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“Demostré que soy la reina del boxeo argentino”

“Demostré que soy la reina del boxeo argentino”

Redacción Gente

Las motos estuvieron a punto de chocarse de frente. Eran las siete menos cuarto de la mañana y Formosa empezaba a despertarse. Un hombre robusto llevaba en el asiento trasero de su Zanella 125 a una chica de 15 años. El tenía 38. En la otra moto, una Zanella 50, un hombre de 41 años despedía chispas por los ojos. Las edades son importantes, porque el hombre que llevaba a la chica podría haber sido su padre. Y el otro era, realmente, el padre de la piba. Fue esa mañana cuando ella eligió: Marcela, se fue con Ramón; su padre, Bernabé, no pudo sobrellevar el golpe durante muchísimos años. Fue el 12 de junio de 1992. Por entonces, había dejado atrás algunas clases de danzas clásicas. A los doce había sido cinturón negro y primer dan de full contact y a los 14 era campeona sudamericana. A los ocho había conocido a Ramón, quien enseñaba artes marciales. Fue su propio padre quien la llevó de la mano al hombre que hoy es su marido, su manager, su entrenador y su todo. “Me vino a ver la policía para llevarme y hasta me metieron en un Instituto de Menores, pero yo no quería volver. Ramón tuvo que vender la moto para pagarle a un abogado. Estuve cinco días adentro y le dije a la jueza que volvería a mi casa. Y fue verdad… pero a la semana me escapé de nuevo y no volví más…”.

RUGE EL LUNA PARK. La gente se agolpa en los pasillos como puede y famosos y anónimos luchan por conseguir su butaca o ubicarse de cualquier manera. Hay más de diez mil personas, como en los viejos tiempos del boxeo criollo en veladas de los Nicolino Locche, el Mono Gatica o Ringo Bonavena. Adentro, en un vestuario, unas manos femeninas de rojas uñas pintadas acomodan en una mesa de masajes algunas pequeñas figuras, incluyendo una Virgen, un osito koala de peluche y la cédula de identidad de una mujer, doña Francisca. “Esa es la cédula de mi madre”, dice la dueña de las uñas rojas. Es Marcela, La Tigresa Acuña. Un fenómeno de popularidad difícil de explicar. Mediática como pocas, podría decirse que su vida da para una película, si no fuera que ya se hizo una, documental, titulada Licencia número uno.

En 1996, cansada de las artes marciales, decidió hacerse boxeadora. Claro que en Argentina ese rubro no existía. “Yo soñaba con pelear con Christy Martin, que era la campeona mundial. Hasta que un día vino a la Argentina invitada por América TV, que tenía un ciclo de boxeo televisado. Fui, me acerqué a ella y la saludé. Al otro día me llamó al programa de Mauro Viale para hacer una exhibición. Terminé sangrándole la nariz… Yo me quería mostrar de cualquier manera. Al final, por medio de un argentino que había traído a la Martin a nuestro país, Claudio González, el sueño se me hizo a medias realidad. Peleamos en Pompano Beach, cerca de Miami, el 5 de diciembre de 1996. Ganó ella, pero probé que era capaz de aguantarle los diez rounds de pie. Como en la película Rocky, ¿viste? Demostré de lo que era capaz”. Aunque no lo dice, ella les abrió al camino a tantas y tantas mujeres que soñaban con lo mismo…

QUIERO SER TYSON. En el otro vestuario está la hija de una ecuyère de circo y de un hombre que, por amor, aprendió a tirar cuchillos y hacer equilibrio en el trapecio con tal de poder estar junto a ella. Se enamoraron en un pueblo, vivieron el noviazgo en otro y se casaron en el siguiente. Tuvieron siete hijos. En Jujuy nació Alejandra, la que un día sorprendió a ambos con una frase sencilla y justa: “Quiero ser como Mike Tyson”. Oliveras también se fue de su casa a los quince años, embarazada por un hombre que no quiso hacerse cargo. A fuerza de ser golpeada, decidió aprender boxeo para defenderse. Y a vender alfajores de dulce y fruta por los pueblitos de Córdoba para ganarse un peso. Alejandra Oliveras, la Locomotora. Hacía falta alguien como ella para que La Tigresa tuviera su gran noche.

“Me gusta decir que soy la reina del boxeo argentino, porque lo soy –dice La Tigresa– y lo demostré ante Oliveras, mi máxima rival en el país. Y si no, miráme la cara. ¡Ni una marca, nada!”. Madre de dos hijos –Maximiliano Alexander, de 15, y Josué Ezequiel, de 14–, es Atleta de Dios. Reza todas las noches antes de dormir. Tiene un pequeño santuario en su casa y nunca asiste a una pelea sin haber pasado por una iglesia. La vida junto a Ramón Chaparro no ha sido fácil. Alguna vez él nos confesó que llegó a preparar un revólver. “Lo tenía decidido: un tiro en la cabeza a ella primero, y otro a mí. Ella llegó a estar de acuerdo: estábamos en un pozo. Hasta escribimos una carta de despedida que, por suerte, no hizo falta”.

YENDO DE LA COCINA AL RING. Los números fríos dicen que Marcela tiene 32 años (nació el 16 de octubre de 1976) y un récord de 36 peleas, de las cuales ganó 31 (16 por KO) y 5 derrotas. Mide 1,64 y pesa 55 kilos. Ahora, desde el 4 de diciembre es campeona de las dos entidades más prestigiosas del boxeo mundial, ya que a su corona reconocida por la Asociación Mundial sumó el cinturón del Consejo Mundial, que estaba en poder de Alejandra Oliveras, a la que venció por puntos en fallo unánime en diez rounds, tras derribarla en el quinto con un derechazo perfecto al mentón que hubiera envidiado cualquier boxeador masculino. Ha pasado por telenovelas, bailado con Marcelo Tinelli, sueña con una empresa propia, pero no deja de ir al supermercado o lavar los platos. “Eso sí: Ramón suele cocinar. Pero ojo, que yo también lo hago, eh”. Es hincha de Boca, admite que es muy coqueta y que uno de sus placeres es subir al ring vestida siempre con un diseño diferente, “algo que llame la atención, sí, pero que sea elegante y no extravagante”.

La misma Marcela Acuña que tiene una relación especial con el público del Luna Park es la que alguna vez le pidió a Tito Lectoure que le diera una chance. Hoy es una de las figuras pugilísticas con más promedio de venta de entradas, superando a algunos de sus colegas masculinos. Confiesa que odia planchar, que como buena libriana odia la traición, que no tiene amigas, que su especialidad en la cocina son las tortas rellenas de dulce de leche y que ama los buenos perfumes y los zapatos coloridos y alegres. Que prefiere no hacer el amor por lo menos durante un mes antes de cada pelea, para ahorrar energías, porque tener sexo “me saca agresividad”, confiesa. Admite que, cuando se programa un combate, tiene que apelar forzosamente al calendario para que la fecha no caiga justamente en un día inapropiado.

Admite que la vida no la castigó nunca. “No somos ricos, ni mucho menos. No gano lo que debería o creo que debería, pero estoy en lo que amo. Cuando empecé todos dijeron que yo estaba loca, que la Christy Martin me iba a matar. Demostré que las mujeres podemos… Y eso me pone muy feliz”. Es dirigida por Osvaldo Rivero –el mismo que condujo a Látigo Coggi y al Roña Castro, entre tantos campeones mundiales– y también, de alguna manera, por Esteban Livera, el sobrino de Tito Lectoure, quien tomó la posta en el Luna.

SUEÑO DE CAMPEONA. En la noche del estadio de Corrientes y Bouchard, en una pelea caliente y pensada, La Tigresa ganó por puntos, aunque por fallo unánime. Respondió todas las preguntas sobre el mismo ring, tuvo que ir al examen antidoping y, tras una espera de media hora, salió vestida de celeste –camiseta y pantalón de combate–, empapada, ansiosa, agitada y feliz. Siguió atendiendo a los periodistas, juntó cuidadosamente todos los objetos que le dan buena suerte y finalmente se fue del Luna Park. Claro que no durmió, porque cuando llegó al hotel donde estuvo concentrada se encontró con que estaban repitiendo su pelea, así que se quedó a verla. Se durmió a eso de las cinco de la mañana. Seguramente fue un sueño feliz, tranquilo y satisfecho. El sueño de una campeona que goza del cariño de todos. A la mañana, a eso de las diez, se despertó. Fue hacia la ventana, vio que había salido el sol y, sonriendo, despertó a su marido. La Tigresa había vuelto a ser, simplemente, Marcela. Después de la pelea, en la terraza de su casa en Caseros. “Mirame la cara. ¡Ni una marca!”, dice orgullosa.

Después de la pelea, en la terraza de su casa en Caseros. “Mirame la cara. ¡Ni una marca!”, dice orgullosa.

Admite que es muy coqueta y que uno de sus placeres es subir al ring vestida siempre con un diseño diferente.

Admite que es muy coqueta y que uno de sus placeres es subir al ring vestida siempre con un diseño diferente.

Tras el triunfo, el saludo de la La Tigresa con sus dos cachorros: Maximiliano, de 15, y Josué, de 14 años.

Tras el triunfo, el saludo de la La Tigresa con sus dos cachorros: Maximiliano, de 15, y Josué, de 14 años.

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