El adiós a un director de película (1959-2006) – GENTE Online
 

El adiós a un director de película (1959-2006)

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–¿Querés uno, Fabián?
–No, gracias che, tengo.

Le convidé un Lucky, pero él tenía sus Marlboro. Prendimos, y nos pusimos a hablar, hace casi un año, frente a una mesita ratona en su casa de Coghlan, barrio de toda la vida. Estaban su perro labrador, Milou, su nene de once años, Martín, su mujer durante más de quince, Cristina, y El aura, escrita y dirigida por él. No era como Nueve reinas, su titán recaudador de seis años atrás –casi un millón y medio de espectadores–, con el curro fabuloso de las estampillas, con Darín, Gastón Pauls y Leticia Brédice, y con esa trama entre retorcida e intensa, cuyos derechos compraron tiempo después George Clooney y Steven Soderbergh (el director de Traffic), para hacer Criminal, una remake que resultó un plomo.

No, El aura era otra cosa, aplastante, con algo más de dos horas de oscuridad triunfante, de ritmo thriller extrañamente pausado, con Darín otra vez, que actuaba demasiado bien, con una trama y guión que estaban demasiado bien, y eso que te lleva a la orilla de la butaca y te clava hasta el mismísimo fin. Bielinsky se mostraba cauto al respecto, aunque a menos de un mes de su estreno la película hubiese metido 300 mil espectadores, anduviera más que bien en festivales europeos como el de San Sebastián y transitara el camino de precandidata al Oscar.

No andaba con un discurso de victoria, él. Decía que había que seguir laburando y que una siesta en los laureles no era para nada conveniente –aunque la idea de ganar un Oscar era como un sueño del pibe–, y que todo lo que le pasó en su carrera “fue como tomarse un bondi en Chacarita y terminar en la Luna”. También habló de Hollywood, de las ofertas que le habían mandado, de su mini tour después de Nueve reinas en Los Angeles, por los grandes estudios que nunca terminaron de agarrarlo. Prefería ser libre.

Bielinsky apagó su cigarrillo. Lo dejó un tiempo después, antes de que lo deje a él, que era hipertenso. Sabía amasar pizza, preparaba asados de novela, tenía 46, y lo que uno se preguntaba en ese entonces era qué iba a hacer después, qué cosa increíble iba a filmar, que de seguro iba a tener eso: lo que no te suelta desde principio a fin. Pero no pudo ser. El jueves 29 tuvieron que tumbar la puerta de su habitación en el hotel Marriott de San Pablo, Brasil, adonde había ido a hacer un casting para filmar un comercial. Infarto de miocardio, ahí en la cama, en el sueño. Muerto antes de hacer tantas cosas que queríamos que hiciese y no pudo hacer. Lo que quedó de él llegó por avión en la mañana del viernes, cuatro días después de que El aura se llevara seis premios Cóndor de Plata en el cine Gaumont, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Director.

Desde el escenario le mandó un “Buena suerte” al Seleccionado de Pekerman para el partido contra Alemania. Todavía es lícito preguntarse cuánto cine quedaba, cuántas cosas increíbles. Fabián Bielinsky era uno de esos directores que –fotograma por fotograma, escena por escena– sabía exactamente lo que quería, con guiones que tomaban meses, que salían a borbotones o no salían, con una ingeniería de personajes de altísimo grado, y ese dejo brutal que te hacía saber que estabas viendo una de Bielinsky: el verdadero poder de un creador, en síntesis.

Y tenía esa característica: llevar su propia visión a la pantalla, y que la gente la viera. El lo sintetizaba así: “Se puede apostar a la honestidad creativa y andar bien en la taquilla”. Era lo que mejor le salía eso de hacer lo que sentía, lo que amaba, mientras de chico filmaba en Super 8 con su papá, Bernardo, ex crítico del séptimo arte. Y ya más grandecito, cuando cursaba en el Nacional Buenos Aires, cuando era un lobezno solitario sin gran barra de amigos y se rateaba al cine. “De pibe, como no me dejaban entrar a ciertas películas, me hacía pasar por mudo colgándome, frente a los boleteros, un cartelito para dar lástima. El cartelito decía: ‘Una entrada, por favor’”. Claro, porque no hace falta una banda de amigotes para delirar con algún policial color negro, o alguna clásica y moderna como El padrino, de Francis Ford Coppola, o Taxi Driver, de Scorsese, que para Bielinsky era la mejor.

Hasta que se metió a estudiar Psicología, y un amigo cinéfilo como él le comentó que el Instituto Nacional de Cinematografía cerraba su inscripción. Después hizo carrera de asistente de dirección con Carlos Sorín en Eterna sonrisa de New Jersey –Daniel Day Lewis era la estrella–, con Eliseo Subiela en No te mueras sin decirme adónde vas, y en algunas otras, hasta Nueve reinas, donde le tocó jugar de titular. Y ganar. La victoria de un tipo simple, sincero, que disparaba de frente. Por eso cuando su buen amigo Ricardo Darín se enteró, declaró: “Me siento desolado”.

Antes de morir, Bielinsky le había hablado de un proyecto que tenía en mente. Ricky no sabe, ni sabrá, de qué se trataba. Fue el primero en llegar el viernes por la noche junto a su mujer, Florencia Bas, a la casa velatoria O’Higgins, en Belgrano. Después entró Juan José Campanella, un colega, y sus actores y actrices: Tomás y Dolores Fonzi, y Leticia Brédice. –Una anécdota, Leticia. Alguna que atesores. –Cuando filmábamos Nueve reinas, Fabián no quería que moviera la cola mientras caminaba en una escena. Y yo le dije: “Vos hacéme caso a mí”. En el estreno me dijo: “¿Sabés qué? Te tengo que dar la razón en una sola cosa…”. Así de fuerte era su visión.

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A las 12:30 del sábado, el cortejo fúnebre salió hacia el cementerio Jardín de Paz, por Panamericana, ramal Pilar. Su mamá, Celia, su papá, Bernardo, Martín, Cristina. El coche portacoronas: con tres orquídeas púrpura, paradas en el viento. Darín fue directamente, con su mujer. Lo sepultaron mientras sonaba un bandoneón. Esto es un funeral. No se puede decir mucho de un funeral. ¿Un homenaje para Bielinsky? ¿Discurso? ¿Flores? No sirven. A Nueve reinas la pasan de vez en cuando en la tele. El aura está en el videoclub, seguro. Búsquenlas. Porque ahí lo van a encontrar a él.

Hace casi un año, en una esquina de Coghlan, su barrio de siempre. Nadie podía adivinar lo que a Bielinsky le pasaría el jueves 29. Y le pasó.

Hace casi un año, en una esquina de Coghlan, su barrio de siempre. Nadie podía adivinar lo que a Bielinsky le pasaría el jueves 29. Y le pasó.

El lunes, tres días antes de morir, <i>El aura</i> arrasó con los <i>Cóndor de Plata</i> en el cine <i>Gaumont</i>. Seis premios, <i>Mejor Película</i> y <i>Mejor Director</i> incluidos, con Bielinsky a la cabeza

El lunes, tres días antes de morir, El aura arrasó con los Cóndor de Plata en el cine Gaumont. Seis premios, Mejor Película y Mejor Director incluidos, con Bielinsky a la cabeza

Su hijo Martín (11), su gran amor junto a su mujer, Cristina.

Su hijo Martín (11), su gran amor junto a su mujer, Cristina.

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