El adiós del rey de la cumbia romántica – GENTE Online
 

El adiós del rey de la cumbia romántica

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Tengo que cambiar todo en mi vida. Dios no me va a dar otra chance”. Esas palabras –tardías–, presagio de una muerte anunciada, fueron su toma de conciencia. Resumen la vida de un hombre que a los 38 años había escapado de la muerte más de una vez: accidentes, operaciones, problemas pulmonares. Un hombre en la cornisa...

EL ARTISTA. Leonardo Guillermo Mattioli nació el 13 de agosto de 1972 en Santo Tomé, Santa Fe. La música fue lo suyo desde el vamos. A los 20 años ya era el líder del grupo Trinidad. Dueño de dos vertientes antagónicas (la línea romántica y la pólvora provocativa), sus letras hicieron crecer al conjunto hasta lo más alto. Tanto, que en noviembre del ’99 decidió dar el gran paso: solista. Y grabó nueve discos que, uno a uno, fueron derrotando récords de ventas. Sin embargo, el éxito y los sombríos avatares de la vida combatieron a la par. El derrumbe de un techo no lo mató por milagro. Y lo que no pudo el accidente empezó a ser tejido por el alcohol, el tabaco, el estrés de las giras interminables.

LA CONFESION. En un reportaje admitió que “estoy fumando sin parar: entre ochenta y cien cigarrillos diarios”. Casi como jugar a la ruleta rusa con todas las balas en el tambor. Simetría del destino: lo mismo que Sandro, su ídolo. Por supuesto, el edema pulmonar no tardó en llegar, y fue inútil todo consejo médico; el daño era irreversible. Es más: no le importó. “Sé que nunca voy a dejar de fumar”, desafió con tono suicida.

EL PRELUDIO. Roberto Liuzzi, que en su última noche lo acompañó hasta el final de su maratón de shows en la Costa Atlántica, recuerda que “en el club Rivadavia de Necochea, Leo tuvo que subir cuatro pisos hasta el escenario. Por su problema de cadera (Nota: tenía implantada una prótesis, secuela del mencionado derrumbe) llegó muy agitado. Pidió descansar, y antes del show se sentó en una silla, tomó agua mineral... ¡y se fumó un pucho!”. Estaba tan débil que el locutor lo presentó varias veces. Un obligado suspenso hasta que encaró el micrófono balbuceando: “Ahora sí nomás... a ver si encuentro ahí abajo... un amor”. Arrancó con el tema La mujer que quiero tener, uno de sus hits. Pero ya era una sombra.

EL FINAL. A pesar de esa luz roja de alarma desplegó tres shows hasta la alta madrugada. Y el domingo al mediodía, acompañado por tres de sus seis hijos, en un hotel de Necochea, su castigado corazón lo abandonó. El, al que llamaban El León Santafesino, lanzó unas pocas señales pidiendo socorro, pero ya era demasiado tarde. En realidad, el desenlace empezó el sábado, antes de su primer y más importante recital: el de Mar del Plata, a sala llena. Allí, súbitamente, sintió un fuerte dolor en el pecho. Era el momento de parar. Pero lo ignoró. Compró unos calmantes en una farmacia y se lanzó a la batalla. Los aplausos y su profesionalismo –la adrenalina del artista– le impidieron parar. Se presentó en Balcarce y, sin descansar, en Necochea. Triste preludio: interrumpió la función media hora antes de lo pactado (“no puedo más”, les dijo a sus íntimos). Allí sufrió lo que nunca antes en toda su carrera: silbidos y abucheos de un público ignorante de que asistía a la agonía de un hombre.

UNA BATALLA PERDIDA. En verdad, y a raíz de que su cuerpo pedía un urgente descanso, en los últimos tiempos había acortado notablemente sus shows. “Tengo 38 años, pero parezco un viejo de sesenta”, confesaba. Sin embargo, no cortó el inevitable estrés de después cantar: autógrafos, fotos con sus fans, reportajes, pruebas de sonido en cada teatro y promoción de su último disco, Ayer, hoy y siempre, romántico. Una de sus hijas, Julieta, advirtió que la situación era grave. “Papá, ¿por qué no vamos al médico. No hace falta que hagamos los otros shows”, le dijo. El se opuso: “No estoy tan mal. Debe ser que me estoy por engripar. Vamos, que sólo nos queda Balcarce, terminamos en Necochea, y a descansar”, sentenció. Poco después, su hijo Nicolás, acordeonista de la banda, insistió: “¡Llamo al médico!”. Su desesperación rebotó contra la tenacidad de Leo: “Olvidate, no pasa nada”.

LO MAS TRISTE. En Necochea, sin aire, como pudo, alcanzó a cantar seis temas, pálidamente. “No se le entendía nada”, dijeron testigos del público. Avergonzado, empuñó el micrófono y balbuceó: “Les pido disculpas por mi desgastada voz. Esta no fue mi mejor noche”. Cruel, la muchedumbre no lo perdonó. Dieciocho años de carrera, de éxito, acabaron en unos pocos minutos de fracaso. Casi escapó del lugar, vestido de traje gris, camisa a rayas y una bufanda negra que le cubría el cuello. Su cara lo decía todo. Con su mano izquierda su apretó el pecho: otra vez los dolores. El inevitable infarto. Pregunta que nadie respondió hasta ahora: ¿por qué no lo llevaron directamente a un hospital?
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Pasadas las seis de la mañana, con un frío que calaba los huesos, volvió al hotel Gala, un dos estrellas del centro de Necochea, subió un piso por escalera y se encerró –solo– en la habitación 311. Cerca de las doce del mediodía, su hijo Nicolás fue a verlo y notó que apenas respiraba. Marcó el 911 desde su celular, pidiendo ayuda. A los cinco minutos una ambulancia salió desde el hospital municipal Emilio Ferreyra para atenderlo. Pero cuando un médico de apellido Quiroga entró a la habitación, Leo estaba muerto. La partida de defunción dice “Murió a las 12.07 por un paro cardiorrespiratorio”. Su cuerpo fue sepultado en Santo Tomé. Lo despidieron Marina Rosas, su mujer y manager, y sus otros tres hijos: Romina, Tamara y Dense Amor. Eso, además de la multitud de fans que soñaron con su música. Lo cremaron en el cementerio privado Lar de Paz. En la última producción que dio para GENTE. “Quiero grabar con Calamaro”, dijo.

En la última producción que dio para GENTE. “Quiero grabar con Calamaro”, dijo.

Domingo, 4.30 horas. Después de dos shows, Leo llegó al club Rivadavia, en Necochea. Con un fuerte dolor en el pecho, subió al escenario y debió interrumpir la presentación.

Domingo, 4.30 horas. Después de dos shows, Leo llegó al club Rivadavia, en Necochea. Con un fuerte dolor en el pecho, subió al escenario y debió interrumpir la presentación.

Sus restos son despedidos por miles de fans.

Sus restos son despedidos por miles de fans.

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Ant Sig