El día en que Gabo volvió a Macondo – GENTE Online
 

El día en que Gabo volvió a Macondo

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Santa Marta, Santa Marta tiene tren / Santa Marta tiene tren / Pero no tiene tranvía / Si no fuera por los rieles, ¡caramba! / Santa Marta moriría, ¡ay, caramba!”
(Vieja canción caribeña dedicada a esa ciudad colombiana fundada en 1525)
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Quién diría. Y usted, don Gabo, a sus ochenta años, vestido de blanco, se trepó a ese mismo tren, que usted, en su novela, la grande, la mayor, la inmortal, evocó amarillo. Pero que ahora, miércoles, mayo treinta, Año de Gracia de dos mil siete, no es amarillo sino de un gris medio celestón y de un rojo lavado tirando a rosa, y le han pintado, además, mariposas amarillas. Como las que vuelan desde las flores de Aracataca, casi cumplidos ya los ochenta kilómetros de lento traqueteo y de jarana que hay entre Santa Marta y su pueblo. Acaso en el mismo instante en que ponga su pie derecho en la tierra (no el izquierdo, nunca: usted, se sabe, es supersticioso. Muy…), las piedras del río volverán a parecerse a huevos prehistóricos (página uno de la novela, la grande, la inmortal), y más allá, frente al paredón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volverá a recordar la remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Sí, Aracataca-Macondo lo recibió en triunfo, pero también con una sombra de dolor, porque ese retorno tardó un cuarto de siglo menos un año. Mucho para ellos, poco para usted. Porque, ¿cómo explicarles que tal ausencia no fue olvido ni desamor, sino su modo de escaparle a la muerte? Bien lo ha dicho su amigo Guillermo Valencia, el médico que lo acompañó en ese viaje de Ulises: “Gabo nunca desanda sus pasos, porque eso le hace pensar que su final está cerca, y se deprime”.

Pero ahora ya camina por la tierra reseca, y lo envuelve el olor de la guayaba, y el aire se inflama de música vallenata, y las mariposas amarillas tejen una aureola en su cabeza, y entonces parece un santo pagano. Se detiene en su casa, en la casa donde nació allá por mil nueve veintisiete –el mes era marzo–, calle sin nombre, puerta sin número.

Todo está igual o casi, pero le cuentan que el gobierno pondrá algo más de medio millón de dólares, uno sobre otro, para restaurarla, hacerla museo, hacerla santuario, hacerla Meca de muchos más turistas que los apenas tres mil que cada año peregrinan hasta ella. Poco, sí. Puro turismo literario. Paredes adentro, gentes de toda edad, hombres, mujeres y hasta niños pintan, fervorosos, grandes telones que desplegarán en toscos escenarios donde le dedicarán a usted, don Gabo, músicas y alegorías. Qué menos para celebrar la vuelta del Hijo Pródigo, del que hace años veinticinco, muy lejos, en la helada Estocolmo, recibió el Nobel no con el jacquet obligatorio, sino con guayabera recamada y flor amarilla en la mano: ¡ésos son homenajes a la tierra de uno, y no los discursos de ocasión!

De pronto, una vaca gorda y perezosa cruza la calle. De pronto, una blanca procesión interrumpe el jolgorio: un blanco ataúd lleva a un niño hasta el camposanto. Silencio. Hasta las mujeres que aún lavan su ropa en el río cesan el golpeteo del jabón sobre esas tablas que datan, es posible, de dos o tres generaciones, y rezan. Luego vuelve la música, saltan las tapas de oscuras botellas de cerveza, y unos muchachos, al fondo de la calle, prueban las luces de colores, el módico arco iris que le han preparado. Y por ahí rondan los Buendía, y ayer o anteayer fueron los funerales de la Mamá Grande, y la Cándida Eréndira y su desalmada abuela repiten su historia, mientras Isabel sigue viendo llover en Macondo y el Coronel espera eternamente la carta, pero no tiene quién le escriba.
Qué extraño... Ha escrito usted, en la última línea de la novela, la grande, la inmortal, que los pueblos condenados a cien años de soledad no tienen otra oportunidad sobre la tierra. Pero ya ve: hoy, Macondo la está teniendo.

Miércoles 30 de mayo. Desde la ventanilla de ese tren que en Cien años de soledad es amarillo pero hoy bicolor, Gabo saluda a su gente tras 24 años de ausencia.

Miércoles 30 de mayo. Desde la ventanilla de ese tren que en Cien años de soledad es amarillo pero hoy bicolor, Gabo saluda a su gente tras 24 años de ausencia.

Gabo por una muchedumbre en su Aracataca.

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Gabo con Mercedes Barcha, su mujer de toda la vida.

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