y yo no lo sabía (llora desconsolado).

–¿Qué le dirías hoy a la familia de los fallecidos?
–Es muy difícil el momento que deben estar pasando. Pero fue un accidente. Sé que el dolor tiene que ser terrible para ellos. Debe ser el mismo que siente mi familia, la de Blas, el que siento yo. El dolor por las víctimas lo voy a sufrir por el resto de mi vida.

–¿Culpable o inocente?
–Inocente, absolutamente. No es que le quiera echar la culpa a Blas, pero yo no manejo, no tengo el pie en el acelerador, tampoco en el freno.

–¿Reconocés que eras soberbio?
–Era exigente con mi trabajo y conmigo. Pero me di cuenta de que la vida pasa por otro lado: por lo humano, por la familia. Acá valorás hasta el aire que respirás, que no te den una puñalada... No hay frivolidades sino barrotes. No sos nadie. ¿Qué se creen? ¿Que alguien dijo: “¡Uy, llegó Gaby Alvarez!”?. ¡Gaby Alvarez las pelotas! Acá no le importa nada a nadie.

–¿Quiénes estuvieron cerca tuyo y qué gente se borró o te defraudó?
–El 23 de enero, cuando pasó el accidente, era el cumpleaños del Flaco Spinetta. Esa vez no pude desearle feliz cumpleaños... Mis mejores amigos no me dejaron. El que primero llamó al comisario Raúl Acosta, jefe de la cárcel, fue el Corcho Rodríguez. Juan Cruz Bordeu me visitó 20 veces y me trajo una carta de su mamá, Graciela Borges. Otros que se portaron increíble fueron Nico Palacios, Gustavo Cerati, Pablo Cosentino y Daniela Urzi, Austin, el dueño del Faena, mi hermano Ariel, Emmanuel Horvilleur, Andy Fogwill...

–¿Quiénes sentís que te fallaron?
–Dos me fallaron muy feo: un hombre grande y una mujer muy linda. Ahora entiendo muchas cosas que sufrió Maradona. Hay gente que le da vergüenza visitar a un preso.

–¿Sabés que se dijo que nadie te venía a ver ni preguntaba por vos?
–Mentira. Los Ortega estuvieron siempre: Sebastián, Julieta, Guillermina Valdez me regaló El Principito, Palito me escribió una carta, Evangelina y Luciana Salazar no paran de hablar con mi familia. También Victoria Onetto, Raúl Fernández, Ricardo Piñeiro, Hugo Gatti, Agustina Cherri, Laurencio Adot, Déborah de Corral y su madre, Elisiña, Ale Lacroix, Coco Basile, Zoel, Gastón Pauls, Adrián Dargelos y Diego Tuñón de Babasónicos, Ramiro Agulla, Chiwi del Corral, que sufrió un accidente parecido y estuvo preso, Willy Jacobs...

–¿Tus padres te visitaron?
–No quiero que vengan a verme. Tampoco mis otros dos hermanos, Sandra y Adrián. Trato de hablar por teléfono con ellos cuando puedo, y jamás se me cayó una lágrima cuando lo hago: no quiero que sufran.

–¿Quién es Victoria Martiarena en tu vida?
–Mi novia, la persona que me quiere. La conocí acá porque el padre estuvo detenido, dormía al lado mío. Me la presentó y me llevo re-bien. Pero no me comprometí como inventaron. Una mujer que te haga el aguante de afuera es genial. Además, es súper humilde, no le interesa la fama.

–Se comenta que el padre era un peso pesado en la cárcel y que vos te acercaste a su hija para recibir protección.
–No. Roberto tiene una casa de antigüedades, es una buena persona. Cayó preso porque compró una máquina de cortar pasto que le vendieron con papeles falsificados y era robada.

–¿Qué pensás hacer cuando salgas?
–Abrazar a mi familia. Y olvídense del PR. Lo primero que voy a hacer es tachar gente del teléfono y de mi vida. La cárcel me dio un baño de humildad tremendo. Me hizo poner los pies sobre la tierra.

El PR en las puertas del sector 1B de la cárcel de Las Rosas, en Uruguay, donde convive con otros 18 reclusos. Dice que espera ansioso su libertad. Se declara inocente y niega gozar de privilegios.

El PR en las puertas del sector 1B de la cárcel de Las Rosas, en Uruguay, donde convive con otros 18 reclusos. Dice que espera ansioso su libertad. Se declara inocente y niega gozar de privilegios.

Se despierta a las cinco y media de la mañana y es uno de los responsables de mantener la huerta en condiciones. También cumple una rutina de gimnasia en uno de los patios del penal, hace yoga y meditación.

Se despierta a las cinco y media de la mañana y es uno de los responsables de mantener la huerta en condiciones. También cumple una rutina de gimnasia en uno de los patios del penal, hace yoga y meditación.

Los días de visita recibe a su novia,  Victoria Martiarena (19), hija de un ex presidiario que dormía al lado de Gaby. “El me la presentó”, aclara.

Los días de visita recibe a su novia, Victoria Martiarena (19), hija de un ex presidiario que dormía al lado de Gaby. “El me la presentó”, aclara.

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