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“Dame una pelota y soy feliz”

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Habláme de ella. –Ella me dio todo lo que nunca hubiese podido soñar en mi casa de Fiorito de techo de chapa y piso de tierra, donde vivía con mis padres y mis ocho hermanos. Ella se entregó entera. Me dejó que la llevara, la acariciara, la sintiera. Y yo busqué darle lo mejor de mí.

–¿Cuándo empezaste a amarla?
–Desde el primer instante en que la vi.

–¿Te acordás de ese momento?
–No, era muy chiquito. Pero recuerdo la primera vez que dormí abrazándola toda la noche.

–¿Cuándo fue?
–Cuando mi primo Beto Zárate, hijo de mi tía Dorita, que era mi primo más querido y que falleció hace unos años (me debe estar mirando con una sonrisa desde el cielo), la trajo para mi cumpleaños. Era chiquita, blanca. Una número uno.

–¿Te hizo feliz?
–Desde ese momento supe que ella me iba a hacer feliz siempre. Dejáme tenerla y yo soy feliz. Cuando corro llevándola conmigo, siento que algo explosivo está por pasar. Me llena el alma.

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Puede parecerlo, pero esto no es la declaración de amor eterno de un hombre a una mujer. Es la confesión de un amor único y diferente: el de Diego Maradona por la pelota. Un amor que el tiempo no pudo corromper, que los años no lograron desgastar, que la vida no logró separar. Como él lo define: “Un amor para siempre”.

–¿Cuál es la primera imagen de tu infancia en relación a una pelota?
–En la canchita y en las calles de tierra de Fiorito, donde se levantaba mucho, mucho polvo.

–¿Qué ves cuando el aire se despeja?
–Ahí veo que se abre la vida de Maradona. Todo resultó casi como una película: jamás imaginé que podía vivir cosas como las que viví después. No podía ni siquiera soñar con algo así.

–¿Qué soñabas entonces?
–Soñaba con comer. En casa eramos diez y todo era muy difícil. En esa época a mi vieja le dolía siempre el estómago, y hoy sé que era porque no podía comer. Lo cuento con orgullo, porque ellos se mataban laburando para que yo y mis hermanos tuviéramos nuestros guardapolvos blancos y nuestras zapatillas.

–¿Tenías conciencia de la pobreza?
–Sí, totalmente. Nosotros teníamos la responsabilidad de cuidar todo. Nos costaba comprar una gaseosa, y las Flecha o las Pampero que teníamos era el único par de zapatillas para ir a la escuela, jugar y estar todo el día. Tenía sí la envidia sana de que el chico de al lado de casa tenía la bicicleta y yo no podía. Pero veía que papá venía todos los días de laburar y le dolía la espalda, se levantaba a las cuatro de la mañana, no paraba. Eso me daba la pauta de que no podía esperar nada: era suficiente con que trajera la leche y que pudiéramos comer.

–¿Cuándo supiste que la zurda era todo?
–Yo crecí con la pelota contra la pared, la famosa va y viene, va y viene. Le pegaba una y otra vez siempre con la zurda; la derecha la usaba sólo para caminar. A veces la derecha me ayudó, pero la zurda hacía todo. Cuando mi vieja me mandaba a hacer alguna compra, yo iba pateando de mi casa hasta el almacén. Una naranja, un bollo de papel, una pelota de tela, lo que fuera. Pateaba y pateaba, de ida y de vuelta. Siempre con la zurda.

–¿Siempre fuiste el diez?
–No, al principio yo jugaba al fútbol, pero no sabía en qué posición. Me habían puesto abajo, en la defensa, y me gustaba. Después me llegó el diez en la espalda. Y, ya en Argentinos Juniors, supe que el fútbol me iba a permitir darles una vida mejor a mis padres.

–Tu primo Beto fue el que te regaló la primera pelota de cuero. Antes, ¿con qué jugabas?
–Con lo que venía: con una de plástico, de tela, de goma, de telgopor. A ésta la armábamos entre todos, y cuando le pegabas salía psssss, como volando, pero se quedaba ahí nomás.

–¿Y la primera vez que tocaste una número 5 profesional?
–Yo jugaba en Estrella Roja, el equipo de mi viejo, que no ganaba nunca, frente a Chacabuco o el equipo de Tres Banderas, del papá de Goyo Carrizo (su gran amigo de la infancia). Durante la semana jugaba con la pelota toda rota, pero cuando íbamos a Argentinos Juniors ahí aparecía reluciente la pelota oficial: la Pintier que usaban los profesionales en Primera. La miraba y me brillaban los ojos. La pelota parecía de oro, iluminada. Para mí no había nada más lindo en el mundo.

–¿Tu mamá aprobaba ese amor incondicional por el fútbol o quería que estudiaras?
–Mis viejos querían que estudiara. Esperaban darme algo mejor con eso. Yo me bancaba el colegio por el esfuerzo que ellos hacían para que pudiera ir cada mañana a estudiar. Pero ni bien volvía, me iba a jugar al fútbol. Mamá se preocupaba y me decía: “No juegues al rayo del sol que te va a hacer mal”, y yo le contestaba: “Sí, mami, quedáte tranquila”. Pero a las dos ya estaba en las siete canchitas, a la vuelta de mi casa, jugando con el Negro, con Goyo, con mi primo Beto, con los chicos del barrio, y no nos importaba nada.

–¿Y tu papá?
–Sin el apoyo de mi viejo yo no hubiese sido nada. El me llevaba en el colectivo hasta Argentinos Juniors. Estaba cansadísimo, porque se había levantado a la madrugada para ir a trabajar. Entonces, se colgaba del pasamanos y yo me ponía debajo de su brazo y me paraba en puntas de pie para sostenerlo, porque se quedaba dormido parado. Y así viajábamos. Yo empecé a soñar que podía tener un destino diferente cuando antes de cada partido mi viejo me lustraba los botines y yo salía y me comía crudos a los otros chicos, que tenían sus botines hechos un desastre. El los cuidaba, les ponía pomada, los lavaba. Yo salía siempre con los botines relucientes. Los otros, no. Eso, te juro, me ayudó a sentir que podía brillar.

–¿Alguna vez la traicionaste?
–Nunca. El fútbol me dio el cielo, en el infierno me metí yo solo. Ya lo dije: la pelota no se mancha. Si me equivoqué, pagué, pero nada tiene que ver el fútbol con eso.

–¿Tenés algún recuerdo triste con una pelota?
–Sólo uno. Tendría menos de 10 años y corrí detrás de una pelota que se iba. Y por buscarla, me caí en un pozo ciego. Yo me quedé hundido en la mierda. Pero seguí buscando la pelota. Me hundía cada vez más. Mi tío me salvó, metiendo la mitad de su cuerpo y estirando su mano para tomar la mía. Si no lo hacía, me habría muerto en ese pozo... corriendo detrás de una pelota.

–¿Y el recuerdo más feliz?
–El Mundial ’86.

–Aunque es imposible, olvidémonos un segundo de tu talento. ¿Existe algún secreto para manejar la pelota con magia, como lo hacés vos?
–Sí, sentirla.

–¿Sentirla?
–Sí, sentirla. Si sentís la pelota, eso te hace diferente al resto. La llevás con el empeine, la vas acariciando, la pisás. Y, te lo aseguro, la pelota nunca te falla.

Diego abraza la número cinco: “<i>Yo crecí con la pelota contra la pared, la famosa va y viene, va y viene. Le pegaba una y otra vez siempre con la zurda; la derecha la usaba sólo para caminar. A veces la derecha me ayudó, pero la zurda siempre hizo todo</i>”.

Diego abraza la número cinco: “Yo crecí con la pelota contra la pared, la famosa va y viene, va y viene. Le pegaba una y otra vez siempre con la zurda; la derecha la usaba sólo para caminar. A veces la derecha me ayudó, pero la zurda siempre hizo todo”.

“<i>Mi primera pelota de cuero me la regaló mi primo Beto para mi cumpleaños. Era blanca, chiquita, una número uno. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Dormí toda la noche abrazado a ella</i>”

Mi primera pelota de cuero me la regaló mi primo Beto para mi cumpleaños. Era blanca, chiquita, una número uno. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Dormí toda la noche abrazado a ella

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